JULES VERNE

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miércoles, 1 de febrero de 2017

¿Dónde están los personajes?

¿Dónde están los personajes?
por Neftalí Coria
09 de agosto de 2015
Para Martha Estrada y Ramón Claverán,
que oyen el rumor.
Aunque pareciera una insistencia mía que bien podría acercarse a la necedad, vuelvo a pensar en la presencia de los personajes en las historias escritas, en su manera de existir en los lectores y en la trascendencia hacia este lado de la realidad, donde los lectores los hacemos vivir. Me he preguntado sobre su “materia” de la que son hechos y me he preguntado cuánta sangre biográfica corre por sus venas, o qué caracteres en su particularidad –descendientes de las palabras con las que su autor los construye–son verdaderamente suyos.
Muchas veces he creído que se dibujan solos y nada más usan al autor para que con su mano los haga presentes, pero la verdadera voluntad por llegar al mundo, es solamente suya. El misterio de su construcción sigue dándome motivos para preguntarme sobre cuál es la razón profunda de los personajes que de verdad, cobran vida propia. Hablo de los grandes personajes, porque también –se sabe muy bien–que hay escritores que construyen personajes para causar efectos y en el efecto, aquel personaje deberá ser atractivo y pueda venderse como otras mercancías se venden. No quiero hablar, ni de esos escritores, ni de esa subespecie de personajes. Y tampoco puede generalizarse, porque ha habido casos de los que así han surgido personajes de grandes dimensiones, como es el caso de Pinocho o Sherlock Holmes.
Los personajes de la ficción existen porque nuestra lectura les otorga esa licencia y los podemos escuchar hablar e imaginamos el tono de su voz, el color de su piel, la estatura, la complexión y sus formas de mirar. Podemos también verlos sufrir como víctimas de una injusticia y compadecerlos. Puede vérseles amar y en ellos, los lectores podemos vernos amar o tomar ejemplo para hacerlo. Los personajes –después de haber sido creados por el escritor–son también inventados en la lectura que es el acto en el que también va nuestra vida de lectores en apuesta, porque nunca se sabe cómo saldremos de la historia cuando se termina de ser testigo de la historia leída.
Me pregunto, mientras el libro está cerrado y leído, en dónde están los personajes, o al menos, dónde está el protagonista que persiguió acompañé durante la lectura. Y esta pregunta me ha vuelto a surgir después de haber leído un magnífico cuento de Martha Estrada en una sesión de mi taller de escritura, en el que la mujer –personaje del cuento–se hace precisamente esa pregunta mientras lee una novela donde vive el personaje del que se ha enamorado. El personaje se pregunta qué hará aquel hombre al que ama, aunque sabe que en la novela, su amado representa una historia donde debe amar a otra mujer. En la narración de Martha Estrada, la protagonista es una lectora y en algún momento, consolida la relación entre aquella ficción y su realidad. Cumple la preceptiva que Goran Pretrovic logra con su idea de “lectura total”. En este cuento de Martha, un día el personaje al que ama en la lectura, aparece en la página del libro y le habla y le dice que la había visto y también la ama, que no crea que él ama al personaje de la novela, porque su labor en la historia, es representarlo teatralmente todo. En esta escena asistimos a un verdadero acto de alta imaginación. Inusitado momento del cuento donde la verosimilitud de esa inmensa fantasía, sorprende a esta otra pléyade que vivimos en este lado de la ficción.
Y cuando leo estas hazañas que la imaginación logra, vuelvo a creer que los personajes son las sombras que habitan mi casa, ese rumor que se acentúa de noche entre los libros de mi casa. Y oigo ese rumor como el de los espejos donde Borges refiere que en la frontera entre el reino especular y el reino real, se oye el rumor de las armas, y se debe a que, en un lejano pasado, se podía entrar y salir por los espejos, hasta que un día, el reino real venció al especular y los condenó a repetirnos, pero nunca han dejado de esperar el momento de vengarse y tal vez esa sea la razón, de que acercando la oreja al espejo, se escuche el rumor de las armas. Ese rumor extraño me parece escuchar en el silencio en medio del tumulto de mis libros. Y me pregunto, qué harán los personajes cuando no están viviendo en mi lectura, porque tampoco creo que sólo mi lectura los haga vivir. Imagino qué están haciendo los personajes que he leído en los libros, y el libro donde “viven” está cerrado. Me inquieta sobremanera imaginar ese espacio que ocupan en el mundo ¿Acaso habitan el reino de los muertos, cuando ya no se les vuelve a leer, o perviven gracias a la memoria múltiple de los lectores que los recuerda?
Es una pregunta que sólo la imaginación puede hacer, una pregunta que se hace con ese pulso que tienen las preguntas de los niños cuando se asoman a mirar atrás del despejo con la esperanza de encontrarse. A los personajes, yo los he imaginado en la ciudad donde viven. Y cuando he viajado a una ciudad donde sé que vive un personaje entrañable de una novela que he leído, he llegado a pensar y decirme en silencio–cuando estoy allí–: “Por aquí anduvo…”, e imagino y suelo visitar los rumbos que en la historia aquel personaje visitara. Quizás esas sean las consecuencias que en Verona, han montado la casa de Julieta y el balcón donde un día Romeo subía por la enredadera de su amor.
La imaginación es una patria más en la que podemos vivir y sólo viviendo en ella, se pueden enfrentar estas preguntas y quizás responderla, aunque algo me preocupa sobremanera. Y es ese rumor que por las noches cuando estoy a solas con mis libros, he llegado a escuchar, sobre todo en el estante donde están los libros de Julio Verne; es un rumor de agua, máquinas, rocas y aire, mucho aire.

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