JULES VERNE

JULES VERNE

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Entrevista, Alexandra Mora

POR: LIBROS Y LETRAS  SÁBADO, MAYO 08, 2010
Alexandra Mora

Por: Jorge Consuegra/ Bogotá.
¿Cómo una médica otorrinolaringóloga con énfasis en cirugía plástica facial, medicina láser y rejuvenecimiento, puede escribir una novela que, de inmediato, caló en los lectores? Nadie sabe, pero lo que sí es cierto es que no sólo sus pacientes han tenido el verdadero gusto de devorar sus páginas, sino más de cinco centenar de lectores desprevenidos que en menos de una semana y por “radio bemba” se han ido enterando de la importancia de esta novela.

Hoy -y es realmente increíble- es una de las obras más solicitadas en el medio y, muy seguramente, Nubes de Abril quedará en la memoria de muchos lectores.

- ¿Su infancia siempre estuvo rodeada de libros?

- Mi papa desciende de una familia de escritores y uno de sus pasatiempos ha sido escribir. Desde siempre he guardado esas imágenes. En realidad desde mi infancia he buscado escribir y redactar historias, así como también artículos médicos en revistas y periódicos. Es la mejor manera de compartir. Los genes ayudan y el gran ambiente de literatura que siempre me ha rodeado. Nubes de Abril es mi primera novela pero no mi primer libro.

- ¿Qué libros leía en aquel entonces (infancia)?

- Generalmente leía libros de aventuras o El principito, los de Julio Verne como 20.000 leguas de viaje submarino, Del cielo a la tierra, Viaje al centro de la Tierra, aunque también leí María, La vorágine y el drama de Shakespeare “Romeo y Julieta”.

- ¿Hubo novelas que ahora, después de algunos años, aún recuerda?

- Sí, varias como María, Cien años de soledad, Rayuela, Madame Bovary. La Vorágine narra la escapada pasional del protagonista con una mujer hacia la médula de la selva amazónica. Incluye personajes, mujeres valientes y hombres rudos, violentos, y con los que los colombianos nos podemos identificar por su valor histórico.

- ¿Qué protagonistas siempre recuerda con especial cariño?

- La Julieta, de “Romeo y Julieta”, el coronel Aureliano Buendía y la silenciosa Úrsula, pero también recuerdo muy especialmente a Emma Roualt de Madame Bovary. Constance de D.H. Lawrence en El Amante de Lady Chatterleypor ser un personaje que considero de avanzada y atrevido para su época, por su posición estéticamente poco convencional y a la vez escandalosa, que se abre paso a pesar de los “firmamentos desplomados” y de los obstáculos de la guerra que le “derrumbaron el techo sobre la cabeza”.

- ¿Escribió cuentos en su adolescencia o juventud?

- Sí. Escribía y pintaba mucho. Siempre me he fijado en los rasgos de los rostros y los asocio a los diferentes tipos de personalidades. Tuve durante varios años un novio en mi adolescencia que vivía por fuera y le escribía unas cartas larguísimas donde en forma detallada le contaba todas mis actividades, mis percepciones, los lugares visitados y le contaba cuentos larguísimos. Asimismo lo hice con amigas que se fueron a vivir afuera después de graduarse del colegio.

-¿Qué leía mientras estudiaba medicina?

- La poesía de Pablo Neruda como “Los versos del capitán”. Y García Márquez, sin duda porque me descresta, me apasiona, me guía, y me cautiva. Su capacidad perceptiva y acertiva son inalcanzables. La risa y el olvido de Milán Kundera. A la sombra de las muchachas en flor de Marcel Proust. Y en los turnos, la colección que tenemos con mi hermana heredada de mi abuelo y mi papa de Selecciones Readers Digest.

- ¿Por qué decidió escribir una novela?

- Era un sueño que tenía desde siempre, pero nunca lograba sacar tiempo. El año pasado me invadió el demonio creativo que me obligo a sacar el espacio para relatar una novela, con tan buena suerte que le encantó al editor y me la publicó. Siempre había querido narrar algo no médico. Mi libro cae en cualquier género novela, expediente, tragicomedia, ensayo, aventura y por supuesto ficción. La novela es un género amplio y sin límites que permite e invita a la creatividad y donde se puede también demostrar que la belleza femenina y la sensibilidad crecen o decrecen en el mismo ambiente. Existen espacios para todos los sentimientos, tanto los que producen felicidad como los desafortunados. Espontáneamente fueron naciendo dentro de mí, sentimientos que influyeron para convertirlos en expresiones escritas, con descripción física minuciosamente detallada de las caras (mi especialidad), de los lugares, los olores y las sensaciones, que le dieron intensidad a la trama, ritmo al argumento y fuerza a los personajes, para finalmente convertirlos en testimonios que le dieron vida a personajes que abiertamente, después de un extremado trabajo creativo, me permitieron convertirlos en Nubes de Abril.

- ¿Qué tiene su obra de su misma vida?

- Es lógico que escribo reflejando elementos de la sociedad en que he vivido, pero la creación literaria conduce a apartarse de los elementos biográficos y traslada al narrador a crear personajes con personalidad independiente. El género de la novela biográfica nunca será un género puro ni exacto. La creación literaria de Nubes de Abril, permite ampliar y modificar experiencias, directas y muchas indirectas. Toda novela de “historias de vida” nace de sucesos, los cuales el autor conoce, de experiencias, de sus propias reflexiones, de análisis del escritor, de personas que le narran sus vidas o de terceros. La vida es una novela, en particular para alguien como yo que la vive con intensidad.

- ¿Es más una novela de reflexión que para pasar un buen rato?

- Es una reflexión sobre la condición humana y todos queremos conocer más y más de la vida de las personas, sobre todo cuando se trata de amor, desamor, traición y engaño, para sacar lecciones aplicables a nuestra propia existencia. Intente escribirla con una visión del mundo desde el mismo ángulo y la misma perspectiva que tienen los lectores, un panorama de la sociedad con sus mismos sufrimientos, sentimientos extremos, prejuicios, ilusiones, obsesiones, problemas, cadenas y características con el fin de que polemicen, se cuestionen y se identifiquen inmediatamente con los conflictos, con los personajes, incluso con la manera de resolver los problemas, y con una ideología colmada de reflexiones profundas. Quise llegarle a todo el mundo. No solo entretiene, engancha, encanta, enamora, aferra, apasiona, sino que distrae, nos hace levantar los pies del piso, llorar, angustiarnos y hasta reír a carcajadas porque genera complicidad, buen humor, ironía y conlleva suspenso. Esta es una historia que representa una tentación autodestructiva, de naufragios y regresos, universalmente conmovedora, de un amor sin beneficio para nadie…donde la vida se desparrama en honor a la experiencia adversa del amor.

- ¿Tiene otra novela en salmuera?

- Si. Me ronda… pero estoy gozándome esta, por ahora y concentrada en atender las reflexiones de mis lectores. Estoy en el proceso inicial de toda escritora: escribir primero solo mentalmente, reflexionando y creando los personajes en mi imaginación. Luego cuando ellos tengan vida propia en mis pensamientos, estarán listos para salir y yo seré simplemente su biógrafa. Invariablemente pienso en los lectores. En los que leen por enriquecerse de alguna manera, por identificarse con las crónicas, por beneficiarse del relato, interpretando, distrayéndose, aprendiendo, sintiendo, gozando y disfrutando profundamente el texto como si fuera una partitura.

- ¿Qué autores ha leído en los últimos meses?

- Tengo varios y todos los días me encuentro con uno que me atrae. Nunca en la historia de la literatura, se han publicado tantos libros de buenos autores como hoy. a- Borges; para mí es lo mejor de la literatura castellana contemporánea. b- Joseph Conrad; marino, viajero, extraordinario; escritor polifacético y profundo. Sus novelas son aventuras, en la selva, en los ríos, en los mares, en lugares muy atractivos. c- Me obligo a citar a una mujer que el Premio Nobel, la expuso a nuestro conocimiento, Doris Lessing, posee inmensos valores críticos y pasión en su narrativa; de una sensibilidad enorme con la cual me identifico. d- Releo los del sudafricano Coetzee. Expresan en un mismo lenguaje, ideas, sentimientos y detalles literarios, diferentes en cada leída, en forma directa y sin adornos. Se descubre ese lenguaje que no se escribe. Se pueden principiar en cualquier página. e- Sandor Marai (húngaro) El último encuentro que narra el reencuentro 40 años después de dos hombres para hablar de la vida y del amor luego de haberse abandonado cuando uno salió con la mujer del otro.

- ¿Ha leído autores colombianos en los últimos años?

- Si, a William Ospina y su novela histórica sobre Pedro de Ursúa en la época colonial, con sus percances de españoles en su afán de buscar riquezas, a costa de los indígenas, los conflictos entre ellos, la Iglesia y luego cuando es destituido por España. De Eduardo Escallón La atorcha brillante donde nos narra, a manera de crónica literaria, la historia del Precursor, Antonio Nariño quien tradujo los Derechos del Hombre y del Ciudadano; el autor de este relato le cuenta al lector en forma amena la vida del prócer. Hilos de Sangre Azul de Patricia Lara. De Sandro Romero Miedo a la oscuridad. Los caballeros las prefieren brutas de Isabella Santodomingo que trata sobre cómo las mujeres tienen que fingir inocencia, ingenuidad, sometimiento o de plano pasar por brutas para no ser una amenaza a los hombres y además ser complacientes. Es divertido, anecdótico, cínico y entretenido sobre-todo para la gente que tiene buen sentido del humor. Pero sobre todo leo artículos de medicina, de mis especialidades, los últimos avances para mis procedimientos y conferencias.


Verne en Amiens. Marinero en tierra

Verne en Amiens. Marinero en tierra
Esperas encontrar una ciudad en la que tiendas, restaurantes y garitos te salgan al paso con nombres como Capitán Nemo o Phileas Fogg, pero tienes que llegar hasta el Boulevard Jules Verne para encontrar  el nombre de uno de los escritores de aventuras más leídos del mundo.
24 de octubre de 2016


Esperas encontrar una ciudad en la que bares, tiendas, restaurantes y garitos te salgan al paso con nombres como  Capitán Nemo, Phileas Fogg o Miguel Strogoff, pero tienes que llegarte hasta su Circo para encontrar  el nombre del escritor, o hasta la Universidad de Picardía, que también luce  su nombre, el de uno de los escritores de aventuras más leídos del mundo: Jules Verne.  Nació en Nantes y su carrera literaria había despegado en París, pero eligió Amiens, la ciudad de su esposa, Honorine Deviane, porque quedaba cerca —apenas una hora en tren— y más cerca aún de Le Crotoy, el pueblo  costero cercano  al  canal de la Mancha que se  abre en la desembocadura del río Somme. El marinero Verne necesitaba el mar y estar cerca de sus barcos, cada vez más grandes,  que siempre bautizaba con el nombre de Saint Michel en honor a su único hijo. A sus 43 años encuentra que en París todo es “demasiado febril y ruidoso” y que  la tranquila Amiens, la diminuta Venecia del Norte, que el río Somme deshilacha en canales, “es una ciudad sensata y cortés”. Justo lo que necesitaba para trabajar en paz.
Verne ya vive ahí en el tiempo en que el esteta John Ruskin, uno de los grandes críticos de arte del XIX, visita su catedral, la mayor de Francia, para elaborar La biblia de Amiens (1880-1885), ensayo que toma a su catedral como vínculo entre la historia de Francia y la modernidad. Un libro que deslumbrará a un joven Marcel Proust hasta el punto de traducirlo, y  peregrinar hasta Amiens cautivado por las reflexiones del inglés sobre la memoria, el pasado y el arte. El tiempo en que se cruza este trío de ases ya ha marcado, entre tradición y modernidad, la fisonomía de esta ciudad en el último cuarto de siglo. A un lado, el barrio antiguo de Sant-Leu con sus canales, sus fachadas antiguas, sus minúsculas casas; los jardines flotantes (Hortillonnages)a los que se llega en barca y, sobre todo, su despampanante catedral de Nôtre Dame, levantada por el influyente gremio de los tintoreros amienses medievales. Al otro lado de sus antiguas murallas derribadas, por las que ahora corren las vías del tren,  está la ciudad moderna donde se instala Jules Verne con su familia, primero en el 44 del hoy Boulevard Jules Verne, casa a la que volverá unos años antes de morir, y luego, casi al lado,  al 2 de la rue Charles Dubois, donde vivió 18 años, y ahora se levanta un museo delicioso de lo más verniano.
Si la catedral era el símbolo del pasado, que convocan Ruskin y Proust, el tren que circula bajo su ventana,  e inunda de hollín su mesa de trabajo, será la imagen de futuro y aventura que ama Verne.  Es la línea que enlaza París con el Paso de Calais y la estación,  para ir a resolver los asuntos con su editor Jules Hetzel, está realmente a un paso. No queda nada de la original, ni de muchos de los barrios céntricos que se llevaron las bombas en la Segunda Guerra, aun así, la ciudad conserva un aire tan plácido como cuando el escritor ejercía sus responsabilidades como concejal de Educación, Bellas Artes, Museos, Teatro y Fiestas. Su vida transcurría entre los salones del Ayuntamiento, la Biblioteca Municipal, el Club de la Unión donde leía revistas, la Comédie a la que asistía con Honorine a sus representaciones teatrales  y su casa, cerca de la cual hizo construir el Circo Municipal, por un alumno de Eiffel, Émile Ricquier. El circo, con sus marquesinas modernistas y  sus vidrieras cenitales, es un polígono de 16 lados que ahora luce perfecto tras la última rehabilitación de 2003.
“Vivo  apartado de los periodistas y los críticos (…) y no salgo de mi rincón”, escribía en carta a su hermano Paul. Nada más cierto que lo de su rincón. Era lo que dejó perpleja  a la famosa reportera del World, Nellie Bly, cuando visitó al autor de La vuelta al mundo en 80 días mientras trataba de fulminar el récord de su personaje,  Phileas Fogg: “Era una habitación austera y desnuda. Debajo de la ventana había una mesa de trabajo y resultaba espectacular no ver en ella el acostumbrado desorden que suele cubrir las mesas de los literatos. (…) No había en la habitación más que un único asiento, ni más mueble que un sofá bajo”. Y así de austero se muestra hoy este gabinete  en el que trabajó en unas treinta obras, escribiendo  de 5 a 11 de la mañana; después salía a sus obligaciones y se metía en la cama hacia las siete de la tarde para leer libros y revistas y tomar notas hasta medianoche. Como ahora,  en el primer piso también estaba la biblioteca del autor y los dormitorios, a los que se añade, desde la apertura de este museo en 2006, todo el mobiliario del despacho de su editor Pierre-Jules Hetzel  proveniente del 14, rue Jacob de París, donde estaba la editorial. ¡Si el sofá hablara! Ahí se sentaba Balzac, Victor Hugo, Baudelaire, George Sand y en su mesa de editor aún le imaginamos escribir sobre las tachaduras de uno de los manuscritos de Jules Verne un “¡Que no, que no y que no!” Y No llegaba la sangre al río. Se necesitaban, se respetaban a su manera. Por lo demás, Nellie Bly sí vio los mismos muebles del regio comedor que se conservan tal cual y la cristalera del jardín de invierno donde se recibía a las visitas. Los Verne la recogieron en la cercana estación y nada más verla el famoso escritor lo supo: “Miss Bly me pareció muy enérgica y resuelta. Parecía un apuesto jovencito muy capaz de acabar el viaje en el plazo previsto”. Así fue: solo empleó  72 días, 6 horas y 11 minutos,  para ser exactos.


La vuelta al mundo en ochenta días

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La vuelta al mundo en ochenta días 





Autor: Julio Verne 
Condición: 4/5 tapa dura 
Precio: 6000


Las peripecias del británico Phileas Fogg y de su ayudante Jean Passepartout, llamado también "Picaporte" en castellano, constituyen uno de los relatos más cautivantes producidos por la imaginación humana, y una de las joyas de la literatura de todas las épocas.
El flemático y solitario caballero británico Phileas Fogg abandonará su vida de escrupulosa disciplina para cumplir con una apuesta con sus colegas del Reform Club, en la que arriesgará la mitad de su fortuna comprometiéndose a dar la vuelta al mundo en sólo ochenta días usando los medios disponibles en la segunda mitad del siglo XIX y siguiendo el proyecto publicado en el Morning Chronicle, su periódico de lectura cotidiana. Lo acompañará su recién contratado mayordomo francés, Jean Passepartout y tendrá que lidiar no sólo con los retrasos en los medios de transporte, sino con la pertinaz persecución del detective Fix, que, ignorando la verdadera identidad del caballero, se enrola en toda la aventura a la espera de una orden de arresto de la Corona británica, en la creencia de que, antes de partir, Fogg robó 55000 libras del Banco de Inglaterra.

martes, 29 de noviembre de 2016

VIAJE A LA LUNA


FRASE DE ALEJO CARPENTIER

23 de junio de 2016
“De niño detestaba a Verne y amaba a Emilio Salgari”, Alejo Carpentier.

PORTADAS E ILUSTRACIONES VARIAS

























La Tierra de Jules Verne

La Tierra de Jules Verne
Eduardo Martínez de Pisón nos obsequia con el epílogo de su último libro: un homenaje al geógrafo y fabulador Julio Verne publicado por la editorial Fórcola, porque no toda la geografía está en los mapas y siempre es un placer saborear islas, desiertos, selvas, volcanes y océanos con el padre de Nemo.
24 de noviembre de 2014
¡Cuánto escribió Verne! Nunca se acaba de leer y jamás querría acabar de gozar del sabor o del estilo del mundo que deja su lectura. Gracias a su imaginación, conocimientos e infinitas horas de trabajo los demás hemos podido disfrutar, aprender, poseer un universo, unos personajes, unas aventuras y unos paisajes que siempre nos esperan en las bibliotecas. Sin él, nada de esto existiría, ni Nemo ni Strogoff ni los dos años de vacaciones. El mundo sería algo menos.
Este libro en homenaje al geógrafo fabulador y maestro Jules Verne ha sido escrito con calma, saboreando cada lugar, cada isla, desierto, océano, selva, volcán o polo. Paso a paso, aventura a aventura, paisaje a paisaje, evocación a evocación, con la lentitud apropiada al ritmo de la naturaleza y con la emoción de la tempestad. El autor de este ensayo se ha detenido gustoso en los cuadros de la naturaleza descritos por Verne, ha asistido paciente (o palpitante) al desenlace de las peripecias de los personajes, ha estado presente en las erupciones de volcanes que no existen y bajado ríos interminables entre caimanes de papel. Tras recorrido tan extenso, cientos de páginas no equivalentes a kilómetros, cree haber viajado por un mundo a la vez real y paralelo (la vuelta al mundo en ochenta novelas) y, al final, es como si hubiera regresado de una expedición compuesta por incontables expediciones encadenadas. Tengo aún presentes el aroma del trópico, el viento austral, el horizonte ocre del Sahara, el esmeralda profundo del corazón de la selva, la ventisca ártica, toda una geografía escrita sobre un planeta que existe en el sistema solar y sobre todo en la invención que los hombres somos capaces de regalarnos, pero en el que también me reconozco. Soy, claro está, de esta Tierra tangible, pero también me siento parte del fantástico planeta Verne, porque no sólo de territorio duro está hecho el hombre.


El geógrafo Eric Dardel, igualmente francés –recuperado hace poco en Biblioteca Nueva–, escribía en 1952 algo que me gustaría extender a Verne: “en el Occidente del siglo XIX, el desarrollo de la ciencia geográfica fue una de las manifestaciones características del espíritu de la modernidad [...]. Conocer lo ignoto, alcanzar lo inaccesible: la inquietud geográfica precede y conduce a la ciencia objetiva [...] Se comprende que [...] los grandes navegantes mezclase a menudo la ficción con la realidad [...]. No se puede despojar de la historia de la exploración este descubrimiento maravillado de la Tierra, en el que lo fantástico y lo prodigioso arrastran primero la imaginación y la voluntad antes de lanzar a los hombres a las nuevas rutas [...]. De esta forma se preparó el despertar de una conciencia geográfica [...]; con el sentimiento de la naturaleza surgió el deseo de aclarar los misterios y enigmas de las últimas tierras desconocidas”. Así que no sé si es una cuestión de justicia o un impulso de sensibilidad o un afán de entretenimiento lo que me ha llevado a realizar este viaje verniano y a mirar como geógrafo profesional unas novelas de aventuras cuyo conjunto, aunque recorre el mundo y lo describe o lo inventa, no pretende ni estar estructurado como una geografía universal ni como un tratado ni siquiera como cuadro veraz. Verne nunca pensó en tales cosas, sino en proponer unos paisajes literarios y en suscitar con ellos un interés mayor por los geográficos. Y también en educar, no sólo en instruir –incluso más que en instruir–, porque en su trato con la Tierra, de tantas maneras exigente, los personajes siempre se forman como personas.

Hemos charlado mucho a lo largo del tiempo de escritura de este libro con Paganel y con Narkin, con los grumetes y los náufragos en su propios terrenos, ante sus panoramas, pie a tierra, en las copas de los árboles, en las cuevas, en la cubierta de un barco, en la barquilla de un globo, en el carro de un saltimbanqui, y hemos aprendido mucha geografía que no estaba recogida en atlas ni manuales. Con ello también inscribimos a Verne una vez más en la nómina de los colegas ilustres, más allá de las listas académicas ceñidas a sus censos, e incluimos definitivamente sus asombrosas regiones en lo que debe seleccionarse como objeto notable del goce y del saber geográfico, que no tiene porqué ceñirse a lo corriente y excluir lo maravilloso. A fin de cuentas, lo que importa es cuánta geografía docta se hubiera beneficiado de poseer una capacidad de sugestión como la verniana y cuántas gentes sabrían más de la Tierra si el ejercicio de tal facultad sugerente hubiera estado más difundido. Siempre es momento para aprender también a comunicar.
Pero además, claro está, hay muchos más Vernes que el que puede acotarse desde la geografía y que han merecido otros ensayos, artículos y libros con estudios y biografías, sobre todo por sus ficciones, argumentos, personajes, ideas, símbolos, inventos, anticipaciones y aventuras. Por sus aportaciones más famosas o por su evolución como escritor. El hecho es que todo se mezcla en el Verne final y que, cuando desglosamos o resaltamos un aspecto, el resto de los ingredientes sigue apareciendo, porque su obra es un conjunto y, en ella, todo está unido y mutuamente apoyado. Esos otros escritos nos enseñan también el escenario personal, vital, literario y reflexivo desde el que se hizo la geografía verniana. Nosotros sólo hemos extendido el mapa y, como los antiguos que rotulaban en él, por ejemplo, “hic sunt leones”, hemos puesto sobre la hoja, siguiendo al novelista: aquí hay bosques y aquí desiertos. Eso es este libro, viejos rótulos sobre un mapa sin tiempo. Y, por asentarse en la inspiración de un artista –que es lo que Verne era y quería ser–, es también una consideración sobre lo que Calabrese llamaba “geografía de autor”, producción no frecuente que implica una fuerte influencia personal en la obra, y que consecuentemente adquiere la voluntad, el contenido y la estética que son propios del arte. En este caso es sólo un punto en el infinito. Todas las posibilidades estaban y siguen abiertas. Verne construyó una materia concreta en una línea personal definida, a la espera de nuevas sorpresas mientras vivió, cerrada cuando dejó de escribir. Aquí únicamente hemos entrado en su despacho y ordenado sus mapas y textos a nuestro modo, como si fueran parte de una Historia Natural ingente y creativa.
Si hubiera que decantar una tesis en este ensayo –cosa que no pretendo–, ésta consistiría en que el mapa es la fuente específica de inspiración y el instrumento narrativo esencial de muchas de las novelas de Verne. Y, por tanto, que su acompañamiento en la edición y en la lectura es fundamental para la comunicación adecuada de las aventuras que arrostran en tales obras sus personajes. Del mismo modo, su seguimiento por el lector es clave para que éste pueda absorber en esos libros con integridad, concreción y orden sus argumentos. Entonces, el mapa es el guía indispensable de la trama o incluso el mismo asunto.
En un ensayo geográfico como éste no hemos tenido, por tanto, la intención de entrar a fondo, sino acaso sólo la de hacer insinuaciones, en cosas quizá sustanciosas que han tratado con solvencia otros autores, como su capacidad fabuladora, su estilo literario, su estructura argumental, sus recursos históricos, sus anticipaciones e inventos, la ciencia y la técnica, sus optimismos y pesimismos respecto al hombre, que varían en el tiempo, sus opciones políticas, sus ideas sobre los salvajes o sobre el urbanismo, sus actitudes, sus simpatías y antipatías nacionales y sus simbologías expresas y ocultas. Antes indicamos el interés de su geografía descriptiva, de la que se podría extraer un posible cuadro antológico testimonio de su mundo. Hay también geopolítica en Verne, a veces explícita y en ocasiones implícita, mezclada con esas filias y fobias nacionales, con las estrategias coloniales y con la liberación de los pueblos oprimidos por los imperios (por ejemplo, el otomano). Por supuesto Francia, más los Estados Unidos de Norteamérica y Rusia son sus naciones favoritas, mientras que Inglaterra y Alemania son consideradas con acidez e incluso con reproches acusatorios. Un libro interesante en este sentido fue el publicado por J. Chesneaux, Una lectura política de Jules Verne, que sacó Siglo XXI en 1973, donde se hacen ver las coincidencias entre los relatos de nuestro escritor y los acontecimientos políticos de su tiempo. Pero, como todo esto y algo más es también posible e interesante extraerlo de su literatura, el lector debe saber ahora que, al acabar este libro, no ha llegado a puerto sino que sólo está reparando el casco y los mástiles de su velero en una isla de paso, tras tantas tormentas: aún le quedan muchos horizontes a los que dirigir su barco con otra tripulación. En el cuadro que representa nuestro paisaje final verniano quedan por pintar las figuras y por añadir algunos parajes. Pero nuestro esbozo geográfico o exposición de los elemento terrestres que dibujan el mapa de su mundo lo damos aquí por terminado.
Esos paisajes que hemos visitado y que representan lo esencial de la Tierra de Verne tienen montañas que sugieren la mejor belleza del Planeta, cuevas que brillan como diamantes, volcanes en erupción que asombran a sus espectadores, regiones heladas donde se encuentra la poesía de la desolación, mares hermosos y crueles que complacen a sus marinos y torturan a sus náufragos, islas donde aprender a ser hombres o donde dejar de serlo, ríos que marcan caminos difíciles hacia fuentes perdidas, bosques que guardan secretos sin tiempo, desiertos sin concesiones hacia quienes penetran en ellos, ciudades que son como panales segregados por los hombres-colmena donde nuestros ideales y perversidades se manifiestan directamente, caminos que unen las regiones y los continentes para su mejor comprensión y bonanza o surgidos de la voluntad del caminante, el aire que nos rodea y preludia el despegue del suelo, y el cosmos, finalmente, que descubre nuestra insignificancia y nos llena de soledad en medio de un infinito desconocido. La naturaleza entera es a la vez maravilla, recurso, obstáculo y máquina indiferente –con sus fuerzas, reglas, caos o desenfrenos– a la circunstancia de su habitante.
Cabe añadir una observación temporal que me permito dividir en las siguientes etapas de sus aportaciones geográficas:
1. Etapa de la apertura de un horizonte
En la inicial producción de Verne hay un cambio hacia lo que sería lo esencial de su obra en 1855 con su invernada entre los hielos, donde la aventura en la naturaleza domina el argumento. El 1862 es significativo de su admiración por Poe el ensayo que dedica a este escritor. Al año siguiente aparece ya el gran viaje de exploración por el mundo de la expansión colonial africana y también un atisbo de sus visiones futuristas, sociales y urbanas.
2. Etapa de los grandes protagonistas
En 1864 y 1865 acude a los dos extremos, al centro de la Tierra y a la Luna, sin dejar, en 1866, el paisaje y la epopeya del ártico con uno de sus grandes personajes, Hatteras. Los hijos del capitán Grant dan la vuelta al mundo con Paganel en una obra muy marina en 1868. Su evidente interés por la historia de las exploraciones se plasma desde 1870 en una publicación específica. Pero el mar vuelve ese año en otra de sus mejores creaciones, el viaje submarino, con otro gran protagonista verniano, Nemo. Y sigue en el año siguiente; también en 1875 con la tragedia y el naufragio o con los hombres que se rehacen ante la adversidad; y en 1878 con el tesón y valentía de su capitán de quince años. En 1872 retorna a África y en 1873 al Ártico e incluso a una nueva vuelta al mundo, la más celebrada. En 1876 se centra en Rusia y Siberia con su tercer personaje sobresaliente, Strogoff. Esta etapa es sin duda la de Lidenbrock, Hatteras, Paganel, Nemo y Strogoff.
3. Etapa de los exploradores y robinsones
En 1877 sale Verne a hacer unas elipses por el sistema solar y vuelve sin que nadie se haya percatado de la ausencia de sus héroes. En 1879 retorna a la geografía urbana con especial contundencia en un giro reflexivo y acusador. Los mares siguen siendo, sin embargo, su horizonte en 1883, 1884 y 1885; los robinsones toman cuerpo ejemplar de nuevo en sus novelas en 1882 y 1888; los ríos en 1881, 1889 y 1898; el aire en 1885… De este modo Verne prosigue en sus escenarios de siempre, pero emprende también exploraciones en otros campos complementarios o nuevos, incluidos los de los comportamientos.
4. Etapa de la esfinge
Esta fase final es compleja. En 1889 plantea Verne otro paisaje futurista y urbano, desasosegante. Entre 1890 y 1892 retoma la novela de viajes, uno de éstos a la antigua, en carreta, con las peripecias y el ritmo que imponen los terrenos, y otro a la moderna, en tren, con el terreno vencido. En ese mismo año 92 explora la atmósfera gótica del castillo de los Cárpatos. En 1894 con Antifer y en 1898 con su excéntrico juega a los mapas con el lector: otro modo de instruir deleitando. En los años 95 y 96 hace sus planteamientos urbanos con poca fe en el progreso social e incluso hace intervenir las maquinaciones del mal. Tiene un nuevo máximo literario en La esfinge de los hielos en 1897, con la reunión del Polo Sur y Poe cargados de toda su potencia. El mar y los robinsones no le dejan aún en 1901 y 1900. En 1901 cierra sus paisajes con selvas que pueden guardar la solución al misterio del origen del hombre, y en 1905 ya aparece retocado su faro del fin del mundo, con un punto intenso de crueldad que desconecta del Verne de siempre y que preludia los arreglos que hizo su hijo en sus libros póstumos. Pero incluso en éstos sigue destellando la inspiración de Jules Verne con una luz inequívoca.
Me complace añadir un elogio a los ilustradores de las novelas de Verne, a los que se han dedicado diversos trabajos que están recogidos por Arthur B. Evans en un artículo titulado The Illustrators of Jules Verne’s Voyages Extraordinaires, publicado en Science-Fiction Studies, XXV: 2, Julio 1998, pp. 241-70, al que se puede tener acceso por Internet. Nos sitúan tales dibujantes en su momento, en su estilo, definen los personajes, los lugares, los barcos y aparatos diversos, los ambientes, trajes, casas, trenes. Quienes hemos leído buena parte de estos libros con esas ilustraciones no podemos dejarlas de lado, pues son parte sustancial de ellos; si añadimos sus mapas, ése es nuestro Verne. Si evocamos el Polo, ése es nuestro Polo. Hemos proyectado esos grabados sobre la realidad y a veces vemos ésta como una ilustración de una página verniana.
No es nuestro objeto analizar aquí a sus autores ni a sus obras, aunque lo merecen, pero sí al menos mencionar que, aparte del placer que otorga la contemplación de tales láminas, ellas nos han inculcado también, y hasta de modo primordial, los paisajes descritos por la prosa de Verne; diría que constituyen (o complementan) el verdadero Verne en la memoria casi tanto como lo escrito, porque concretan y fijan ante los ojos, como puntualiza Evans, los personajes, los lugares, la acción y el documento geográfico. Si hay incluso un mapa propio de la novela, por simple o antiguo que pueda ser, ése es el mapa de tal historia, no cualquier otro mapa. Verne está dibujado a plumilla con tinta china, o acaso a media tinta, y grabado en blanco y negro, y a veces con láminas mayores coloreadas. Nemo, Paganel, Hatteras o Strogoff tienen, gracias a estas ilustraciones, su figura, la esfinge de los hielos su forma, el mar sus tormentas, el cañón de la ciudad de acero su dimensión, el tren de Bombarnac el ambiente de su interior y los paisajes que rodean su trazado, Samarcanda sus tonos. En conjunto, desde los sombreros de los personajes a las representaciones de los lugares, pasando por los veleros del océano o las máquinas de los inventores, la ilustración verniana es un mundo, o una expresión de ese mundo que hemos llamado el planeta Verne, la más acertada y propia. Hay tanta edición popular de Verne sin figuras, sin mapas, o con otros ilustradores tardíos en publicaciones para niños, que constituye una verdadera posesión de lo auténtico y de sus calidades reencontrar las viejas ilustraciones, las que tienen explícita la marca del tiempo.


Es decir, tal como Verne, Hetzel y sus dibujantes quisieron que fueran editadas las novelas que contaron cómo era la Tierra o, mejor, esa Tierra pasada por el alambique y la imaginación de su escritor por excelencia. Porque el logro final, el libro impreso, ilustrado, encuadernado, fue una empresa editorial compleja, con diversas manos, con una suma de colaboradores puestos a conseguir el producto final, a botar el buen barco –bien construido, bien adornado– entre todos y alrededor del autor, para su mejor, más certera y más placentera navegación. Las cartas intercambiadas entre el editor, el escritor y los dibujantes muestran el interés de todos ellos en perfeccionar esa colaboración en cada figura. Y así, quienes plasmaron en imágenes las historias, los dibujantes y grabadores, tienen un significado muy especial en la expresión acabada de tal resultado.
Al concluir este libro me gustaría recordar a Pío Baroja por su simpatía a nuestro escritor. Puede valer como ejemplo cuando uno de los protagonistas de La dama errante, geólogo y excursionista, recomienda la lectura de las obras de Verne, considerando especialmente graciosa la caricatura de uno de sus personajes científicos. Pero es más penetrante la referencia que hace en sus Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox: siendo Silvestre niño y residente en Pamplona, encontró un estímulo a su carácter libre en la lectura de “Robinsón, y dos tomos de las novelas de Julio Verne y Maine Reid”. Paradox escondía las novelas para que no se las quitara su familia, pero “durante las horas de estudio las solía estar leyendo, con gran asombro de sus tíos, que le miraban por el agujero de la llave y creían que estudiaba. Llegó su cinismo a ir a la iglesia con un tomo de Robinsón Crusoe, que tenía una pasta parecida a un libro de misa, y pasarse en compañía de Robinsón y del negro Domingo desde el Introitohasta el ite missa est”. Dejando de lado lo de llamar Domingo a Viernes, que corresponde a una versión doméstica de Robinsón, Silvestre se dedicó entonces a la exploración de los arrabales y alrededores de la ciudad, figurándose “estar en las islas fantásticas y dominios espléndidos ideados por sus autores favoritos”. Naufragó en un cajón que metió en el río, fabricó “pemnican” polar con comida casera, tejió una cuerda de bramante, ascendió con ella a un monte cercano, compró un cuaderno para llevar su diario, dibujó planos y construyó maquetas de barcos a los que bautizó como Nautilus, Astrolabio o Capitán Cook. ¿Qué habría sido de todos los Silvestres Paradox que habitamos este mundo si no hubiéramos tenido un Verne que nos incitara a soñar, como bien dijo Baroja, con los “exploradores de los países helados”?


Eduardo Martínez de pisón
Eduardo Martínez de Pisón  (Valladolid, 1937) es Catedrático Emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, además de escritor y montañero. Es especialista en Geografía Física, campo en el que ha realizado la mayor parte de su investigación, publicaciones y docencia.

Azímut

28 de noviembre de 2016
“Hay bastantes caminos sin viajeros. Pero hay aún más viajeros sin sendero”, Gustave Flaubert.
Comentarios sobre  La Tierra de Jules Verne
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Genial. Ideal para quienes supimos leer a Verne.; Es volver a leer toda su obra
Por Lic. Luis Martinez Tecco
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