JULES VERNE

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jueves, 3 de agosto de 2017

LOS NÁUFRAGOS DE LAS AUCKLANDS: LA HISTORIA REAL QUE INSPIRÓ A JULIO VERNE Y SU ISLA MISTERIOSA

LOS NÁUFRAGOS DE LAS AUCKLANDS: LA HISTORIA REAL QUE INSPIRÓ A JULIO VERNE Y SU ISLA MISTERIOSA
Posted by Raquel C. Pico On julio 17, 2017 In Destacado, Libros y Literatura No comments



Es un hecho conocido que Julio Verne (sí, deberíamos llamarle Jules Verne, pero la traducción se ha asentado), el popular escritor de novelas de aventuras del XIX, era también un gran lector, que sacaba de periódicos y libros la inspiración y la información que necesitaba para crear el universo en el que ocurrían sus historias. Una de las sus novelas, La isla misteriosa, que sigue las aventuras de cinco personajes varados en una isla. La novela se publicó entre 1874 y 1875 en forma de folletín y debe mucho a historias anteriores sobre náufragos, pero también a una historia real, Les Naufragés ou Vingt mois sur un récif des Îles Auckland, publicado en Francia en 1870 por François Édouard Raynal y que se convirtió en una historia muy popular en su momento y muy valorada.
Lo que Raynal contaba no era una novela ni una historia de ficción, sino sus recuerdos de su propia experiencia como náufrago. El libro, que acaba de publicar en castellano Jus Ediciones como Los náufragos de las Aucklands, resulta de hecho interesante incluso aunque no se piense en Verne leyéndolo para comprender cómo podía ser la vida en una isla desierta en la que 5 personas no tienen más remedio que luchar para sobrevivir por todos los medios.
También es fácil comprender cómo Raynal y su historia se convirtieron en algo popular y valorado en su momento, porque su narración es una de superación y compañerismo, frente a las narraciones habituales de naufragios. Sin ir más lejos, al mismo tiempo que su barco naufragaba en las Aucklands y ellos intentaban sobrevivir otro barco acabaría en la misma situación, pero sin la misma suerte. Sus supervivientes se enfrentaron entre ellos, lo que los acabó condenando y reduciendo aún más el número de supervivientes. Y no hay que olvidar la atroz historia del Batavia, un barco del siglo XVII que naufragó en lo que hoy es Australia y cuya historia se recuerda en el prólogo de la nueva edición de la narración de Raynal. La mayor parte de las más de 300 personas que iban a bordo del barco sobrevivieron al naufragio, pero no a los meses posteriores. Uno de los pasajeros tomó el control de la situación y lo convirtió en un infierno. Cuando llegaron a rescatar a los náufragos, dos tercios ya habían sido asesinados.
Raynal formaba parte de una expedición que buscaba una mina en las islas situadas al sur de Nueva Zelanda (sin éxito) y que en su viaje de vuelta vio como el barco en el que navegaban iba a la deriva. Los cinco tripulantes del barco consiguieron resguardarse en una de las islas Auckland, esperando a que viniese a su rescate una tripulación enviada por sus socios comerciales (que lo habían prometido). La expedición nunca llegó y los náufragos tuvieron que organizarse para sobrevivir. El barco naufragó en la noche del 2 al 3 de enero de 1864 y sus viajeros permanecieron en la isla hasta julio de 1865. Tuvieron que adaptarse a las condiciones climáticas (el clima de la zona es sub-antártico) y a la escasez de recursos, pero a pesar de ello todos los náufragos lograron sobrevivir.
¿Cómo lo consiguieron? La clave está en que fueron unos náufragos, por así decirlo, ejemplares. Desde un primer momento, primó la solidaridad, como bien supo Raynal. En el momento del naufragio, Raynal estaba enfermo, lo que lo convertía en un lastre para los otros 4 miembros de la tripulación. A pesar de ello, no lo abandonaron (como hubiesen hecho los náufragos contemporáneos…) y lo cuidaron para que recuperase la salud. El trabajo en común fue la tónica dominante de los meses (¡más de un año!) de convivencia, como también (o al menos es lo que se descubre leyendo a Raynal) la organización.
Los náufragos no sólo construyeron desde un primer momento un lugar en el que vivir y dormir al abrigo, sino que crearon cuadros de tareas, por así decirlo, a los que todos se atenían. Además, y para gestionar la vida en la colonia, dotaron al capitán de mayor autoridad que a los demás pasajeros, aunque con la provisión de poder quitarle su poder en caso de abuso de su posición de dominio. Para no acabar volviéndose locos en los largos días en la isla, organizaron cursos en los que cada uno enseñaba a los otros sus conocimientos que los otros no poseían (unos náufragos aprendieron a leer y escribir, pero incluso ellos enseñaron otras cosas a los demás: como eran todos de nacionalidades distintas pudieron aprender idiomas).
Imagen | Wikimedia Commons
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