JULES VERNE

JULES VERNE

viernes, 21 de julio de 2017

LA LUNA DE JULIO VERNE, VIAJE DE IDA Y VUELTA


Lo fantástico científico aventurero, I.


“Que todo proyectil dotado de una velocidad inicial de doce mil yardas por segundo, y dirigido hacia la luna, llegará necesariamente a ella”. Todo comenzó después de esa frase. El fantástico viaje a la luna promocionado por el fantástico escritor Julio Verne se encuentra entre los más famosos periplos  a la luna, incluso más popular, a veces, que el ya viejo  y casi retro-futurista odisea del Apolo 11. Y aunque no venga a cuento, y ahora que se hace cada vez más atrayente el steampunk y demás retro-futurismos, no hay mejor opción que ello, digo, de este tipo de ciencia ficción que ver las fotos y videos de las viejas misiones al espacio, sobre todo de la CCCP para saborear ese aire de futuro ya muerto, pero futuro todavía. La Venera, una verdadera cacerola de acero staliniano con funcionalidad de sonda espacial, todavía debe estar en Venus, esperando, esperando.


          
Julio Verne es un tipo de escritor que como Dickens, pertenecen a la caterva del espíritu infantil permanente en lo que se escribe. Si el acto de escribir es en parte una posesión, estos escritores son poseídos por un espíritu infantil. Y ya no por el destino o la etiqueta que se le impone como autor juvenil sino porque sus ansias de escribir le llegan de lo maravilloso, del salto de mata, de la diversión, de la caricatura. Y aunque a veces, nos abruma de datos técnicos, biológicos, científicos, siempre le salta la chispa de la aventura tanto de sus personajes, como de sus esquemas de escribir.


Así vemos en los dos libros, que componen esta ida y vuelta al satélite de Selene, De la tierra a la luna, Alrededor de la luna, un esquema de narración bien estructurado donde los capítulos desarrollan un tema concreto, aquí un repaso a la selenografía, aquí la fabricación del proyectil, pronto se rompe con la llegada del loco francés y una pequeña aventura de duelos. Si Verne junta datos técnicos y científicos y se apoya en ellos para rellenar folios, no por ello dejará de dar rienda suelta a la travesura cuando nadie le vea. Es un escritor que como Dickens le hubiera dado lo mismo escribir novela pastoril que novela policiaca que novela de especulación científica.



La obra está a medio camino de la crónica periodística, del folletín, y de la divulgación científica. Y el estilo literario de Verne se moverá por estas tres prermisas maravillosamente. Tiene un arte de narrar con “prisa”, velocidad a punta de artefacto a vapor de hace ya dos siglos sin detenerse un momento a describir un árbol, o que tipo de cenefa tiene la lámpara de gas del dormitorio, aunque si quiere, Verne lo puede hacer, puede detenerse y salir de nuevo airoso del trance. Sin dejar por medio de darnos datos de todo tipo. Luego el ritmo se ralentiza, justo en el momento que con ansias deseamos que lleguen a la luna, que salga el sol para ver que hay allí.


Por eso, todo tiene un aire festivo y alegre. Incluso las calamidades se retratan con ligereza, sin ir más lejos, la reunión del Gun-Club nos ofrece un retrato de ingenieros y militares que han sobrevivido la última Guerra Civil norteamericana y que cada uno le falta algún miembro de su anatomía. Una sociedad, el Gun-Club que rivaliza en importancia con el otro importante club “verniano” donde Phileas Fogg apostó que realizaría la vuelta al mundo en no sé cuántos días, el  London's Reform Club. Que por cierto, y ha sido difícil esta vez incluirlo, es el mismo club donde asistía a sestear el maestro Henry James.
En busca de los selenitas, ¿tendrán una conversación cautivadora?
Como los distinguidos señores del Gun-Club en Baltimore se hastiaba e incluso se frustraba con la recién y estrenada paz norteamericana por su condición de ingenieros y militares a la vez, deciden mandar una “pedazo” bala a la luna para demostrar que el espíritu y el pragmatismo de los Estados Unidos era insuperable por parte de cualquier otro país del planeta Tierra. Pero claro, Julio Verne era francés, y no todos los laureles se llevarían ese recién estrenado país, porque a medio trayecto de la novela, surgirá un loco francés, arrollador que marcará una segunda inflexión.


Los capítulos cortos con una idea sencilla a desarrollar van a sucederse uno detrás de otro.  El capítulo uno, qué es el Gun-Club; el dos, la propuesta de su presidente, Barbicane de mandar un proyectil a la luna; el cinco, un repaso de historia sobre la ciencia de la luna; el ocho, las características del cañón, etc… Hasta que llega en escena, el segundo personaje importante, el Capitán Nicholl, que es el único crítico al proyecto en medio del entusiasmo general y por tanto, el único por el que se preocupará el presidente Barbicane.
Julio Verne retrata todo como si estuviese dado una noticia, una crónica literaria, o un tratado histórico con aires de narrativa tradicional.  Nos impregna del entusiasmo de ir a la luna y nos hace saltar de júbilo con todos los demás personas pues la noticia de la fabricación del cañón “Columbiad” se ha propagado como la pólvora ya no sólo por los Estados Unidos, sino por Europa y otros países. Es tal esta concepción de microcosmos donde todos se conocen y todos gritan al unísono que parece ser que el mundo entero se moviliza en apenas minutos.  Muchos países se unirán a la financiación del proyecto y deja el escritor un pequeño comentario sobre España: “En cuanto a España, le fue imposible reunir más de ciento diez reales. Dijo como pretexto que tenía que terminar sus ferrocarriles. La verdad es que la ciencia no está muy bien vista en este país. Todavía se halla algo retrasado. Y además, ciertos españoles, no de los menos instruidos, no se daban cuenta exacta de la masa del proyectil comparada con la de la Luna; temían que se llegara a perturbar su órbita, a molestarla en su papel de satélite y a provocar su caída sobre la superficie del globo terrestre. En ese caso, lo mejor era abstenerse. Es lo que hicieron, real más o menos”. Toda una delicia maravillosa para que reflexionase unos años después la Generación del 98.
Describe el autor a ese loco francés, Michel Ardan “Aquel hombre sorprendente vivía en perpetua disposición a la hipérbole y todavía no había superado la edad de los superlativos”. Así comienza la segunda inflexión de la novela, porque este personaje, va a representar la pasión, el sentimiento después de tantos datos técnicos e ingenieros. Porque propondrá hacer habitable la bala y ¡viajar en ella!. Este espíritu hiperbólico donde no se conoce los límites sirve también para contagiar a la propia novela de ese aire superlativo, pasional, que ya he comentado antes.
Michel Ardan también va a darnos la máxima especulación científica, bella, con la que contamos en este maravilloso viaje selenita, especulación tradicional, la vida alienígena. Porque defiende el francés, en un espléndido discurso donde combina la retórica clásica con los avances científicos del siglo XIX, intercalando con la filosofía natural de Plutarco, Swedenborg y Bernardin de Saint- Pierrae,  la presencia de una escasa atmósfera en el satélite que dará habitabilidad a toda una sociedad selenita con una más que cautivadora conversación y que a la postre le ayudarán a disponer de los métodos para poder volver a la tierra, de los que tal vez, no se haya hablado en demasía. Acaba su discurso con una frase lapidaria “No sé si los mundos estarán habitados, y como no lo sé, voy a verlo”.


“….que los principios de la vida fueran modificados”   
Julio Verne ha sido más de una vez relacionado con saberes ocultos y más de una vez, también se ha hablado sobre que sus especulaciones científicas se han cumplido y ya no sólo eso, que extrañas confidencias de nombres, lugares y datos técnicos existen entre su literatura y la vida real. Y dónde más datos sacan es entre estas novelas y la del viaje del Apolo 11. Pero más allá de eso, yo me quedaría con la extraña capacidad de unir imaginación con ciencia, su atemporabilidad de la creación. La maravillosa línea vaga, la frontera que luego, cuando llegan a la luna, se intesificará entre la especulación científica, lo que están viendo, y lo que están imaginando. Y Jules jugará con ello y con el lector.
Esta exploración sideral parece ser que está hecha para confirmar las teorías de Platón, para dar satisfacción al viejo Galileo Galilei que se quejaba de su escasa cansada vista para detectar que eran esas líneas que veía en la luna, para saber que Burroughs no estaba desviándose demasiado de la realidad cuando hablaba de una Barsoom llena de canales con agua. La misma búsqueda que vale para haber encontrado Plutón, cuando se buscaba por razonamientos erróneos, la misma búsqueda futura para confirmar las últimas teorías de la física con sus mundos de paralelos, su materia oscura, que hace las delicias o haría las delicias a toda la escuela neoplatónica.
Y Julio Verne juega con estas teorías pseudo-fantásticas, pseudocientíficas. Y tiene de ellas, para dar y tomar. Las elucubraciones que salen de la boca de sus personajes, dados a largas conversaciones entre cava y aperitivos, pueden versar sobre el eje de inclinación de Júpiter, que es tan insignificante que provoca la significación de las estaciones en una zona de primavera, otra de otoño permanente, dato que hace agudizar la mente y dejarnos como consecuencia de eso que los sabios son más sabios, y los malos son menos malos. El  eje de inclinación dará materia para otra novela del autor cuando anota una frase que dice un personaje al azar, “!cambiemos el eje de la tierra!”, así los tontos serán menos tontos, los ladrones serán más humildes, etc…. Julio Verne se puede considerar como un viejo amable y simpático que imparte la clase de ciencia en nuestro pasado colegio.
Tenemos una verdadera escena retro-futurista a lo “steampunk” cuando Barricane y Ardan celebran un ágape dentro del cañón “Columbiad”, al que descienden con grúas de vapor y se ilumina el cuadro con lámparas de gas que darán distintas y especulativas irisaciones a las paredes de acero del inmenso cañón. Sólo queda la llegada del Capitán Nicholl para formar la trinidad que ascenderá hacia la luna.



Cuando acaba la gravedad de la Tierra y comienza la gravedad de la Luna
El proyectil wagon ha logrado dejar atrás la Tierra y se encamina hacia la Luna. No se han privado de nada, estos tres caballeros, Barricane, Capitán Nicholl y Ardan, acompañados por Diana y Satélite, dos perros; cómodos sofás, ventanas en los cuatro lados del proyectil para ver el paisaje, un aparato de la marca Reiset y Regnaud para generar oxígeno (en este caso, el adminículo no detona ninguna categoría de lujo o innecesidad ) y unos polvos químicos para eliminar el óxido carbónico, los instrumentos científicos de mediciones, las herramientas prácticas, un secreto baúl donde se oye a veces cantar un gallo y que Michel Ardan guarda en secreto y por supuesto, unas lamparillas de pared que iluminan con luz de gas, el interior de esta nave.
Una nave que se vuelve meteorito habitado, con luz interior  y con una trinidad de conciencia. El francés, aparte de por supuesto ser el cocinero, representa la fuerza, el verbo, la ilusión. Barricane en contraste con Nicholl, la tesis y antítesis de todo avance científico, representa el cálculo matemático puro y el otro, el técnico, aquel que hace de puente entre Barricane y Ardan. Por tanto, y cogiendo a la Tierra como un círculo, ya tenemos la figura que Roso de Luna comentaba de los eclipses y del gorro de los astrónomos..
Cuando más nos alejamos de la Tierra, Verne se vuelve más “puñetero”. Todo empieza a coger un tinte más que onírico. La penumbra y la oscuridad. Empiezan los encuentros extraños pues se cruzan con un bólido sideral, un pequeño satélite que gira también alrededor de la Tierra y que casi colisiona con la wagon. ¿Un fenómeno OVNI ?
Son capítulos que nos ofrecen una delicada y diluida frontera a donde llega la ciencia y empieza la fantasía y al autor, le gusta recrearse, suspenderse en ella, tranquilizarse. Así la entrada a la luna se hace despacio, volviéndonos a recordar a todos aquellos sabios que estudiaron a la luna desde la época de la biblioteca de Alejandría, debatiendo si hay signos de vida en ese satélite. Por tanto, nos crea, al lector, angustia y tensión.
Todavía hay momentos para describir alegóricamente a la Luna, aquella antigua diosa y decirnos que Ella es el claro oscuro de la Tierra, su negativo. Que incluso sus Mares tienen nombres con significados filosóficos: Humores, Tranquilidad. Que existe una clara división entre el hemisferio norte, que es el masculino y el hemisferio sur, el femenino. Insinúa que la ciencia ha estropeado las divinas alegorías de la luna cuando se la llamaba Selene y ahora que la llaman roca agujereada por los bólidos siderales.
El viaje sigue su desarrollo con total normalidad. Salvo algunos pequeños percances. El trágico final del perro Satélite que murió en la gran explosión del combustible del “Columbiad” y que al tirar el cadáver al espacio, este, sin gravedad alguna que le afecte y por la inercia, viaja al lado del “wagon” cual perro todavía fiel incluso más allá de la muerte y confirmando su identidad con el significado de su nombre. Otro percance, fue el exceso de oxígeno que por un momento invadió el interior del “wagon” y provocó un revuelo de gallinas, alucinaciones, divagaciones filosóficas por lo menos curiosas, euforia, y por fin, un sueño tranquilo. Este tema de los niveles de oxígenos altos en la atmósfera volverá a salir en la novela del doctor Ox.


Los momentos de incertidumbre y de desasosiego invaden las últimas páginas de la novela. Ya no saben si vuelven o todavía están llegando a la órbita de la luna. Luego, el desconcierto de ver la luna desde esas pequeñas ventanitas, un placer que igual que el del ver por los ojos de buey del Nautilius, sólo lo hemos tenido los lectores de Verne. Por supuesto, que sobrevuelan el Mar de Platón y ven las montañas, los cráteres y la cara oculta de la luna. Una verdadera cara oculta donde se congelarán y no verán absolutamente nada, la noche permanente. Es en ese momento del vuelo, cuando una vez más un bólido o meteorito está apunto de colisionar con la “wagon” pero algo o alguien, ¿un OVNI? lo destruye a tiempo.


En todo momento, los tres caballeros no perderán la flema, no inglesa en este caso, ni la tranquilidad y el sosiego. Asumen con tal aplomo y entereza los peligros e incluso la incertidumbre de si no sólo verán la luna sino que partirán atraídos por otras órbitas de otros planetas. Qué maravilloso hubiera sido un nuevo viaje con estos tres personajes, rumbo, por supuesto, a Marte. Y si los problemas son arduos de asimilar, preparan un largo, lento y cuantioso almuerzo para dedicarse a ellos.


A veces, las condiciones de visibilidad de la “wagon” dejan mucho que desear, sobre todo cuando sobrevuelan ciertos cráteres donde llegan a divisar algo brumoso, una niebla, por supuesto tampoco inglesa. Y entre jirones de esa atmósfera, ¿árboles? ¿Río? Lo único que podemos aventurar es la teoría de Barbicane: la luna estuvo habitada en un pasado lejano.
Y no sólo deja estas teorías por desarrollar. También comenta Verne que en la luna no hay matices y por tanto, las perspectivas de las cosas se pierde, todo es blanco o es negro. También comenta que si la Tierra se parase de repente de su frenético girar, el calor que provoca tal hecho conllevaría la total auto-combustión o esfumación del Universo. Una deliciosa exposición que hubiera hecho las delicias del viejo celta que sostiene con su mano mística, la lámpara maravillosa. Y esta otra sobre el sol, “Y esta teoría ha permitido admitir que el calor del disco solar está alimentado por un granizo de bólidos que cae incesantemente en su superficie”.  Y por último: “En la otra vida, para saber el alma no necesitará de máquinas ni de ingenio. Se identificará con la eterna sabiduría”.


Julio Verne jugó limpiamente con la luna y nos dejó con el misterio. Por supuesto que la “wagon” fue rescatada del fondo del mar de la Tierra. Los tres cosmonautas jugaban tranquilamente al dominó en el momento que abrían la escotilla
Publicado 1st June 2012 por Raúl Morón
Nota del Editor: Verne no es un escritor para niños en forma exclusiva, son libros que puede leerse a cualquier edad

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