JULES VERNE

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jueves, 2 de febrero de 2017

¿Quién narra la novela? 1

¿Quién narra la novela? 1
por Neftalí Coria
24 de mayo de 2015
Cuando comenzaba mi vida de lector creí que el señor Aronnax, Profesor del museo de París, hospedado en un hotel de la Quinta avenida de Nueva York antes de zarpar en el “Abraham Lincoln” en busca de la misteriosa bestia que tenía intrigado al mundo entero, era el autor de “Veinte mil leguas de viaje submarino” y no el señor Julio Verne, del que aparecía su nombre en la portada de aquella edición que a mis doce años yo leía con verdadera fiebre. Traté de explicarme aquello que derivó en una especie de confusión que me mantuvo imaginando que aquel personaje había existido de verdad, dado que había escrito todo lo que sucedía en las aguas de los océanos comprobados en el mapamundi y en la clase de Geografía. ¿Por qué el libro señalaba a Julio Verne como autor y no al ictiólogo que afirmaba haberse embarcado en el majestuoso “Abraham Lincoln” invitado por nada menos que por el Secretario de la Marina J. B. Hobson, como decía literalmente la carta que el profesor Arronax, había recibido en su hotel? Él lo estaba diciendo, él estaba contando aquellos sucesos, él, Arronax, el científico francés, era el que daba cuenta de los misteriosos sucesos que a mis doce años, era imposible dejar de leer, sin embargo, Julio Verne, –quien firmaba el libro–, no aparecía por ninguna parte de la historia. Nadie en la novela, mencionaba su nombre, ni había referencia alguna a su persona, entonces ¿Quién era el dueño de aquel nombre que sólo en la portada se ostentaba como autor de una de las narraciones más hermosas que hasta entonces yo estaba leyendo? ¿Quién era y dónde vivía, si en la historia que avanzaba por mi avidez, no lo mencionaba ni siquiera Ned Land, ni Conseill, ni algún otro personaje? Entonces qué había detrás de todo eso misterio. Aquella confusión la tuve que descifrar con urgencia, porque tampoco en otras novelas firmadas por ese Julio Verne, aparecía nadie llamado así. Estaba descubriendo nada menos cómo era el arte de narrar, de construir un personaje, de inventarlo, de darle vida a una historia que había germinado desde la mente  de aquel mismo hombre que había escrito más novelas y que tenía esa maestría de hacer que vivieran seres humanos con la veracidad que la misma vida de la que yo era testigo, tenía. Fue entonces que indagué (no recuerdo cómo, ni de qué manera) quién era Julio Verne y quién era el personaje que narraba la novela. Y la siguiente duda, fue que Arronax, el científico francés que contaba la historia, no existía, no era real aquella persona que narraba, aunque me resistí a creerlo; cómo no iba a existir, podía verlo discutir con Ned Land, el famoso ballenero canadiense que lo habían traído expresamente para aquella especifíca misión. ¿O es que Ned Land tampoco existía? ¿Quién narraba la novela de verdad? Fue quizás cuando comprendí que los personajes viven en las palabras que un hombre ha escrito como verdades completas para construir un mundo completo y en esos términos, tan real como la imaginación lectora lo permita.
Aquel niño que leía y tuvo tales dudas, estaba convencido que aquello era posible y la verosimilitud de lo que había leído, le hacía creer que sólo aquella realidad existía, y lo que allí se estaba contando era cierto, tan cierto como que alguien se había tomado el tiempo de contar algo que había vivido, como una de las tantas hazañas que a mí me esperaban en la vida y no podía creer que hubiera un hombre que hubiera construido un personaje tan nítido. Qué había hecho tan bien para convencerme que todo era verdad, como la verdad de la que estaba siendo testigo. Creo que allí estaba la clave. El arte favorece lo verdadero y su interpretación de la otra realidad, se ajusta plena en la creencia del lector y eso sólo puede lograrlo el arte.
Narrar simplemente, es narrar, dar cuenta de lo sucedido no es arte. Narrar bien, con destreza y llevando a los altos grados de belleza el lenguaje, si es un arte. Y tal vez eso sería el primer componente de lo que podemos llamar arte narrativo. Entonces me pregunto ¿Qué otra cosa hace que un relato, un cuento, una novela sean precisamente eso: Literatura, arte…? Con Julio Verne descifraba aquellas inquietudes primarias. Creo que será difícil dar un esquema de lo que es el arte de narrar. Pienso en Cervantes y pienso en Joyce. Qué tienen en común estos dos narradores que la escritura los hizo artistas. Difícil me la he puesto, sin embargo, ya mucho ha sido el tiempo en que me he venido preguntando por estos enigmas, que otros sin duda, han descifrado. Y tal vez poco importe saber por qué es arte el arte y cómo es que éste opera en la vida de los hombres: aunque es inquietante, cómo es que la interpretación, la representación, la crítica y la revelación de verdades grandes del mundo, que el arte ha expuesto en sus obras, han tenido sus evidentes efectos en la historia.
Angelus Silesius dijo –según Borges– que “La rosa es sin un porqué”. Ante esa aseveración que el autor de “El Aleph" compara y aprueba, yo creo que el arte es arte, porque la belleza vive inherente a la honda estructura de la obra que la contiene y vive en su armonía y los sentidos y el corazón de un hombre pueden habitarla como un lugar, como un territorio donde ha de suceder algo que no será desconocido. Eso creo que me estaba sucediendo con la novela de Verne.

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