JULES VERNE

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lunes, 14 de mayo de 2018

El escenario grandioso de «Claudius Bombarnac», de Julio Verne

MANUEL LUCENA GIRALDO @ABC_CULTURAL
Día 18/09/2013 - 17.37h
Más que una novela de viajes, un viaje novelado.
Eso es «Claudius Bombarnac». Un itinerario
por Asia Central que cuenta con lo mejor de
su autor: nada menos que Julio Verne
ABC


Algunos teóricos de la literatura piensan que
los géneros híbridos son un invento reciente.
O que para ser ultra-posmoderno, con ponerle
la partícula «trans» a lo que sea es suficiente.
Se ve que los pobres no leyeron a Julio
Verne (o a tantos otros), practicantes antes
de tiempo y sin saberlo de la novela de no ficción,
con perdón del gran Truman Capote.
En un brillante, elegante y erudito prólogo,
Eduardo Martínez de Pisón aclara el panorama
con precisión. La obra de Julio Verne que
presenta (con traducción impecable de
Mauro Armiño) es, más que novela de viajes,
viaje novelado. Tiene itinerario con comienzo
y fin. El escenario humano y natural
es grandioso. A los personajes
les pasa de todo.
Ya querrían hoy para sí los guionistas
de teleseries este tratamiento del «episodio»
El protagonista es un reportero de Burdeos,
Claudius Bombarnac, a quien su periódico,
El siglo XX, encarga, confiado en el
«celo inteligente, actividad y astucia
de su corresponsal», que narre el viaje
de Tiflis a Pekín por ferrocarril, para lo
que le abre un crédito ilimitado. Le acompañan
el agente comercial estadounidense
Fulk Ephrinell; la vendedora británica
Horatia Bluett; el médico ruso mayor
Noltitz; los Caterna, un matrimonio
de actores franceses; el noble alemán
Weisschnitzerdörfer, que quiere dar
la vuelta al mundo en 39 días;
el engreído caballero inglés Sir Francis
Trevelyan; un jefe de tren ruso, Popof;
Pan-Chao, «joven de origen chino de aire
distinguido, residente en París»; el doctor,
también chino, Tio-King; Zinca, guapa
modista rumana, con su pobre amante,
Kinko, encerrado en un cajón; un mongol
malísimo administrador del tren, de nombre
Faruskiar; y un reverendo vendedor de biblias,
natural de Boston, Nathaniel Morse.
Evolución hacia el pesimismo
La yuxtaposición entre la trama
novelesca (con semejantes personajes,
condenada a ser interesante) y el argumento,
vinculado a una explicación de lo que acontece,
resulta extraordinaria. La obra se relaciona
con clásicos como «La vuelta al mundo
en 80 días» (1872) y «Miguel Strogoff»
(1876), pero muestra cierta evolución hacia el pesimismo.
Verne usa y abusa de la rancia teoría de
los caracteres nacionales
Como en tantas novelas vernianas, publicadas
por entregas en periódicos, sobresale
la maestría en el mantenimiento del hilo
conductor y un tratamiento del «episodio»
concreto que ya querrían hoy para sí los
guionistas de teleseries. Pasan cosas de
continuo, pero el gran protagonista
es el Transasiático, esa máquina del
progreso que va desde Bakú hasta Pekí
n en un larguísimo trayecto a través de
Asia Central.
Como señala el prologuista, estamos ante
«una historia que pertenece aún al tiempo
del ingenio, al de la obra en el terreno».
En plena era de gloria de los ingenieros,
consagrados según una conocida definición
a «remediar con el arte los defectos
de la naturaleza», existe un agujero
negro, la propia naturaleza humana.
Para civilizados, no para bárbaros
En «Claudius Bombarnac», Verne no se
anda con sutilezas. El plan del malvado
Faruskiar para apoderarse del tesoro
imperial chino, que viaja camuflado
como el cadáver de un mandarín,
consiste en levantar un tramo de las
vías. Negar el progreso, descarrilarlo,
es una pulsión de maldad arcaica, que
se manifiesta en broma pero en serio
bajo la rancia teoría de los caracteres
nacionales. Verne usa y abusa de ella,
porque los estereotipos le permiten
comunicarse con sus lectores. Escribe
para civilizados, no para bárbaros.
En este sentido, su ficción, tan bien
documentada que constituye una
enciclopedia de las geografías
atravesadas, va por delante de la Historia.
El barón alemán es un tipejo
despreciable que se queja de todo
Uno no puede dejar de vislumbrar
en el simpático Bombarnac a un francés
de manual, «bon vivant», elegante y
eficiente. Los anglosajones son insoportables
y prácticos: «En cuanto suenan las primeras
campanadas, vuelvo a nuestro vagón,
mi sitio está ocupado. Frente al
americano se ha instalado una viajera
con ese atrevimiento anglosajón que
no tiene más límites que el infinito».
Aunque al final ambos, Fulk y Horatia,
contraen matrimonio, se divorcian en
tres días por diferencias en el reparto de sus bienes.
El barón alemán es un tipejo
despreciable que se queja de todo
y no se entera de nada y los chinos
son los que de verdad cuentan. No se
puede decir que Verne esconda sus
opiniones, pura geopolítica: «El emperador
de la China ha sido muy sagaz al dar
la mano a los rusos con preferencia
a los ingleses. En vez de obstinarse
en construir los ferrocarriles estratégicos
de Manchuria, que nunca habrían contado
con la aprobación del zar, el hijo del cielo
ha preferido unirse al Transcaspiano a
través de China y del Turquestán».
Menos mal que se trata de una simple novela.
Claudius Bombarnac
JULES VERNE
Narrativa. Traducción de Mauro Armiño.
Fórcola. Madrid, 2013. 384 páginas, 23,50 euros.
Calificación: cuatro estrellas

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