JULES VERNE

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jueves, 8 de junio de 2017

CRÓNICA DE FEBRERO DE 2017 DE JOSÉ RAMÓN SALES "JULIO VERNE, UN AUTOR MANIPULADO"

CRÓNICA DE FEBRERO DE 2017 DE JOSÉ RAMÓN SALES "JULIO VERNE, UN AUTOR MANIPULADO"
JULIO VERNE, UN AUTOR MANIPULADO
José Ramón Sales
Se antoja irreverente, o cuanto menos fuera de contexto, que a estas alturas, cuando en 2017 vemos que todo continúa de la misma guisa, excepto tal vez por el denostado Donald Trump, quien se ha hecho acreedor de todas las miradas, me preocupe de un tema que ya abordé de pasada hará unos meses. Y es que, tras contemplar la escalada de violencia doméstica de este año, el índice que alcanza la inmigración descontrolada, las majaderías de los políticos y sus infatigables cuitas, el número de civiles asesinados por Asad en Siria del 2011 al 2015 —nada menos que unos 13.000— y las aviesas mentes de famosos como Mariah Carey, capaz de quemar su vestido de novia, valorado en unos 250.000 euros —para su mayor gloria video-clipera — y lucir un anillo de compromiso de siete millones de euros, todo lo demás se queda muy ridículo. Y lo peor de todo es que, en mundo en el que muchísimos niños mueren de desnutrición y enfermedades y otros tantos pasan indecibles penurias, la irreverente e impúdica ostentación de muchos famosos es contemplada con total normalidad por el resto de los mortales, lo que anticipa una pérdida de valores. Por mucho menos he vuelto la espalda a grandes actores y actrices, que me han hecho sentir una indecible vergüenza ajena. Me importa un pimiento que declamen como los ángeles, si como personas son unos impresentables.
Clarificada esta declaración de principios, paso a hablar de un tema que no solo me atañe a mí, sino también a millones de lectores, y que merece sacarse a la luz, y por supuesto denunciar sin tapujos. Me refiero a las inefables traducciones de muchísimos libros, las cuales agostan el trabajo de los autores, quienes midieron cada palabra y cada frase, a la vez que cuidaban su elaborado estilo de escritura. He traído como ejemplo representativo a Julio Verne, uno de los autores peor leídos, tal y como muy bien dijo en su día el insigne Miguel Salabert:
«Verne, uno de los autores más leídos, es el peor leído. Ello se explica. Los lectores de «libros de aventuras» son malos lectores. Llevados del interés de la peripecia, de la línea argumental, se saltan sin escrúpulos todo aquello que no les parece esencial. Las descripciones y digresiones suelen aburrir a los chicos. Hay, en efecto, en su obra aspectos profundos, símbolos enterrados, maliciosas insinuaciones, que escapan a su público habitual y solicitan la perspicacia del adulto, cuando no la del psicoanalista, así como el conocimiento de la mitología clásica».
Esta opinión, ya contrastada y apoyada por insignes expertos en la segunda mitad del siglo XX, también era sufrida por el propio autor de Los viajes extraordinarios, título que  copió de su admirado Edgar Allan Poe, con el que se identificaba en cuanto a composición literaria a través de Las narraciones extraordinarias de aquel, si bien disentía en cuanto a la proyección de lo fantástico. Quizás por ello, consciente de una interpretación tan superficial como errónea de su obra, Verne llegó a confesar en los últimos años de su vida:
«Me siento el más desconocido de los hombres».
A este respecto, apunta certeramente Miguel Salabert:
«Sabido es que los tópicos tienen siete vidas. Los que con la fidelidad de un tatuaje han acompañado siempre a Verne, han compartido la perennidad de su obra, esa gran saga moderna reducida por la pereza mental y por la inercia de la memoria a una serie de aventuras para los niños. Son esos tópicos los que han impedido el acceso —o el regreso— del lector adulto a una obra cuya profundidad y significación sólo muy recientemente han comenzado a ser desveladas».
No obstante, también hay que añadir que nuestro autor, a pesar de su desgraciada vida personal y sentimental, la que hizo que se embarcara en su prolífico trabajo y se encerrara en él como medio de rehuir tantos sinsabores, era consciente de que había alcanzado la trascendencia. No en vano, la frase sobre su lápida en el cementerio de La Madeleine de Amiens reza así:
«Hacia la inmortalidad y la eterna juventud».
Al mismo tiempo, es de obligación no rodear los farallones, obviando el cisma que se produce en su fecunda obra —tal era la compulsión de su pluma, que a su muerte en marzo 1905 dejó escritas diez obras, sin contar con la edición en agosto de La invasión del mar.
Si en su primera época, que abarca de 1862 a 1879,  Verne tiene una fe ciega en el progreso y en el hombre, con el paso del tiempo su visión se irá tornando desencantada, amarga y sombría. De la honorable ciencia puesta al servicio del hombre a fin de someter a la naturaleza, muta a una ciencia subordinada a las potencias del dinero, a un instrumento de alienación.
A día de hoy, a pesar de que en Francia y en otros países los historiadores de la literatura están abordando la mala interpretación vertida sobre la obra de Verne, a pesar de que en su tiempo estuvo relegada por imposición editorial a un público juvenil, en España persiste el tópico más contumaz. Esta afectación fue sutilmente burlada por Verne a lo largo de una gran parte de su obra, y su esfuerzo ha sido apreciado por los lectores con pedigrí y los grandes autores. Sin ir más lejos, Tolstoy, fue uno de tantos insignes literatos llevado por una gran admiración hacia el autor de los Viajes extraordinarios:
«Yo he leído sus obras, ya en edad madura, y me han entusiasmado. Julio Verne es un maestro sorprendente».
Toda esta larga presentación es necesaria para ubicar el problema que suscitan las traducciones actuales: un plus indeseado para el lector y un flagrante delito que atenta contra la obra y su autor. En Verne, este arraigo es doblemente notable a causa de las múltiples ediciones y de la falacia de quienes intentan realizar cómodas adaptaciones de sus obras para el público menudo. Pero en este mundillo también abunda el amateur, lanzado a traducir obras y subirlas a las plataformas digitales. Pero bueno, ya se sabe cómo va todo en este país, a medio caballo entre el mercader y el inhábil. Soy testigo del brutal moldeamiento al que son sometidas las obras, en las que los traductores parecen querer dejar su impronta, atreviéndose a mejorar los textos. Y no hablo de palabras o frases completas, sino también del sentido de las oraciones. Valga el siguiente ejemplo, uno de muchísimos, extraído de la primera obra verniana de 1862, Cinco semanas en globo:
1 - De la edición de 1972 de la Editorial Ramón Sopena:
«Yo no sigo mi camino —solía decir con frecuencia—; es mi camino el que me conduce».
2 - De una versión electrónica actual, con ilustraciones de Édouard Riou y Henri de Montautcuya, cuya edición obviaré:
«Yo no sigo mi camino —decía el doctor con frecuencia—; el camino me sigue a mí».
O este otro:
1 - No nos preocupemos, pues, de lo que la suerte nos reserva y grabemos en la memoria el conocido proverbio: «Lo que está de Dios, a la mano viene».
2 - No nos preocuparemos de lo que la suerte nos reserva y no olvidemos jamás nuestro proverbio inglés: «Haga lo que haga, no se ahogará quien ha nacido para ser ahorcado».

¿Qué diría cualquier autor que viera su obra manipulada de esta guisa por traductores del tres al cuarto, capaces de destrozar su trabajo? Como uno de tantos escritores que se esfuerzan por medir cada palabra y frase, dándole un sentido especial y particular a lo expresado, no puedo sino formular mi más sentida repulsa. Cabría esperar que un público elitista y no adocenado, amante de la buena letra, alzara su voz contra esta auténtica defenestración de la palabra escrita. Convendría pues, que ante la falta de un medio que aglutinara las primeras ediciones —las españolas que llevan el logotipo «colección Hetzel», nombre del editor de Verne, son intachables— y aquellas formalmente traducidas por rutilantes expertos de las menos adulteradas —otro problema añadido son la ediciones ya traducidas a un idioma y que se escogen para efectuar la siguiente traducción, desvirtuando cada vez más el original— que los buenos lectores tomaran en consideración este gran problema, pues ni ellos se merecen menos, ni los autores, que viven para ellos, tan bochornoso estipendio. Denigrar así al autor y a su público en virtud de esa insólita práctica, debería merecer nuestra total reprobación, ya que no solo el patrimonio cinematográfico requiere nuestra atención; también el literario, porque preservar la cultura es, como en el resto de las cosas, un asunto que nos concierne a todos.

Nota del Editor: No compartimos estas opiniones, exceptuando el asunto de las traducciones, es insólito traducir del francés al inglés y de allí al español, y luego al alemán, aparte de versiones reducidas 
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