JULES VERNE

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viernes, 3 de febrero de 2017

Mi encuentro con la ficción

Mi encuentro con la ficción
por Neftalí Coria
11 de agosto de 2014
Los libros de ficción que leímos quedan palpitantes en nuestra vida y suele creerse que el juicio al que nuestra lectura los hubo sometido, es lo que determina su permanencia en la memoria y la forma en que han de ser recordados, pero sobre todo, el modo en que los hemos de recordar. Me refiero a los libros de literatura que hemos leído, porque ellos van a determinar de forma muy significativa, la idea central de lo que habremos de creer que significa la lectura. Así, el encuentro que en la vida tenemos con la ficción y la obra de la imaginación, nos hará tener una creencia y una opinión sobre la escritura de una obra literaria. Y dependiendo de aquel encuentro con nuestras primeras lecturas, va a determinar el apego a los libros, o en su caso, la indiferencia a las historias y cantos que fueron escritos en la larga historia de la Literatura.
Mi padre fue lector de periódicos. Yo de niño lo vi leer el periódico y lo escuchaba hablar de aquel saber que de los tabloides lograba capturar. Decidí imitarlo. Leía y creía que aquellas cosas que me decían las fotos y las palabras, eran historias, aunque posibles lejanas, historias que ocurrían en otro mundo, lejano y por lejano, maravilloso. Luego ascendí a la lectura de cómics. Allí pude saber que los personajes aquellos que desde el dibujo tenían una identidad cautivadora, existían en el mismo mundo lejano y del que yo era un privilegiado testigo. Pero mi curiosidad me llevó al encuentro con otro vehículo donde sucedían historias fascinantes: la radio. Aquello fue una gran experiencia con la voz de los personajes y los sucesos sonoros que allí tejían historias fantásticas y sumamente humanas. ¿Dónde estaba aquel mundo lejano al que pertenecían las historias que tenía enfrente todos los días en aquella caja color azul marino marca Majestic y que sonaba gracias a los extraños cilindros amarillos rayovac. Pasaba los días pensando en las aventuras que escuchaba en la radio y las que leía en los pasquines y el periódico los domingos. Era una fascinación y creía que todo aquello ocurría de manera natural, que los personajes, existían o se inventaban solos, como la vida misma a la que mis hermanos, mi padre, mi madre, mis amigos y yo pertenecíamos. ¿Y lo mágico de todas aquellas historias donde los hombres morían, volaban, buceaban, combatían contra el mal, lloraban y buscaba tesoros? ¿Cómo era que sucedían y cómo era que existían vampiros por ejemplo? Pues me dio por buscarlos en la realidad y comencé a elegir a los seres reales de mis cercanías para ponerles identidades que correspondían al mundo aquel, en el que hubiera preferido vivir. Recuerdo a pie juntillas, quién era en la realidad el Doctor equis de una de las aventuras de la radionovela y el comic de Kalimán. Y recuerdo muy bien cuál de mis amigos era Solín y quienes creía secretamente que eran Memín, Mamálinda, Ricardo, Ernestillo y Carlangas. Así la ficción operó en mi vida de aquellos lejanos ocho años y que creara en mí, un significado que marcaría mi vida. Más tarde sería los personajes de los libros que a los once años llegaron a mi vida: los maravillosos personajes de Julio Verne y la lectura de los poemas de Pablo Neruda.
Nadie me guió para que yo descubriera la ficción. Fue una aventura totalmente secreta y mía, en la se fueron construyendo las futuras mitologías del mundo y a las que con reverencia y fe, transformaría años más tarde en uno de mis alimentos más preciados para la imaginación y para mis aficiones que mayor placer me darían. Los libros para mí fueron esas joyas preciadas y esos objetos de amor por los que daría mi vida. La imitación de mi padre y aquellas conversaciones que con él sostenía, dieron sentido a mi vida. Y como extensión de mis encuentros con la ficción en los cómics, el periódico, la radio y los libros, mi padre inventaba personajes que compartía conmigo y en los que yo creía profundamente y corroboraba su existencia, como las visitas al pueblo de un niño que se decía ser hijo de Tarzán, y al que nunca tenía la suerte de ver, pero del que siempre recibía pequeños regalos de mano de mi padre. “Tarzitan te mandó un mango de los que él cosecha allá en la selva donde vive”, me decía mi padre, extendiéndome un hermoso mango que me había mandado con él, un personaje que ya vivía en mi jugosa imaginación.
Quizás mi amor por la lectura tiene esos motivos, entre otros muchos, pero creo que hay un punto central en todo esto. Era el respeto por la lectura y la imaginación que mi padre me dejó ver con su ejemplo. Y sin duda, que los primeros encuentros que tuve con la ficción, fueron determinantes para el futuro apego a los libros de literatura, a la lectura, a los sueños y a la imaginación. Por eso creo que el respeto o desprecio a la ficción depende de nuestros encuentros con ella.
Esto no me sucedió en la escuela, y no creo que sea algo común que en el espacio escolar suceda tampoco hoy día. Pero si alguna motivación para respetar los libros de ficción sucediera con los niños de este país en la escuela, tal vez sí seríamos un país de lectores. Mientras tanto, la lectura no será una actividad respetada, ni de recreo, ni de necesidad para comprender el mundo.

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