JULES VERNE

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miércoles, 2 de agosto de 2017

ROBUR, EL CONQUISTADOR

ROBUR, EL CONQUISTADOR

Author: Mario Taborda /
"¡El pájaro vuela, y no es un globo, es una máquina!".
             Julio Verne                       
Durante este lluvioso día, que ha traído un poco de fresco a este verano insoportablemente caluroso, me he dedicado a releer una de las novelas de Julio Verne que más me ha cautivado: Robur, el conquistador.
No los voy a aburrir haciendo una reseña de la misma, pero es importante notar cómo la poderosa imaginación de Verne le va dando, en élla, vida a uno de los inventos revolucionarios: el helicóptero. Seguramente, en aquella época, la discusión de moda en los círculos científicos giraría en torno a qué tipos de naves surcaría el cielo del futuro (nuestro presente). ¿Sería un cielo lleno de aeróstatos (naves menos pesadas que el aire) o uno de naves más pesadas que éste?
Curiosamente, pocos años después de la publicación de esta novela, comenzaron a verse naves parecidas al “Albatros” de Verne por los cielos de Estados Unidos. Incluso, algunos piensan que ésta pudo haber sido la primer oleada de OVNIs documentada, de la cuál, el incidente más destacado es la supuesta colisión de
un OVNI contra un molino en Aurora (Texas).
¿Con qué frecuencia observás el cielo? Mirá que allá arriba pasan cosas inimaginables como ésta:


ROBUR, EL CONQUISTADOR (Fragmento del Capítulo I)

Un fenómeno extraordinario se producía en las altas zonas del cielo, un fenómeno  cuya naturaleza  y origen era imposible de reconocer. Un día aparecía en América, cuarenta y ocho horas después sobre Europa, ocho días más tarde en Asia, sobre el Celeste Imperio.
Decididamente, si aquella trompeta que señalaba su paso no era la del Juicio Final, ¿qué significaba entonces la tal trompeta?
De aquí que en todos los países de la Tierra, reinos y repúblicas, existiese cierta inquietud que era necesario calmar.  Si oyeseis en vuestra casa algunos ruidos raros e inexplicables, ¿no buscaríais apresuradamente la causa de esos ruidos? Y si el examen no os revelaba lo que era, ¿no abandonaríais también vuestra casa para iros a habitar en otra?
Indudablemente. Pues en este caso,la casa era el globo terráqueo. Mas no había medio de dejarle para ir a la Luna, a Marte, Venus, Júpiter o cualquier otro planeta del sistema solar. Era pues, necesario descubrir lo que ocurría, no en el vacío infinito, sino en las zonas  atmosféricas. En efecto, sin aire no hay ruido, y como había un ruido (¡siempre la famosa trompeta!), era señal de que el fenómeno ocurría en medio de la capa del aire, cuya densidad va disminuyendo poco a poco, y que no se esparcía más allá de dos leguas alrededor de nuestro esferoide.
Como es de suponer,todos los periódicos hablaron de la cuestión, la trataron bajo todas sus formas, la aclararon y la oscurecieron, contaron hechos verdaderos o falsos, llenaron de alarma o tranquilizaron a los lectores, en interés de la venta; apasionaron, en fin, a las masas un tanto alocadas. De rechazo,la política quedó en segundo lugar, si bien los negocios no anduvieron remisos por eso. Pero, ¿qué es lo que ocurría?   Se consultaban los Observatorios de todo el mundo. Si no contestaban, ¿para qué servían los Observatorios? Si los astrónomos, que dividían en dos o en tres sectores las estrellas que están a millones de leguas de nosotros, no eran capaces de hacer saber el origen de un fenómeno cósmico en un radio de sólo algunos kilómetros, ¿entonces para qué servían los astrónomos?
El resultado fue que se volvió imposible darse cuenta del número de telescopios, de anteojos de larga vista, gemelos y lentes que miraban al cielo aquellas hermosas noches de verano, ni del de ojos que miraban por el ocular de los instrumentos de todo alcance y de todo calibre. Se podían calcular también por millones. Diez veces, veinte veces más que el número de estrellas que se pueden ver a simple vista en  la esfera celeste.
¡No! Jamás eclipse alguno observado simultáneamente en todos los puntos del Globo había despertado una curiosidad igual.
Los Observatorios contestaron, pero insuficientemente. Cada uno dio una opinión, pero distinta; por lo cual estalló una guerra intestina entre sabios durante las últimas semanas de abril y las primeras de mayo.
El Observatorio de París se manifestó muy reservado. Ninguna de sus secciones quiso dar su opinión. En la sección de Astronomía matemática se había desdeñado mirar; en la de operaciones meridianas no se había descubierto la menor cosa; en la de observaciones físicas nada se había visto; en la de Geodesia nada se había advertido; en la de Meteorología tampoco tenían que decir que hubiesen visto algo fuera de lo normal; en fin, en la de los calculadores nada se había visto. Al menos, el testimonio fue franco. La misma franqueza se dio en el Observatorio de Montsouris, en la estación magnética de Saint-Maur.
El mismo culto a la verdad se notó también en la oficina de longitudes. Decididamente, francés quiere decir franco.
En provincias fueron un poco más explícitos.Tal vez en la noche del 6 al 7 de mayo habíase previsto una claridad de origen eléctrico, cuya duración apenas había sido de veinte segundos. En el Pic du Midi esa claridad se había advertido entre las nueve y las diez de la noche.
En el Observatorio meteorológico de Puy-de-Dome, entre la una y las dos  de  la madrugada; en el monte Ventoux, en Provenza, entre dos y tres; en Niza entre tres y cuatro; en fin, en Semnoz (Alpes), entre Annency, el Bourget y el Leman, en el momento en que el alba blanqueaba el cenit.
Evidentemente, no se podían desechar en conjunto todas sus observaciones.
No había duda de que se había observado la claridad en distintos puntos sucesivos, con diferencia sólo de algunas horas. Por consiguiente, o era producida por varios focos que corrían a través de la atmósfera terrestre, o sólo era producida por un solo foco, el cual podía moverse con una velocidad que debía ser de unos doscientos kilómetros por hora. Pero durante el día, ¿hábíase visto alguna vez algo anómalo en el aire? Jamás.
La trompeta, ¿habíase oído siquiera a través de las capas aéreas?
No se había oído ningún toque de trompetas entre la salida y la puesta del Sol.
En el Reino Unido hallábanse muy perplejos. Los Observatorios no pudieron ponerse de acuerdo. Greenwich no llegó a entenderse con Oxford, aunque ambos sostenían que no había nada.
-¡Ilusión óptica! - afirmaba uno.
-¡Ilusión acústica! - sostenía el otro.
Y sobre esto disputaron. En todo caso, ilusión.
En el Observatorio de Berlín y en el de Viena,la discusión amenazaba promover complicaciones internacionales. Pero Rusia, en la persona del director del Observatorio de Pulkowa, les probó que ambos tenían razón; que todo dependía del punto de vista desde el cual se colocaban para determinar la naturaleza del fenómeno, imposible en teoría, pero posible en la práctica.
En Suiza, en el Observatorio de Santis, en el cantón de Appenzel, en  Peighi, en Gabris, en los puestos de observación de San Gotardo, del San Bernardo, del Juliers, del Simplón, de  Zurich, del  Somblick, en los Alpes tiroleses, dieron fe de una  extremada reserva a propósito de un hecho que nadie había podido hacer constar, lo cual estuvo muy bien.
A pesar de ello, en Italia, en las estaciones meteorológicas del Vesubio, en el puesto de observación del Etna, instalado en la antigua Casa Inglesa, y en el Monte Cano, los observadores no dudaron ni por un instante en admitir la materialidad del fenómeno en atención a que lo habían visto un día bajo el aspecto de una pequeña voluta de vapor, y una noche bajo la apariencia de una estrella fugaz. Sin embargo, lo que era, aún no lo sabían.
En verdad, el tal misterio comenzaba a cansar a los sabios; en cambio, continuaba apasionando a los ignorantes, que han formado, forman y formarán la inmensa mayoría del mundo, gracias a una de las leyendas más sabias de la Naturaleza. Los atrónomos y los meteorologistas hubieran acaso renunciado a ocuparse más del particular, si en la noche del 26 al 27 en el Observatorio del Kanto Reino, en el Finmark, en Noruega, y en la noche del 28 al 29 en el del Isjord, en el Spitzberg, los noruegos por una parte y los suecos por otra, no se hubieran puesto de acuerdo sobre lo siguiente: en medio de una aurora boreal había aparecido una especie de pájaro muy grande, un monstruo aéreo.
Si no había  sido posible determinar  su estructura; al menos no había ninguna duda sobre unos corpúsculos que había proyectado y que estallaban como bombas.
En Europa no quisieron dudar de la observación de las estaciones del Finmark y del Spitzberg. Pero lo que pareció más asombroso en todo eso era que los suecos y los noruegos se hubieran puesto de acuerdo sobre cualquier punto.
Se rieron muchísimo del supuesto descubrimiento en los Observatorios de América del Sur, en el Brasil, en el Perú y lo mismo en La Plata, en los de Australia, en Adelaida e incluso en Melbourne. Y la risa australiana es de las más comunicativas.
Para abreviar diremos que solamente un jefe de estación meteorológica se mostró explícito en esta cuestión, a pesar de todas las burlas que podía originar su solución.
Fue un chino, el director del Observatorio de Zi-Ka-Wey, colocado en medio de una gran llanura, a una distancia del mar como de diez leguas poco más o menos, y que tenía un horizonte inmenso, bañado de aire puro.
-Quizá «eso» -dijo el tal chino- fuera un aparato volador, una máquina para volar.
-¡Qué de burlas hubo!

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