JULES VERNE

JULES VERNE

martes, 27 de febrero de 2018

Breve historia de las cubiertas

LIBROS
Breve historia de las cubiertas
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Oscar Wilde sostenía que sólo la gente superficial
no juzga por las apariencias; su observación
redime al lector que, obnubilado por la cantidad
de títulos que impúdicamente se le ofrecen
desde los escaparates de las librerías, se deja
seducir por aquellos con las cubiertas más
vistosas o más originales, más elegantes o
más audaces. Para quien nada sabe de
un cierto libro (título misterioso, autor
desconocido, editor ignoto) la cubierta
ilustrada insinúa el contenido, como en
una suerte de adivinanza iconográfica
ofrecida a la perspicacia del lector. Todos
hemos comprado un libro a causa de la
cubierta, desde aquellas primeras de
Alianza que revolucionaron el diseño
editorial con sus invenciones surrealistas,
hasta las más recientes, ingeniosamente
elegantes, de la pequeña editorial mexicana
Almadía. A los veinte años, Truman
Capote, temprano conocedor de las
estrategias comerciales, insistió para
que su primer libro, Otras voces, otros
ámbitos, apareciese con la foto del propio
Capote en la cubierta, reclinado lascivamente
como una odalisca en su diván. No cabe
duda que, sin descontar los méritos literarios
del libro, fue la cubierta la que lo convirtió
en un succès à scandale.
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Sin embargo, como los grandes seductores,
las cubiertas también mienten. ¿Cómo suponer
que una mano femenina sosteniendo
negligentemente una copa de champagne
corresponda, en una cubierta de los años
sesenta, a Madame Bovary? ¿Qué relación
pudo haber imaginado cierto diseñador
argentino entre contenedor y contenido
cuando eligió ilustrar una edición de Macbeth
con un paisaje alpino, incluidas las vacas
con sus cascabeles? ¿Y por qué aparece
Borges (o alguien que se parece a Borges)
del brazo de un joven hippie sobre la cubierta
de una edición colombiana de El Lazarillo de Tormes?
La historia de las cubiertas es mucho más
reciente que la historia del libro. El libro
nace hace unos seis mil años, en Mesopotamia,
bajo la forma de tabletas de arcilla, generalmente
conservadas en cajas de cuero o de madera;
las primeras cubiertas remontan apenas
al siglo V de nuestra era cuando el códice
de hojas plegadas empezó a reemplazar
casi por completo los engorrosos rollos
de papiro. Para los primeros lectores de
códices, como para los lectores de nuestros
textos electrónicos, sólo el contenido del
libro era tenido en cuenta: la cubierta
poco importaba. Durante largo
tiempo, las cubiertas sólo tuvieron
una función práctica: proteger el libro
que cubrían. Puesto que los códices eran
guardados acostados sobre los anaqueles,
las cubiertas llevaban a veces el título
(o el nombre del autor) escrito en el lomo
o en el costado: esta voluntad de identificación
tal vez contribuyó más tarde al deseo de
decorarlas. Si bien hay ejemplos de cubiertas
decoradas en los siglos V y VI, la costumbre
de dar a la cubierta su propio valor estético
no se estableció hasta siglos después. En la alta
Edad Media, y sobre todo en el Renacimiento,
las cubiertas transformaron al libro en objeto
de lujo, y la encuadernación fue reconocida
como un arte en sí mismo, a medio camino
entre la orfebrería y la alta costura.
Si la encuadernación artesanal, aún en nuestros
días, da a un libro una identidad única y
privada, las cubiertas impresas, sobre todo
a partir de los finales del siglo XIX, brindan
la ilusión de una uniformidad democrática.
Curiosamente, sin embargo, esa misma
uniformidad puede ofrecer a un libro una
nueva vida. Bajo otra cubierta, con otro diseño,
un cierto texto se vuelve original, adquiere una
virginidad artificial. Es así como, después de
una adaptación cinematográfica, los clásicos
se disfrazan de
best seller, y un Brad Pitt reluciente de sudor
sonríe sobre la cubierta de nueva edición de la Ilíada.
A lo largo de los siglos, las cubiertas cambian,
multiplican sus estilos, se vuelven más complejas
o más discretas, más comerciales o más
exclusivas. Siguen ciertos movimientos
artísticos (las efusiones neogóticas de William
Morris o los inventos tipográficos del Bauhaus),
se pliegan a voluntades comerciales
(la unificación de diseños de las colecciones
de bolsillo o la identificación de ciertas
maquetas con la seudo-literatura del best seller),
adoptan y definen géneros literarios
(las cubiertas de las novelas policiales
o de ciencia-ficción de los años cincuenta).
A veces los diseñadores de cubiertas quieren
ser más literarios que los autores del texto, y es
así como dan a luz cubiertas en las que
no aparece el título del libro (la edición inglesa
de Aqua de Eduardo Berti) o remplazan el título
con el primer párrafo del libro
(la edición canadiense
de Si una noche de invierno
... de Calvino) o el título y el nombre del
autor aparecen impresos boca arriba
(una edición alemana de Viaje al centro
de la Tierra de Julio Verne). En tales casos, el lector
siente que la cubierta ha incurrido en algo
asó como una falta de lèse-majesté.
Para su lector, la cubierta de un libro tiene
algo de documento de identidad, emblema y resumen
del libro mismo, una imagen que define y tal vez
hasta usurpa la autoridad del texto. No leemos
el Quijote: leemos el Quijote con la cubierta
que lleva un grabado de Gustave Doré, o el retrato
de Cervantes, o la sobria tipografía de los Clásicos
Castellanos, o el azul cuadriculado de la
Colección Austral. Entre todos estos (y varios más)
está mi Quijote: tiene cubiertas negras, letras
blancas y un grabado de Roberto Páez. Ese es,
para mí, el Quijote auténtico.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de enero de 2011

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