JULES VERNE

JULES VERNE

lunes, 10 de diciembre de 2018

FRASE




La biblioteca de una persona a menudo es una representación simbólica de su mente. 

1870 Viaje por debajo de las olas, redactado según el diario de a bordo (El relámpago), 1ª edicion.


1870 Viaje por debajo de las olas, 
redactado según el diario de a bordo 
(El relámpago), 1ª edicion.


Precio: 120,00 €


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Estado: Normal (con señales de uso normal)


Valoración:      1.798
País: España (Alicante)
Antigüedad: 27/03/2013
1870 Viaje por debajo de las olas, 
redactado según el diario de a bordo 
(El relámpago), 1ª edición.


VIAJE POR DEBAJO DE LAS OLAS- ACTIVIDADES EXTRAORDINARIAS 
DE TRINITUS- REDACTADO SEGÚN EL DIARIO A BORDO EL "RELÁMPAGO"
ESCRITO EN FRANCÉS POR ARÍSTIDES ROGER 
(pseudónimo de Jules Rengade)
IMPRENTA DE GASPAR ROIG, 1870
BIBLIOTECA CIENTÍFICA RECREATIVA
Numerosas ilustraciones entre el texto.  
Primera edición española de esta atractiva
novela de anticipación, publicada en 1867
por Hetzel, que influiría en "Vingt mille lieues sous les mers",
de Verne, editada dos años después. Rengade 
(el autor), médico, no practicó jamás
su profesión pero se convirtió en uno de los grandes
divulgadores científicos de Francia, y fue el fundador
de la primera revista de vulgarización médica
del país, "La Santé".

viernes, 7 de diciembre de 2018

Julio Verne

Julio Verne
Estatua dedicada a Julio Verne en el puerto de Vigo
Carmen Salinas | @menmarias
Lunes, 19 de Noviembre de 2018 11:51 am
·         50


No hay obstáculos imposibles;
hay voluntades más fuertes y más débiles.
La lectura es asimilable a cualquier proceso o actividad
humana. Ello así por su nivel de vida. Un texto —
un mal y un buen texto— está tan vivo como usted
y como yo. Late, respira, se alimenta, duerme,
llora, ríe, muere. Es mejor o peor persona. Más cariñoso
o arisco. Mediocre o brillante. Nos causa placer
hasta sentir culpa. Verdadera repugnancia.
Una tenaza pinzándonos el estómago. Una ternura
casi dolorosa. La lectura tiene un nivel de vida similar
a un árbol o a un bebé. Y, como asunto comparable
a cualquier actividad, la lectura también es como la comida.
Hace mucho que dejamos de comer solo para
alimentarnos. A veces nos apetece algo exótico,
algo muy lejano y característico de determinada
cultura. Un buen sushi, por ejemplo. La última
vez que se me antojó algo así «tomé»
El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki.
Otras veces anhelamos algo más picante —
ustedes también, no mientan—. Porque sí,
porque somos humanos, porque el picante
quema calorías, mejora la circulación
y el estado de ánimo y combate el resfriado.
Chile, por ejemplo. No te escondo nada,
de Silvia Day, es un buen plato al respecto
—más o menos—. Algo dulce, algo muy dulce
como un buen chocolate con leche con helado
de vainilla. Cuando tengo estos antojos suelo
tomar una buena ración de La Regenta o
Anna Karenina —ya sé lo que están pensando,
pero el chocolate y el amor son ideas que nunca
terminan bien—. Comida sana. La mejor. La que
nos hace sentir plenos, la que no implica acabar
con la vida de ningún ser vivo. Un pastel de
Dostoyevski, por ejemplo. Un pastel de cinco
kilos y entero. O su opuesto. A todos en un
momento dado nos apetece un McDonalds.
Un Big Mac repleto de patatas fritas sudando
sal, queso fundido y Coca-Cola. Intento cuidarme,
pero a veces caigo. La última vez fue Shari Lapena,
La pareja de al lado. Todavía no me he depurado del todo.
Y, además de todo esto, hay ocasiones en las
que lo único que queremos es comida casera.
Esta semana he estado de viaje y era lo único
en lo que pensaba. A veces, por muy bien que
lo estemos pasando, echamos de menos nuestro
hogar. Esa paella de domingo. Esa fabada.
Ese arroz con leche. Pues bien, como hace
unos días entré en un nivel de nostalgia de
mi casita, mi marido y mi gato que rozaba
la histeria, me planté en una librería para
buscar alimento y fui directa hacia Julio Verne.
Porque lo único que quería era un buen plato
de cuchara para no estar sola.
Julio Verne es «casa». Ese lugar al que tantos
volvemos cuando necesitamos algo familiar
y conocido. Algo que nos haga sentir a salvo.
Soy incapaz de discriminar entre sus obras.
Todas. Todas y cada una de ellas son igual
de buenas. Igual de mágicas. Igual de reconfortables.
Julio Verne (1828) es el rey de la novela de
aventuras. La verdadera novela de aventuras;
esa que plantea un viaje peligroso y arriesgado
repleto de obstáculos para nuestros héroes,
los cuales crecerán por el camino, superarán
sus miedos y se enfrentarán a los más terribles
monstruos y a las mayores maravillas de la
naturaleza y la fantasía. Julio Verne fue un
gran estudioso de la ciencia y la tecnología
de su época, pero también de otras posteriores,
ya que este genio iba muy por delante
de su tiempo. Submarinos, ascensores, muñecas
parlantes y helicópteros ya poblaban su mente.
Si bien es cierto que hay un cambio considerable
a partir de una edad y que el autor se muestra
más frío y serio en obras como El eterno Adán
o El volcán de oro, esto solo responde a un
proceso normal de maduración. De desencanto,
dicen algunos. Quizás la palabra sea cansancio,
ya que su vida no fue un camino de rosas.
Sin embargo, desde la primera a la última
novela hay verdad. Esa verdad que solo procede
del apasionamiento, de la vehemencia con la que
ciertos autores conciben la escritura y la vida y
la relación entre ambas.
Su obra más conocida es Veinte mil leguas de
viaje submarino. Desde luego en el podium con
Viaje al centro de la tierra, otra de las más
famosas. Hay autores con textos tan maravillosos
como desconocidos que han tomado la fama por
otros de los que ni siquiera estaban muy orgullosos.
No es el caso de Julio Verne, estas dos obras son
perfectas, no merecen otro adjetivo. Las descripciones
tan minuciosas de los paisajes y la ingeniería
de la que se valen los protagonistas, personalmente,
me genera una angustia muy morbosa, como una
historia de terror que no queremos oír, pero de la
que ya no podemos escapar. Uno siente verdadera
zozobra cuando se sumerge en el Mediterráneo,
la Polinesia o el Mar rojo. Cuando mira abajo desde
un volcán islandés que conduce al centro del globo.
Los monstruos marinos, las setas gigantes, los ríos
de lava solidificados, las terroríficas escafandras y
los gigantescos cetáceos (o narvales). Por no hablar
de la profundidad del capitán Nemo, en el que
Julio Verne se veía a sí mismo. Se trata de uno
de los grandes personajes de la historia de la literatura,
con una oscuridad bíblica. Épica.
No hay nada como Julio Verne para sentirse en casa.
No se lo pierdan. Una y otra vez. Y aliméntense.

Julio Verne

Julio Verne
Estatua dedicada a Julio Verne en el puerto de Vigo
Carmen Salinas | @menmarias
Lunes, 19 de Noviembre de 2018 11:51 am
·         50

No hay obstáculos imposibles; hay voluntades más fuertes y más débiles.
La lectura es asimilable a cualquier proceso o actividad
humana. Ello así por su nivel de vida. Un texto —un mal
y un buen texto— está tan vivo como usted y como yo.
Late, respira, se alimenta, duerme, llora, ríe, muere.
Es mejor o peor persona. Más cariñoso o arisco.
Mediocre o brillante. Nos causa placer hasta sentir
culpa. Verdadera repugnancia. Una tenaza
pinzándonos el estómago. Una ternura casi
dolorosa. La lectura tiene un nivel de vida similar
a un árbol o a un bebé. Y, como asunto comparable
a cualquier actividad, la lectura también es como la comida.
Hace mucho que dejamos de comer solo para
alimentarnos. A veces nos apetece algo exótico,
algo muy lejano y característico de determinada
cultura. Un buen sushi, por ejemplo. La última
vez que se me antojó algo así «tomé» El elogio
de la sombra, de Junichiro Tanizaki. Otras veces
anhelamos algo más picante —ustedes también,
no mientan—. Porque sí, porque somos humanos,
porque el picante quema calorías, mejora
la circulación y el estado de ánimo y combate
el resfriado. Chile, por ejemplo. No te escondo
nada, de Silvia Day, es un buen plato al respecto
—más o menos—. Algo dulce, algo muy dulce como
un buen chocolate con leche con helado de vainilla.
Cuando tengo estos antojos suelo tomar una buena
ración de La Regenta o Anna Karenina —ya sé
lo que están pensando, pero el chocolate y el amor
son ideas que nunca terminan bien—. Comida sana.
La mejor. La que nos hace sentir plenos,
la que no implica acabar con la vida de ningún
ser vivo. Un pastel de Dostoyevski, por ejemplo.
Un pastel de cinco kilos y entero. O su opuesto.
A todos en un momento dado nos apetece un
McDonalds. Un Big Mac repleto de patatas
fritas sudando sal, queso fundido y Coca-Cola.
Intento cuidarme, pero a veces caigo. La última
vez fue Shari Lapena, La pareja de al lado.
Todavía no me he depurado del todo.
Y, además de todo esto, hay ocasiones en las que
lo único que queremos es comida casera.
Esta semana he estado de viaje y era lo único
en lo que pensaba. A veces, por muy bien
que lo estemos pasando, echamos de menos
nuestro hogar. Esa paella de domingo. Esa fabada.
Ese arroz con leche. Pues bien, como hace unos
días entré en un nivel de nostalgia de
mi casita, mi marido y mi gato que rozaba
la histeria, me planté en una librería para
buscar alimento y fui directa hacia Julio Verne.
Porque lo único que quería era un buen plato
de cuchara para no estar sola.
Julio Verne es «casa». Ese lugar al que tantos
volvemos cuando necesitamos algo familiar
y conocido. Algo que nos haga sentir a salvo.
Soy incapaz de discriminar entre sus obras.
Todas. Todas y cada una de ellas son igual
de buenas. Igual de mágicas. Igual de reconfortables.
Julio Verne (1828) es el rey de la novela de
aventuras. La verdadera novela de aventuras;
esa que plantea un viaje peligroso y arriesgado
repleto de obstáculos para nuestros héroes,
los cuales crecerán por el camino, superarán
sus miedos y se enfrentarán a los más terribles
monstruos y a las mayores maravillas de la
naturaleza y la fantasía. Julio Verne fue un
gran estudioso de la ciencia y la tecnología
de su época, pero también de otras posteriores,
ya que este genio iba muy por delante de su tiempo.
Submarinos, ascensores, muñecas parlantes
y helicópteros ya poblaban su mente.
Si bien es cierto que hay un cambio considerable
a partir de una edad y que el autor se muestra
más frío y serio en obras como El eterno Adán
o El volcán de oro, esto solo responde
a un proceso normal de maduración. De desencanto,
dicen algunos. Quizás la palabra sea cansancio,
ya que su vida no fue un camino de rosas.
Sin embargo, desde la primera a la última
novela hay verdad. Esa verdad que solo procede
del apasionamiento, de la vehemencia con la
que ciertos autores conciben la escritura y la vida
y la relación entre ambas.
Su obra más conocida es Veinte mil leguas de
viaje submarino. Desde luego en el podium con
Viaje al centro de la tierra, otra de las más
famosas. Hay autores con textos tan maravillosos
como desconocidos que han tomado la fama por
otros de los que ni siquiera estaban muy orgullosos.
No es el caso de Julio Verne, estas dos obras son
perfectas, no merecen otro adjetivo. Las descripciones
tan minuciosas de los paisajes y la ingeniería
de la que se valen los protagonistas, personalmente,
me genera una angustia muy morbosa, como
una historia de terror que no queremos oír,
pero de la que ya no podemos escapar. Uno siente
verdadera zozobra cuando se sumerge
en el Mediterráneo, la Polinesia o el Mar rojo.
Cuando mira abajo desde un volcán islandés
que conduce al centro del globo. Los monstruos
marinos, las setas gigantes, los ríos de lava
solidificados, las terroríficas escafandras
y los gigantescos cetáceos (o narvales).
Por no hablar de la profundidad del capitán Nemo,
en el que Julio Verne se veía a sí mismo.
Se trata de uno de los grandes personajes
de la historia de la literatura, con una oscuridad bíblica. Épica.
No hay nada como Julio Verne para sentirse
en casa. No se lo pierdan. Una y otra vez. Y aliméntense.