JULES VERNE

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lunes, 16 de octubre de 2017

Invitación a la lectura: "Historia Verdadera"... pero falsa

Invitación a la lectura: "Historia Verdadera"... pero falsa
viernes, 20 de noviembre de 2009
Texto: José Alejandro Tropea
Segunda versión, ampliada, corregida y enriquecida, del artículo publicado el 9 de enero de 2009.



La novela corta "Historia Verdadera" de Luciano de Samosata (125-¿181?) es una verdadera joya literaria, una lectura deliciosa en el marco de una visión de los cielos inocente pero aceptable para la época. Luciano fue contemporáneo de Tolomeo (85-165, o tal vez 100-170), el último gran astrónomo de Alejandría, partidario del sistema geocéntrico y autor de un importante tratado astronómico (Almagesto, en la traducción árabe).

Para algunos especialistas en ciencia ficción la "Historia Verdadera" de Luciano es considerada como la primera en su género, y salvando las distancias, claro, se podría decir que esta novela imaginativa y satírica es una combinación de Star War, Flash Gordon y películas de ciencia ficción clase B de los cincuenta.
Otros podrán argumentar y objetar con razón que considerarla de ciencia ficción es forzar demasiado las cosas, pero al margen de las controversias el hecho es que más allá de las etiquetas, Luciano apela a un recurso similar, típico de muchas de las mejores obras de ciencia ficción, esto es, utiliza como medio para sus fines las imposibilidades científicas y tecnológicas de su época (y otras todavía en pie) como los viajes aéreos y espaciales, el encuentro con otras especies inteligentes, la acción en ambientes absolutamente hostiles o imposibles para la vida como la luna y el sol... y sus fines, a través de ese recurso, son satirizar, cuestionar y poner al descubierto una sociedad tan alejada de las utopías, como cualquier otra -de cualquier época- que se precie de "civilizada".
En un despliegue de fantasía y sátira desbordante entonces, a la altura de cualquier relato contemporáneo que queramos confrontar con esta "Historia verdadera", casi dos veces milenaria, Luciano nos lleva de la mano a través de una inesperada y deliberada travesía, que se inicia en el aire y el "espacio exterior", para después finalizar en el mar y en tierra firme.
Un relato que casi se diría que es un desafío para guionistas y productores de cine contemporáneos. Solo falta que alguien acepte el guante y adapte la idea a nuestro tiempo. Al que lo haga, sociedades "civilizadas" para demoler a golpe de sátira, no le van a faltar...

Antes de iniciar esta "narración de la narración" les aclaro que para estar más cerca de la obra voy a intercalar fragmentos originales. La fuente que utilizo es la hermosa y excelente edición española (casi un librito objeto) de la "Colección Maldoror, las ediciones liberales, editorial labor s.a." (así, con minúscula, figuran impresos los nombres propios de los datos). Con un magnífico prólogo de Fernando Savater y una impecable traducción de José Alsina (catedrático de Filología griega de la Universidad de Barcelona) el libro contiene además el Diálogo de las hetairas, Prometeo o el Cáucaso y Timón o el misántropo. Y si me disculpan la obsesión, he resaltado en negrita aquellas palabras relacionadas con la astronomía.



El comienzo de la narración

Luciano narra la historia en primera persona, aclarando que todo lo que va a decir nunca ocurrió, de ahí que el título es una ironía deliberada. Y no escatima palabras para dejarnos bien en claro cuales son sus intenciones, empezando por hablar sobre sus antecesores:

"...Ctesias de Cnido (médico e historiador del siglo IV a. C., escribió una historia de Persia y una descripción de la India, copiada en parte en Diodoro Sículo y utilizada por Plutarco en la vida de Artajerjes.) describió la India y cuanto hay en ella sin haberlo visto él mismo, ni habérselo oído contar a otro. Asimismo, Yambulo (autor anterior al siglo I a. C. Su obra, una especie de utopía recogida en parte por Diodoro, se ha perdido como la de Ctesias.) relató muchas maravillas acerca del gran mar, y los engaños que inventó son manifiestos para todos, aunque compuso el argumento con mucha gracia. Muchos otros narraron sus pretendidos viajes y exploraciones y describieron el tamaño de los animales, la crueldad de los hombres y sus extrañas costumbres; su guía y maestro en esta especie de charlatanería es el Ulises de Homero, que explicaba en la corte de Alcinoo historias sobre sumisiones de vientos, de cíclopes, caníbales y salvajes, y asimismo de animales policéfalos, de metamorfosis de sus compañeros por la acción de filtros y muchas otras farsas con las que engañaba a los ignorante feacios (Cf. Odisea IX-XII)..." (I, 3).

Y continúa, ahora ya confesando sus intenciones abiertamente:

"...Al conocer a todos estos no pude en absoluto censurarles sus mentiras viendo que ello se había convertido ya en algo ordinario incluso entre los que se declaran filósofos (un ataque a Platón), pero lo que me extrañó fue que pensaran que sus engaños pasaran inadvertidos. Por eso mismo, aspirando yo también por ambición a dejar alguna obra a la posteridad, y para no ser el único que no hubiese aprovechado la libertad de inventar historias, puesto que no podía contar ninguna verdadera -pues nada memorable me había sucedido- decidí recurrir al engaño pero con más honradez que los demás. Una sola verdad diré: que digo mentiras. Así creo escapar al reproche de mis lectores, al reconocer yo mismo que no digo la verdad. Por lo tanto escribo sobre hechos que nunca vi, ni nunca me ocurrieron, ni los sé por otros, y además acerca de sucesos que nunca existieron ni pueden llegar a suceder (ustedes comprobarán que en esto último se equivoca, pero claro, debieron pasar casi 2000 años). Por lo tanto mis lectores no deben otorgarme el menor crédito..." (I, 4).

Y en este párrafo Luciano inicia el relato propiamente dicho. Todo comienza con una travesía en barco cuidadosamente planificada hasta el último detalle.

"...En cierta ocasión zarpé de las columnas de Heracles, en dirección al Océano Hesperia (o sea en dirección al Océano Atlántico) y me embarqué con viento favorable. La causa de mi viaje y su objetivo eran la curiosidad, mi deseo de novedades, mi afán por conocer qué límite tenía el océano y qué hombres habitaban la orilla opuesta (el océano era considerado entonces un río que daba vueltas alrededor de la tierra). Para ello había preparado gran cantidad de provisiones, había almacenado agua suficiente y reunido a cincuenta compañeros míos animados de iguales deseos; también preparé una buena cantidad de armas; conseguí, convenciéndole a precio de oro, los servicios del mejor piloto e hice reparar mi barco, un bergantín, para la navegación larga y difícil que íbamos a emprender..." (I, 5)

Pero los planes de Luciano se frustran y lo que debía ser una travesía relativamente convencional se convierte en una "odisea espacial" en el siglo II d. C.

"...Al romper el día zarpamos con brisa suave. Pero a mediodía, repentinamente, cuando ya la isla estaba fuera del alcance de nuestra vista, se produjo un torbellino que hizo girar la nave, la levantó unos trescientos estadios y ya no la dejó caer sobre el mar, sino que la mantuvo suspendida en el aire, arrastrada por el viento que soplaba contra las velas y henchía la lona..." (I, 9).

Después de varias peripecias, llevándoles no mucho más tiempo que a Apolo 11, Luciano y el resto de los acompañantes llegan a la Luna

"...Estuvimos volando así por los aires siete días y otras noches y al octavo vislumbramos una gran tierra en el aire, como una isla, brillante y redonda, resplandeciendo con luz deslumbrante; nos acercamos a ella, anclamos y desembarcamos. Al recorrer el país, descubrimos que estaba habitada y cultivada. De día, desde allí no se veía nada, pero al llegar la noche se nos aparecieron bastante cerca otras muchas islas, unas mayores, otras más pequeñas, de color semejante al fuego, y asimismo otra tierra, debajo de nosotros, con ciudades, ríos, mares, selvas y montañas. Conjeturamos que ésta era la Tierra habitada por nosotros..." (párrafo 10).

"...Nos dijo (Endimión, el rey de la Luna) que aquella tierra era la Luna que nosotros veíamos brillar desde la Tierra.." (I, 11).

Luciano y sus compañeros de viaje quedan involucrados en la guerra que sostienen los habitantes de la Luna contra los habitantes del Sol. El motivo de la disputa fue el intento del rey de la Luna, Endimión, de fundar una colonia en el Lucero del Alba (Venus), que estaba desierto y deshabitado, pero Faetonte, el rey del Sol, se lo impidió. A la llegada de Luciano se inician los combates. Aquí Luciano hace una detallada descripción de los ejércitos de ambos bandos. Del lado de la Luna, por ejemplo:

"...acudieron en su ayuda los aliados de la Osa Mayor, treinta mil Psilótocos (arqueros montados sobre una pulga) y cincuenta mil Anemódromos (corredores llevados por el viento)... (...) ...La infantería constaba de unos sesenta mil soldados, ordenados así: en aquel país las arañas son abundantes y enormes, cada una mucho mayor que las islas Cícladas; Endimión les hizo el encargo de tejer una tela entre la Luna y el Lucero del Alba. En cuanto estuvo acabada y se hubo formado así una llanura, sobre ésta colocó en orden de batalla a la infantería, al mando de Nicterión (El Nocturno, hijo del Buen Tiempo, enemigo por naturaleza del Sol), hijo de Eudianacto, y de otros dos generales..." (I, 13 y I, 15).

Y continúa Luciano explayándose. Menciona a los Aerocónopes (mosquitos aéreos), los Aerocardaces (danzantes aéreos) de la infantería ligera, los Caulomicetes (soldados armados con un champiñón y un tallo), para terminar su descripción así:

"...Cerca de ellos estaban los Cinobalanos (glande de perro), enviados por los habitantes de Sirio, en total de cinco mil hombres con cara de perro que luchaban sobre bellotas aladas. Se decía que de entre los aliados de Faetonte se retrasaron los honderos enviados desde laVía Láctea y los Nefelocentauros (Nubes-centauro); en efecto, éstos llegaron cuando el combate estaba decidido..." (I, 16).

Los habitantes de la Luna gana esa batalla y regresan victoriosos a su tierra. Pero la guerra no está terminada ni ganada. Están llegando los retrasados Nefelocentauros aliados de Faetonte:

"...vimos que se acercaban. Constituían un espectáculo realmente extraordinario, mezcla de caballos alados y hombres... (...) ...En cuanto a número, no lo voy a dar para que no parezca increíble, dada su magnitud. Tenían por jefe al Arquero del Zodíaco. Al enterarse de la derrota de sus amigos, enviaron un mensaje a Faetonte pidiéndole que atacara de nuevo, y ellos mismos, dispuestos en orden de batalla, cayeron sobre los habitantes de la Luna dispersos y en desorden a causa de la persecución y del pillaje al que se habían entregado, los pusieron en fuga a todos, y persiguieron al propio rey hasta la ciudad, matando así a la mayor parte de sus buitres... (...) ... En cuanto a nosotros, el mismo día, nos condujeron al Sol, con las manos atadas a la espalda con un trozo de telaraña..." (I, 18).

Los Solares, vencedores, no asaltaron la ciudad; sin embargo...

"...al retirarse, construyeron un muro en medio de los aires para que los rayos del Sol no llegasen a la Luna. El muro era doble y estaba hecho de nubes, de modo que produjo un verdadero eclipse de Luna y ésta se vio completamente sumida en una continua noche......" (I, 19).

Aquí viene la propuesta y la súplica de los perdedores

"...Endimión, abrumado por estas medidas, envió embajadores al Sol suplicando que derribase la construcción y no los dejasen en las tinieblas; por su parte prometió pagar tributos, ser su aliado, no hacerles la guerra, y estuvo de acuerdo en entregarles rehenes como garantía. Faetonte y los suyos celebraron una asamblea en la que no se apaciguó su resentimiento, pero en la siguiente cambiaron de opinión, y se hizo la paz en estos términos: Conforme al tratado que hicieron los habitantes del Sol y sus aliados con los de la Luna y los suyos: los Solares destruirán la fortificación, cesarán en sus ataques a la Luna y devolverán los prisioneros de guerra, cada uno según una cantidad estipulada. Los habitantes de la Luna dejarán en libertad a los demás astros y no dirigirán las armas contra los Solares; y se aliarán ambos entre sí en el caso de ser atacados por un tercero...Fundarán en común la colonia en el Lucero del Alba (Venus) y podrán participar en ella, además, quienes lo deseen de otros astros..." (I, 19 y I, 20).

Así se firmó la paz. Inmediatamente se destruyó el muro y se liberaron los prisioneros de guerra. A continuación Luciano hace una extensa y detallada descripción de todo lo que observó durante su estancia en la Luna: usos y costumbres, particularidades del modo de reproducción sexual, alimentos y bebidas... Y aparece otro cuerpo celeste muy conocidos por todos nosotros:

"...En los cometas (para su época la palabra cometa significa "astro con cabellera"), por el contrario, tienen por bellos a los peludos: vinieron algunos y nos hablaron de ésto. Les nacen barbas un poco encima de las rodillas. Carecen de uñas en los pies, y además todos poseen un solo dedo. Encima de las nalgas les crece una especie de col. como una gran cola, que siempre es verde y que no se rompe si se caen de espaldas..." (párrafo 23).

Un párrafo interesante de esta descripción tal vez sea este, donde obviamente sin saberlo, ni proponérselo, ni importarle (a Luciano) se adelanta a las "transmisiones televisivas Tierra-Luna" de 1969 en adelante:

"...Y aún presencié en el palacio real otra maravilla: un inmenso espejo colocado sobre un pozo no muy profundo. Cuando se baja a éste, se oye todo cuanto se dice en la Tierra, y si se mira en el espejo, se ven todas las ciudades y pueblos como si estuvieras en medio de ellos. En aquella ocasión pude ver a mi familia y a mi patria entera, pero si aquéllos me vieron también, no puedo decirlo con seguridad. El que no crea que aquéllo es cierto, si algún día llega allá, verá como digo verdad..." (I, 26).

En su regreso a la Tierra, ya iniciada la navegación descendente, conocen nuevos lugares:

"Navegamos durante toda la noche y al día siguiente, al atardecer, cuando ya habíamos iniciado la navegación descendente llegamos a la llamada ciudad de las Lámparas. Esta ciudad está situada entre la zona de las Pléyades y la de las Híadas y mucho más baja que el Zodíaco. Al desembarcar no hallamos a ningún ser humano sino muchas lámparas que paseaban por la plaza y en los alrededores del puerto; unas eran pequeñas y parecían pobres; unas pocas, grandes y poderosas resplandecían y brillaban ostentosamente... Pasamos aquella noche allí, y al día siguiente levamos anclas y partimos rumbo a la región de las nubes... Al cabo de dos días ya vimos con toda claridad el Océano, pero no tierra, excepto las que se hallan en el aire, que se mostraban extremadamente brillantes y de color fuego. Al cuarto día, cerca del mediodía, el viento, que soplaba débilmente, cesó y pudimos posarnos sobre el mar (¡como las cápsulas a su regreso de la luna!, diría un defensor de "Historia verdadera" como obra de "ciencia-ficción")..." (I, 29).

El resto de la historia transcurre en el mar y en tierra firme. En esa continuación del relato Luciano involucra, no sin destilar ironía y sarcasmo, a Empédocles, Pitágoras, Lucrecio y Homero, entre otras "celebridades". También, porque no, se da el lujo, otra vez sin proponérselo ni saberlo, de adelantarse a Melville y su Moby Dick, contando como vivió parte de esta "historia verdadera" en el interior de una ballena.


Una representación tradicional del paradigma vigente en el siglo II d. C, el sistema geocéntrico de Tolomeo

Imagen de Luciano de Samosata:
Crédito: Wikipedia

Los profetas de la astronáutica



A nadie le extraña hoy en día ver cómo una nave espacial abandona el planeta para sumergirse en las profundidades del cosmos. Sin embargo, tan sólo un siglo atrás en el tiempo, esta idea se encontraba sólo en la mente de locos y fantasiosos que especulaban con ello como quien hoy conjetura sobre máquinas del tiempo o tele-transportes. A pesar de ello, hubo un pequeño grupo de pioneros que supo encontrar el camino para establecer las bases de una de las ciencias que más avanzaría y que más esperanzas daría a la humanidad en el siglo XX: La astronáutica.




Viajando con la mente


Podemos afirmar sin miedo a cometer un error que la idea de viajar por el cosmos y llegar a planetas lejanos es un tema recurrente que ha acompañado siempre a la ciencia ficción. A falta de la tecnología necesaria para lograrlo, numerosos escritores han intentado recrear en sus libros una travesía de tales dimensiones.


Ya en el siglo II d.C podemos ver las primeras muestras de ello: Luciano de Samosata ideó en su "Historia verdadera" un barco que, impulsado por un gigantesco chorro de agua y viento, consigue llegar a la Luna. Allí le esperan los selenitas, unos extraños seres enzarzados en una guerra con los habitantes del Sol. La historia, sobre la cual podéis leer un poco más aquí, demuestra una gran capacidad de imaginación por parte de Luciano, pero lo realmente interesante es la idea de llegar a la Luna en pleno siglo II:


"Al romper el día zarpamos con brisa suave. Pero a mediodía, repentinamente, cuando ya la isla estaba fuera del alcance de nuestra vista, se produjo un torbellino que hizo girar la nave, la levantó unos trescientos estadios y ya no la dejó caer sobre el mar, sino que la mantuvo suspendida en el aire, arrastrada por el viento que soplaba contra las velas y henchía la lona (...) Estuvimos volando así por los aires siete días y otras noches y al octavo vislumbramos una gran tierra en el aire, como una isla, brillante y redonda, resplandeciendo con luz deslumbrante; nos acercamos a ella, anclamos y desembarcamos (...) Aquella tierra era la Luna que nosotros veíamos brillar desde la Tierra"


Por supuesto, si hablamos de ciencia ficción, no podemos olvidarnos de los dos más grandes progenitores de este género literario: H.G. Wells y Julio Verne. Como era de esperar, ambos trataron en sus novelas el tema de la exploración espacial.


En sus dos libros "De la Tierra a la Luna" y "Alrededor de la Luna", Verne describe un viaje espacial que nos resultará mucho más familiar que el planteado por Luciano. En las novelas del francés, los intrépidos aventureros deciden llegar hasta la Luna en un proyectil de dimensiones colosales impulsado por un cañón igualmente descomunal. Es conveniente mencionar que, como es habitual en Julio Verne, se aportaron numerosos datos científicos para dar realismo a sus ideas. Y, aunque comete algunos errores relacionados con las leyes físicas que influyen a la hora de realizar un viaje espacial, cuidó con mimo detalles como la falta de gravedad o las cantidades de oxígeno que los astronautas deberían consumir.


Por su parte, Wells le concedió menos importancia a los detalles científicos y convirtió su novela "Los primeros hombres en la luna" en una obra de ciencia ficción con un importante transfondo filosófico. Los protagonistas inventan en esta ocasión una sustancia antigravitatoria, la cavorita, con la cual recubren una nave espacial que asciende automáticamente hasta nuestro satélite, donde encontrarán una civilización extraterrestre que Wells utilizará como excusa para desarrollar una crítica social.


Llegó la hora de los inventores




Por suerte, la exploración espacial no quedó relegada a los libros de ficción. No es justo dejar a los escritores como los únicos profetas de la astronáutica; también merecen ocupar ese puesto los inventores pioneros que decidieron poner en marcha las ideas de sus antepasados. A principios del siglo XX, una nueva oleada de científicos, motivados por las historias de extraños viajes más allá de la Tierra y por fin con una tecnología suficiente como para dar los primeros pasos de una nueva ciencia, empezaron a convertir en realidad los sueños de escritores y soñadores.


Uno de ellos fue Konstantín Tsiolkovski, muy acertadamente conocido como "el padre de la cosmonáutica", a quien podemos ver en la imagen. Konstantín siempre fue un gran autodidacta: Debido a las dificultades para ir a la escuela (era sordo e hijo de inmigrantes), decidió empezar a leer los libros de su padre y se convirtió en visitante asiduo de las bibliotecas de Moscú.


Probablemente esa capacidad le permitió crear los proyectos deslumbrantes e innovadores que le dieron fama, los cuales expuso en su libro "La exploración del espacio cósmico por medio de los motores de reacción". Sus ideas se convirtieron en referentes para las primeras naves espaciales y muchas de ellas se siguen aplicando en la actualidad.


En su época, la mayoría de los científicos estaban de acuerdo en que el espacio exterior estaba vacío, por lo que Tsiolkovski partía de la base de que sus ingenios espaciales debían de propulsarse sin necesidad de un medio al que oponerse (idea en la que se basaban la mayoría de los sistemas de propulsión en aquella época). ¿Cuál sería la solución al problema? El científico ruso, que sin duda tenía más conocimientos de física que Verne, descartó la idea de utilizar un enorme cañón para disparar una bala-nave. Mediante numerosos experimentos en los que comprobó la aceleración máxima que podía resistir un ser vivo y la velocidad necesaria para abandonar la órbita terrestre, determinó que la aceleración instantánea generada en el estallido de la novela de Verne mataría a sus ocupantes por aplastamiento.


Tsiolkovski desarrolló un artilugio que conseguiría evadir todos esos problemas: El cohete. A pesar de no ser el inventor del cohete como tal, sí que fue pionero en su estudio y su desarrollo como medio para llegar al espacio exterior. El mecanismo básico del cohete era un diseño ganador que, basándose en leyes físicas tan fundamentales como las de Newton, perduraría hasta nuestros días.


Pero sus innovaciones no se quedan ahí: Aún hoy asombra descubrir cómo es posible que Konstantín diera con la clave de muchísimos aspectos vitales para el buen funcionamiento del cohete. A saber: El perfeccionamiento del cohete de varias etapas, que permitía deshacerse de una fase cuando se agotara el combustible y no llevar así peso inútil; el uso de combustibles líquidos en vez de la clásica pólvora, mucho más eficiente para esta situación; e incluso la invención de aletas deflectoras para controlar la trayectoria del cohete.


La principal limitación de Konstantín no fue su imaginación, sino la tecnología y su pésimo sueldo, que no permitían llevar a cabo muchos de sus proyectos teóricos. El epitafio de su tumba, escrito por él mismo, era un mensaje de esperanza para la incipiente astronáutica:


"El hombre no permanecerá siempre en la Tierra, la búsqueda de la luz y el espacio lo llevará a penetrar los límites de la atmósfera, tímidamente al principio, pero al final para conquistar la totalidad del espacio solar"


Un estudio algo más práctico sobre el funcionamiento de los cohetes lo llevó a cabo el estadounidense Robert Goddard, contemporáneo de Tsiolkovski que, ajeno a los trabajos que estaba desarrollando el físico ruso, contribuyó enormemente a la creación de los primeros modelos de cohetes. Goddar, a quien podemos ver en la foto, tuvo dos grandes similitudes con Tsiolkovski: La costumbre de trabajar como un lobo solitario, aislado de la comunidad científica por miedo a ser ridiculizado al trabajar en un campo aún considerado de ficción; y la profunda pasión por llegar a otros planetas que la literatura fantástica había desatado en él.




De hecho, si la leyenda cuenta que la inspiración de Newton fue la manzana caída del árbol, podemos decir que lo equivalente en Goddar fueron los libros de Wells. La lectura de "La guerra de los mundos" a la temprana edad de 16 años le impactó tan fuertemente que, un día, mientras estaba subido en un cerezo podando sus ramas, miró hacia Marte, quizás algo atemorizado por la posible existencia de seres extraterrestres que podrían estar planeando una invasión, y pensó que durante el resto de su vida debería dedicarse a crear un artefacto capaz de llevarlo hasta allí.


Como decíamos, Goddard desconocía totalmente los proyectos de Tsiolkovski, por lo que muchas de sus investigaciones acabaron dando lugar a los mismos descubrimientos, realizados de forma paralela. Uno de los detalles en los que más importancia puso Goddard fue en el uso de combustibles líquidos para los cohetes. La diferencia clave entre ambos científicos es en el tipo de materiales que se utilizarían como combustibles/comburentes: Frente a la mezcla de hidrógeno y oxígeno líquidos del ruso, Goddard propuso una opción mucho más fácil de llevar a cabo con la tecnología de su época, gasolina y óxido de nitrógeno.


Lleno de ambición, decidió realizar sus propios experimentos y demostrar la valía de este tipo de combustibles. El "Goddard 1", apodado cariñosamente Nell, alcanzó una altura de 12,5 metros y una velocidad media de 100 km/h durante sus casi tres segundos de vuelo. Un viaje no demasiado espectacular, pero que dejó patente que las ideas de Goddard no eran simples elucubraciones.


Sea como sea, Goddard fue objeto de críticas que sólo lograron alimentar su obsesión por trabajar en solitario. Es célebre la burla que el diario The New York Times hizo sobre los sueños del científico de llegar hasta la Luna, en la que insinuaron, en un alarde de ignorancia, que Goddard carecía de conocimientos básicos sobre física. En 1969, tras el aterrizaje del Apollo 11 en la Luna y ante todas las evidencias, el periódico no tuvo más remedio que pedir perdón al ya fallecido pionero de la astronáutica.


No es de extrañar que, si hubiera dispuesto de más presupuesto, Goddard hubiera realizado más experimentos similares. Y es que muchos de sus proyectos los financió él mismo con su dinero. La armada americana no supo ver el potencial que aquél hombre tenía entre sus manos y se negó a financiar sus pruebas balísticas. Más atención recibió sin embargo desde Alemania, desde donde varios espías intentaron hacerse que con la valiosa información que manejaba aquél científico...


"Los sueños de ayer son las esperanzas de hoy y las realidades del mañana" - Robert Goddard


Efectivamente, Alemania estaba vigilando con cautela los movimientos de Goddard. No en vano ésta se convertiría en una de las potencias con mejor manejo de los misiles en la Segunda Guerra Mundial. Será ésta nuestra última parada en la búsqueda de los pioneros del espacio. Aquí, Hermann Julius Oberth (a quien podemos ver en la imagen) sentaría las bases de la cohetería alemana de forma paralela a Goddard y Tsiolkovski.




¿Adivináis ya de dónde sacó Oberth su pasión por la astronáutica? Si en el caso de Goddard el detonante había sido Wells, aquí había sido Verne y su novela "De la Tierra a la Luna" la que llenó de ambición la mente de un niño.


Curiosamente, Goddard siempre se llevó mal con Oberth. Al parecer, el alemán se había interesado por sus trabajos y le pidió una copia de su libro más famoso. Desde ese día, Goddard siempre se refirió a Oberth como un plagiador que no había inventado nada nuevo. Para hacer justicia a la historia, es necesario decir que, aunque Hermann hubiera estado bastante influenciado por los estudios de su compañero americano, la mayoría de sus descubrimientos habían sido realizados de forma independiente.


Oberth corrió, sin embargo, mejor suerte que sus compañeros. Es cierto que su tesis "Los cohetes hacia el espacio interplanetario" fue rechazada por "utópica", pero la publicación de un libro con sus ideas bajo el título de "Modos del vuelo espacial" fue un verdadero éxito de ventas que otorgó fama y reconocimiento a Hermann. De hecho, las primeras sociedades de cohetes (como la VfR, que tendría una importancia vital en la puesta en práctica de las ideas teóricas de Oberth) se formaron a raíz de este libro. Más que por la novedad de sus ideas, quizás deberíamos agradecer a Oberth el hecho de que las hubiera popularizado y divulgado, convirtiéndolas en algo accesible para el público (escribió varios libros, algunos con un tono muy divulgativo) y, por tanto, haciéndolas atractivas y posibles de llevar a cabo.


Las ideas de Oberth, entre las que se encontraban los ya mencionados cohetes multifase y combustibles líquidos, llegaron a todos los ámbitos de la cultura. No es de extrañar que el director de cine Fritz Lang llamara a Oberth para que le diera asistencia técnica en su película "La mujer en la Luna" y lo que es más importante, para que creara un pequeño cohete con motivo de publicitarla. Sea como sea, Oberth tenía más de físico que de ingeniero, porque su modelo de cohete explotó en una de las primeras pruebas dejándolo tuerto.


Sí que se consiguieron llevar a cabo modelos reales de sus cohetes en la VfR, de la que formó parte junto con su más aventajado discípulo, Wernher von Braun, quien, en un futuro, diseñaría tanto los terroríficos misiles balísticos V2 como el Saturn V, responsable de llevar al hombre a la Luna. De todas formas, Von Braun pertenecería ya a una segunda ola de científicos que, gracias a la labor de estos tres pioneros, pudieron sacar al hombre de "su cuna" terrestre. Nuevos científicos como Braun o su "gemelo" ucraniano Serguéi Koroliov, conocido como El Diseñador Jefe, en gran parte responsable de la prematura ventaja soviética en la carrera espacial al supervisar programas como el Sputnik o el Vostok, serían ahora los responsables del avance de la astronáutica en su siglo de oro.


Prácticamente ninguno de los "profetas" que hemos mencionado en este artículo llegaron a ver un artefacto humano en el espacio. Sólo Oberth, que vivió hasta el año 1989, pudo disfrutar en vida de la revolución científica que había ayudado a cimentar desde sus más humildes orígenes.


Fuentes


Astronáutica - Giles Sparrow


8 comentarios:

Un sensacional regreso, Cendrero.


La historia de estos visionarios es fascinante. Me ha gustado mucho tu artículo, Cendrero. La información sobre los orígenes y los pioneros de la astronáutica la hemos leído muy dispersa y te has encargado de resumirla de forma magistral.


Enhorabuena, felicidades, bienvenido... Y gracias :-)


Un abrazo
María dijo...
Qué estupendo regreso ¿nos vas a hacer sufrir para esperar el siguiente?. Me parece fatal xD
A ver si vas sacando algo de tiempo, de aquí y de allí, que es un placer leerte.
Dr. Litos dijo...
¡Sensacional regreso, sí señor!
Es una historia fascinante, que deja patente lo importante que es para los logros humanos permitir que la gente sueñe y fantasee, persiguiendo estos sueños hasta convertir la utopía en realidad.


Muy inspirador, me ha encantado compañero! Un saludo!
Anónimo dijo...
Muy interesante. Me llama la atención que no esté el más grande constructor de ingenios espaciales, Serguei Koroliov. Por época, si se menciona a von Braun, también debe haber alguna mención a Koroliov.


Serguei Karaliov es superior a von Braun, aunque no se le quita el mérito a Braun, Koroliov resolvió mucho para el vuelo espacial. Si se menciona que Braun diseñó al Saturno V, Koroliov diseñó los primeros para colocar el primer satélite, el primer ser humano, etc. ¿parece poco? Aunque sabemos en qué se basaron los EEUU y la URSS, eso no se puede negar, pero Braun, permitía que a sus cohetes les pusieran lo que sea y sirvieran para lo que sea con tal de que él siguiera lanzando cohetes. Así murió mucha gente.
@Ese Punto Azul Pálido: Gracias Dani :) En realidad la inspiración para este post vino del libro que cito como fuente, el cual, precisamente, me recomendaste tú. Siempre me llamó la atención ver cómo estos pioneros fueron tratados en su mayoría como unos locos, en contraste con la categoría de héroes que se le dio a astronautas como Gagarin o Armstrong.


@María: ¡Muchas gracias! Pues no puedo prometer nada, depende mayoritariamente de cómo vaya la agenda, pero como ya dije en twitter, intentaré dejar caer alguna que otra con más frecuencia, que este parón que he tenido ha sido demasiado largo.


@Dr. Litos: Me alegro de que te gustara, gracias por los halagos :) Ciertamente, la creatividad y un cierto toque de fantasía son constantes en cualquier descubrimiento científico. Inspira ver cómo la fantasía espacial acabó convirtiéndose en realidad, gracias al esfuerzo de todos aquellos pioneros.


@Anónimo: No tengo más remedio que darte la razón, yo también me declaro admirador de El Diseñador Jefe. Sin duda, Koroliov fue la base de toda la cosmonáutica soviética. Y sí, aunque algunas de sus investigaciones se basaran en datos de Braun, desarrolló por sí mismo (junto a su equipo, claro) originales tecnologías que todavía perduran.


No lo mencioné porque pertenece a esa segunda oleada de científicos que nombro al final, no a los "profetas". A Braun lo utilizo como enlace entre Oberth y la segunda generación, para demostrar que todos estuvieron, en cierto modo, "conectados". Pero ahora que haces referencia a ello, creo que sí se echa en falta una pequeña referencia. Ahora mismo añado unas líneas para Koroliov al lado de Braun.


Saludos y abrazos a todos, gracias por la acogida!
Melmoth dijo...
Muy interesante relato de un fascinante y poco conocido tema(yo solo había oido hablar de Tsiolkovski). Gracias
(la continuacion con Korolev y Von Braun tambien es fascinante aunque más conocida. Por aportar algo, un buen libro sobre estos dos: La conquista del espacio Una historia de poder . M Brzezinski)
Antonio L. dijo...
Cendrero me alegro mucho de tu regreso. Confieso que me he quedado fascinado con la frase de Robert Goddard. Todo lo que nuestra especie ha conseguido es increíble, primero descubrimos cómo volar y en poco más de 60 años pisamos la Luna. La astronáutica es maravillosa, nos ha demostrado que los sueños pueden cumplirse y seguramente, como bien has dicho, nos seguirá dando muchas sorpresas y esperanzas. Recuerdo que hace poco más de un año expuse ante los compañeros de mi universidad un trabajo sobre el origen de la vida y la evolución del ser humano. Entre las conclusiones finales me atreví a defender que nuestro pasado y origen están en la Tierra pero que, seguramente, nuestro futuro se encuentre en el espacio. Muchas personas se entusiasman y otras simplemente te miran como a un idiota, lo cierto es que la ciencia avanza cada vez más rápido a pesar de los muchos obstáculos a los que debe hacer frente. Si todo sale bien es posible que veamos a nuestra especie poner los pies sobre Marte, si logramos hacerlo una nueva puerta se abrirá ante nuestros ojos. Cada vez que lo pienso me acuerdo de una frase de nuestro querido y admirado Carl Sagan: “En algún sitio algo increíble espera ser descubierto” ¡¡Saludos!!
@Melmoth: Muchas gracias por la recomendación, Melmoth, no he leído el libro que comentas. Intentaré hacerme con él si tengo la oportunidad, la astronáutica es uno de mis temas favoritos :)


@Antonio L.: ¡Muchas gracias, Antonio! En efecto, es fascinante la velocidad con la que avanzó la astronáutica. En cuestión de unas pocas décadas, pasamos de lanzar cohetes de prueba a crear estaciones espaciales.


Quién sabe si algún día la especie humana abandonará la Tierra... Desde luego, es una afirmación muy aventurada, pero está claro que no podemos descartarlo. Sí que tengo total confianza en que nosotros mismos podremos ver cómo alguien de nuestra especie llega a Marte, es cuestión de tiempo y de los incentivos que haya para realizar tal misión, pero seguro que más tarde o más temprano lo acabaremos viendo.


Saludos a todos.