JULES VERNE

JULES VERNE

martes, 30 de agosto de 2016

La tierra de Jules Verne

La tierra de Jules Verne
Por: Eduardo Martínez de Pison


He planteado este libro de ensayo como una introducción geográfica al mundo novelesco de Verne. Tanto, no a toda su producción literaria sino sólo a la referida a sus decenas y decenas de libros de viajes y aventuras. He intentado abordar su original tratamiento de la relación entre la abundante e influyente base geográfica de sus relatos, unas veces realista y muchas otras fantástica, sin miedo a su mezcla, y las aventuras que se despliegan en tales terrenos. He tratado de seleccionar aquellos elementos que expresan sus paisajes preferidos, pues la magnitud de la obra novelesca de Verne no recomienda otro procedimiento en un ensayo geográfico.
Lo he expuesto de manera que permita pasar de modo gradual de lo general a lo particular: primero,con una consideración alegórica de las geografías fantásticas en general y sus conexiones o digresiones internas; despois, con un repaso amplio del sistema de mapas novelescos de Verne, el atlas inventado o su planeta literario; e, finalmente, separando por temas geográficos sus viajes extraordinarios, sus crónicas y sus lugares imaginarios.
He planteado este libro de ensayo como una introducción geográfica al mundo novelesco de Verne
Al hacer este repaso, autor y lector recobramos un planeta, existente e inexistente, el “planeta Verne”,y además una Tierra que pasó, que se fue, en los hechos y en los sueños. Incluso muchas de las acciones futuristas vernianas son, por su tratamiento o por su cumplimiento o por su diseño, cosa pasada. Otras quizá estén por llegar, aunque dependerá su posible plasmación de cómo los tiempos nuevos las modelen y concreten. El libro nos lleva así por entretenidas divagaciones geográficas y literarias.
De mi parte, es evidente que me complace escribir unas páginas sobre geografía fantástica, y especialmente sobre la creada o recreada por Jules Verne, adaptada a sus novelas de viajes portentosos y aventuras extraordinarias. Y así he seguido los pasos de sus Viajes extraordinarios por polos, Aguas, Islas, montañas, cavernas, volcanes, ríos, bosques, estepas, ciudades, estradas, el aire, Luna, los cometas y el futuro.
He seguido los pasos de sus viajes extraordinarios por polos, aguas, Islas, montañas, cavernas, volcanes, ríos, bosques…
Este libro é, como, un homenaje al geógrafo fabulador y maestro Jules Verne. Ha sido escrito con calma, saboreando cada lugar, cada isla, deserto, océano, selva, volcán o polo. Paso a paso, aventura a aventura, paisaje a paisaje, evocación a evocación, con la lentitud apropiada al ritmo de la naturaleza y con la emoción de la tempestad. El autor de este ensayo se ha detenido gustoso en los cuadros de la naturaleza descritos por Verne, ha asistido paciente (o palpitante) al desenlace de las peripecias de los personajes, ha estado presente en las erupciones de volcanes que no existen y bajado ríos interminables entre caimanes de papel.
En esos paisajes hay mares hermosos y crueles que complacen a sus marinos y torturan a sus náufragos
Esos paisajes que hemos visitado y que representan lo esencial de la Tierra de Verne tienen montañas que sugieren la mejor belleza del Planeta, cuevas que brillan como diamantes, volcanes en erupción que asombran a sus espectadores, regiones heladas donde se encuentra la poesía de la desolación, mares hermosos y crueles que complacen a sus marinos y torturan a sus náufragos, islas donde aprender a ser hombres o donde dejar de serlo, ríos que marcan caminos difíciles hacia fuentes perdidas, bosques que guardan secretos sin tiempo, desiertos sin concesiones hacia quienes penetran en ellos, ciudades que son como panales segregados por los hombres-colmena donde nuestros ideales y perversidades se manifiestan directamente, caminos que unen las regiones y los continentes para su mejor comprensión y bonanza o surgidos de la voluntad del caminante, el aire que nos rodea y preludia el despegue del suelo, y el cosmos, finalmente, que descubre nuestra insignificancia y nos llena de soledad en medio de un infinito desconocido. La naturaleza entera es a la vez maravilla, recurso, obstáculo y máquina indiferente –con sus fuerzas, reglas, caos o desenfrenos- a la circunstancia de su habitante, en particular,, os dez, de mí, lectores entusiastas y terrícolas inocentes.
“La tierra de Jules Verne” (editorial Fórcola), de Eduardo Martínez de Pisón, se presenta en Madrid el próximo jueves 27 para 19:00 horas en la librería Desnivel (Plaza de Matute, 6).

Nota del editor: este libro ya fue presentado quizás hace algo mas de 1 año

Crónica de Un Viaje Ficticio

Crónica de Un Viaje Ficticio
El soberbio orinoco (1898), de Julio Verne
Dixon Orlando Moya Acosta
Escritor, diplomático
Con este texto, el autor, egresado del Taller de Escritores Universidad Central,
actual Cónsul de Colombia en Puerto Ordaz (Ciudad Guayacana), Venezuela,
ganó el Segundo Premio del Concurso Nacional de Ensayo sobre el centenario
de el soberbio Orinoco, de Julio Verne, en 1998
A Carmen, quien me enseñó a viajar y asombrarme.
A Selene, compañera de viaje y sorpresas.
Introducción
“El Orinoco sale del Paraíso. Se dice en la narración de Cristóbal Colón”, (p. 28), Julio Verne.
“El mundo posee seis continentes: Europa, África, Asia, América, Australia y Julio Verne”, Claude Roy.
Julio Verne más que un nombre es una frase polisémica, es decir un par de palabras con múltiples significados y sentidos. Sin embargo, si hay una definición para ese nombre es viajero. En este breve y modesto texto, me ocuparé de la crónica de uno de sus numerosos y maravillosos viajes a lo largo del río Orinoco1.
1. Quien mire desprevenidamente un mapa de Venezuela, podrá descubrir una línea azul que la divide
El hijo del respetado abogado Pierre Verne, marinero por vocación pero obligado a echar el ancla por la presión familiar y social del momento, es sin lugar a dudas el hombre que más lugares y tiempos visitó en la historia del mundo, sin salir de casa y quien fundó la primera y fabulosa agencia de viajes, permitiendo que millones de personas se trasladaran a sitios inimaginables sólo con la llave puesta en un libro.
Es el guía que nos toma de las manos y los ojos y nos adentra en el mundo del asombro. Porque si bien algunos intentan esconder a Verne, en un rincón de nuestra cada vez más lejana niñez y juventud, sigue asombrando a sus lectores. La capacidad de asombro es materia prima de la poesía y es rasgo indeleble de la infancia, mejor aún, de la auténtica humanidad y Verne nos sorprende en cada página leída con su poder de anticipación, su facilidad de abordar temas disímiles y su descripción detallada de sitios apenas presentidos.
Un tercer distintivo de Verne es la pasión por su oficio. Calificar la calidad literaria será un asunto subjetivo, pero es indiscutible la dedicación de este hombre por su trabajo, que trasciende el contrato de veinte años firmado con su editor Hetzel, y se plasma en más de 80 novelas.
Verne al ser viajero y escritor, explora las ignotas tierras del Nuevo Mundo, se convierte en un cronista que intenta describir sus encuentros, narraciones no exentas de fantasía y exageración. Pero como intentaré demostrar en este ensayo, el Verne que nos visitó era muy diferente al optimista de los primeros viajes, con una visión distinta sobre la relación civilización-naturaleza. No sueña con las máquinas y los transportes extraordinarios, viaja en un tren, el motor de la revolución industrial, luego en un vapor, para después remontarse hacia el nacimiento del río en una canoa peligrosamente simple. Es un hombre viejo, inválido en parte por el disparo de su sobrino, perseguido por la sombra del padre que se devuelve, cruel venganza del destino, en la forma de su hijo, ha visto como la muerte se aproxima, llevándose a su editor y se ha dado cuenta que el progreso tiene costos. La ciencia no sólo puede ayudar a la vida del hombre, también puede multiplicar las formas de su muerte.
Antes de retomar los pasos del viajero, deseo aceptar la gran deuda que tengo con Julio Verne, porque gracias a él y a sus narraciones fantásticas, la literatura comenzó a despertar en mí un gran interés, tanto que se trata del único sueño que me mantiene despierto. Pero no lo considero el autor lejano de mi niñez; no, coincido con Oswaldo Soriano al incluir a Verne entre mis escritores favoritos de siempre, confesión que muchos intelectuales, como buenos adultos, niegan sonrojándose. Pero ante todo, el lector sorprendido y maravillado le agradece a este escritor, una lección aprendida: lo imaginado siempre será realizable.
El soberbio Orinoco, en la novelística de Verne
Julio Gabriel Verne nació en Nantes, Francia, el 8 de febrero de 1828 y murió en París el 24 de marzo de 1905, al cabo de 85 viajes imaginarios consignados en novelas, historias cortas, dramas y ensayos. Una de estas travesías la realizó a lo largo de lo que él bautizó “Soberbio Orinoco” (Le Superbe Orenoque) en 1898, sumándose a la larga lista de europeos que han pretendido describir y descubrir el Nuevo Mundo.
La relación entre los europeos y América Latina ha sido mucho más compleja y contradictoria que el simple y tradicional esquema explotadores – oprimidos. Si bien los cuatro siglos de dominación no estuvieron exentos de barbarie e injusticia, igualmente propició el mayor debate conocido hasta ahora sobre la justificación de la guerra y la conquista, que originó no sólo las llamadas “leyes de indias”, sino que sentó las bases del Derecho Internacional Público, columna de organizaciones como la ONU. Sin embargo, si hay un elemento común entre aventureros, misioneros, crueles, piadosos, ladrones, mecenas, criminales, santos, fundadores, escritores y turistas es la búsqueda de la Utopía, sea la personal o la colectiva.
Desde Platón y Séneca, pasando por Bacon, Campanella, Tomás Moro hasta Carlos Marx y Adam Smith, cada uno desde su posición ideológica anhelaron un sitio que fundiera el progreso material y espiritual y algunos de ellos ubicaron la tierra soñada en América, como lo afirma el polígrafo mexicano Alfonso Reyes. Conquistadores europeos buscaron en estas tierras El Dorado, Jiménez de Quesada y Berrío partieron desde la lejana Bogotá hasta las tierras de Guayana con la esperanza de hallar la fabulosa ciudad edificada con oro. Leyenda edificada en hechos reales como el baño sagrado que el Cacique de los Chibchas efectuaba en la laguna de Guatavita vestido con polvo de oro, ceremonia que algún anónimo escultor orfebre inmortalizó en la “Balsa muisca”, pieza entre miles del Museo de Oro de la capital colombiana. De allí que no sea extraño que un viajero y cronista como Julio Verne decidiera embarcarse en el caudaloso río, buscando desentrañar una serie de misterios, continuando la tradición utópica.
Durante este año de 1998 se realizará la Exposición Mundial de Lisboa, cuyo tema principal es el mar y la navegación, y entre los recintos tendrá al auditorio “Julio Verne” como escenario para hablar sobre embarcaciones, aventuras y naufragios. Hace cien años, un hombre contaba sin saberlo siete años para su muerte. Mientras escribía en su buhardilla transportada mágicamente a Venezuela, afuera el mundo veía cómo nuevas potencias desplazaban a las antiguas en el juego de la colonización.
Estados Unidos se perfilaba como el nuevo imperio mientras le arrebataba a la débil España sus últimas posesiones ultramarinas, expansión patentada en la guerra hispanoamericana. Dos años más tarde Venezuela sería sitiada por el bloqueo germano-británico-italiano por el no pago de la deuda y en 1903 Colombia sufriría la pérdida del istmo de Panamá, cruel amputación orquestada por Estados Unidos. Este es el decorado para la puesta en escena del “Soberbio Orinoco”.
El cauce del soberbio orinoco: entre lo característico y lo novedoso
En primera instancia, podemos plantear esta dicotomía, rastrear en esta novela aquellos elementos que corresponden al estilo inconfundible de Verne, pero así mismo los que marcan diferencia y revelan el paso del tiempo, las experiencias personales, los cambios históricos y la evolución del pensamiento de nuestro autor.
Lo característico
El texto mezcla rasgos tradicionales como la confrontación hombre-naturaleza, un relato de aventuras y misterios entrelazados, una búsqueda motivada por el amor filial (o la ausencia de éste) y la creación del clima de suspenso y sorpresa para cautivar al lector.El autor como en la mayoría de sus novelas, juega con el dualismo presente en la tradición occidental que separa la vida en principios opuestos. La belleza y fealdad, la bondad y maldad, la generosidad y traición, se ilustran mediante la utilización de personajes paradigmáticos, o como se diría en la sociología weberiana, creando tipos ideales que sintetizan en su ser virtudes y defectos.
Mi intención no es ampliar este aspecto de lo característico; sin embargo hay dos temas destacables, que a continuación trataré.
La parábola del hijo pródigo
No es extraño que en muchas de las novelas de Verne esté presente la relación padre-hijo. A riesgo de hacer un psicoanálisis literario, en varios libros el autor francés proyecta su situación personal vivida primero con su progenitor y luego con su propio vástago, relaciones signadas por el conflicto y la dualidad represión – libertad y que luego de tortuosas etapas culminaron con la reconciliación.
En el plano literario, el drama del hijo alejado involuntariamente del padre (no de su madre, que podría resultar más dramático y comprensible), su búsqueda incesante y el final encuentro. En varias de sus obras es recurrente el tema del naufragio, especialmente protagonizado por jóvenes que deben enfrentarse solos a las adversidades naturales o malvados criminales (“Un capitaine de quinze ans”, “Deux ans de vacances”), o conflictos familiares en donde el nombre del padre se encuentra en entredicho (“La Jangada”, “Famile sans nom”).
El misterio de las identidades
El misterio se nos revela en esta novela como un juego de identidades. Mientras el joven y abnegado Juan resulta ser la encantadora y decidida Juana, el desaparecido y valiente coronel Kemor es el mismo padre Esperante, así como el sospechoso Jorrés es al final el villano Afangel.
Pero los problemas de identidad no parecen ser exclusivos de los hombres, la novela inicia y termina con la discusión sobre el origen del Orinoco que uno de los personajes ubica en el Guaviare y otro en el Atabapo. Discusión que para el novelista, el lector y los principales personajes está resuelta y aunque carezca de sentido, es el gancho introductorio, así como el elemento de humor necesario.
Lo novedoso
Sin embargo, hay particularidades que hacen del “Soberbio Orinoco” un libro diferente, con personalidad propia, más revelador de lo aparente.
El feminismo femenino
Un rasgo novedoso es el protagonismo de una mujer que para evitar los peligros del viaje así como la presión social, decide disfrazarse de hombre y salir en búsqueda del padre. Verne hace un tímido rescate de la condición femenina, destacando la manera como un carácter firme compensa un débil físico, frente a la adversidad. Sin embargo, no puede evitar comentarios irónicos sobre la naturaleza de la mujer lo cual no es contradictorio, es simplemente muestra de una época como la victoriana, dominada por la hipocresía y doble moral.
“Juana era entonces una niña de doce años, que prometía convertirse en una encantadora joven. Instruida, seria, penetrada de un profundo sentimiento de sus deberes, poseía una energía poco común a su edad y a su sexo”.

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LA BUSQUEDA DE LO IMPOSIBLE

Julio Verne Y La Búsqueda De Lo Imposible
Enviado por Redaccion el Wed, 26/12/2001 - 10:55pm
Julio Verne

LA BUSQUEDA DE LO IMPOSIBLE

por Dixon Moya

Este ensayo es, mas que nada, la invitación para embarcarse en un viaje a través del río Orinoco, en compañía del señor Julio Verne, hasta cierto punto descubridor o mejor sería decir inventor del mismo. Girando alrededor de la novela "El Soberbio Orinoco", que el gran escritor francés escribiera a fines del siglo XIX, La búsqueda de lo imposible es un viaje iniciático al corazón de latinoamérica.

PRETEXTOS PARA UN VIAJE (A MANERA DE INTRODUCCION)



Las presentes líneas más que una introducción, pueden considerarse un pretexto en amplio sentido. Bien como pre-texto, es decir el antecedente necesario para orientar al accidental lector o bien como la disculpa obligada para el desahogo y la justificación del autor. Este escrito fue realizado a partir de una convocatoria hecha por el periódico venezolano "El Correo del Caroní" a finales de 1997, a propósito del centenario en 1998 de la novela de Julio Verne, "El Soberbio Orinoco" que tiene como escenario la región suroriente de Venezuela. El anuncio del concurso apareció como si fuera un clasificado, pregonando un premio a cambio de reflexión y creación. Sin embargo, aparte de las usuales motivaciones de un concurso, con dinero y reconocimiento de por medio, el tema me forzó a vencer mi naturaleza diletante para tratar de terminar algo iniciado.
El segundo punto de las bases de la convocatoria rezaba: "El concurso versará sobre la significación de ‘El Soberbio Orinoco’ en la novelística de Verne". Leer en una misma expresión dos nombres cercanos y conocidos, pero que mantenía alejados en un cuarto oscuro de la memoria, me obligó a retroceder a la época mítica de la infancia, cuando la palabra esperada y mágica era "vacaciones", oportunidad única para refugiarme en la lectura de un libro que por circunstancias ya olvidadas nunca pude terminar, sólo hasta ese momento.
Por ello, porque este concurso me deparó una gran satisfacción, al darme el "pretexto" ideal para huir de aquellos textos circunspectos y crípticos, que parodiando ciertas revistas, son exclusivos "para adultos", y por fin resolver un misterio pendiente de la niñez, deseo que usted, amable y paciente lector, acepte la invitación para embarcarse en un viaje a través del río Orinoco, en compañía del señor Julio Verne, hasta cierto punto descubridor o mejor sería decir inventor del mismo.

UNA HUELLA EN EL AGUA.



Pensar en Julio Verne es realizar un doble esfuerzo mental, intentar ubicarlo en uno de los dos extremos del tiempo, recordarlo en el pasado o proyectarlo en el futuro. Pareciera ser un individuo que ha trascendido lo concreto para perderse en cualquier lugar de las extensos dominios del dios Cronos. Un autor afirmó que Verne "era el sexto continente", pero difícilmente alguien provisto de mapas, brújulas y otros artefactos pueda localizarlo en un sitio exacto. Se trata de un viajero del tiempo, que regresa de vez en cuando a nuestro cercano pasado, para contarnos la historia del futuro y de lugares fabulosos y extraños, así vivamos en ellos. Un hombre con un solo rostro, el de la fotografía tradicional que se refleja como espejo en la contraportada de innumerables libros, archivados en la sección de aventuras juveniles de la biblioteca.
Todos lo hemos conocido, incluso los pequeños hombres pertenecientes a esta generación que no sabe ni quiere aprender a leer, embebidos en las imágenes coloridas y sonoras de los tableros mágicos que reemplazaron al viejo de madera de fondo verde o negro salpicado por las huellas blancas de la tiza. Los hijos de lo audiovisual que ingresan con paso rápido a la era cibernética donde la realidad es relativa, virtual y las ideas de la cueva de Platón rompen las cadenas para aparecer como genios modernos, conocen a Verne, porque saben que él ha sido su creador, de allí el interrogante sobre la certeza de la biografía que nos han enseñado.
Dudo que ese hombre haya nacido en Nantes en 1828 y más aún que muriera a los setenta y siete años, creo que estos datos como los demás que explican su existencia son el argumento de la última de sus ochenta y tantas novelas. Verne en presente, es un hombre apasionado por los viajes a través de los senderos escondidos del mundo, no por los construidos por el hombre, sino por los edificados con sustancias livianas por la naturaleza. No le gusta lo sólido, es amigo de los fluidos, de los gases, de los aires calientes que elevan globos, pero ante todo del agua. Este hombre, santo patrón de los turistas y las agencias de viaje es un marino de vocación, su elemento es el mar, Incluso extensos mares de agua dulce como el Amazonas o el Orinoco, no teme naufragar porque sabe que encontrará una isla y no teme zozobrar porque siempre un molusco de metal llamado Nautilus lo rescatará de las profundidades. Por ello, si alguien quiere encontrarlo no debe buscar su rastro en la tierra, debe buscar su huella en el agua.

EL ANCLA LEVANTADA



Si usted, visitante ocasional y huésped de esta página desea encontrar al citado ciudadano intemporal del mundo, debe trazar límites y fronteras, puede escoger un año cualquiera. Para mayor precisión atrase su reloj un poco más de cien años atrás, ubíquese en 1898, quizás alguien le diga que no es buena época para vacacionar, el acorazado norteamericano Maine, explotó misteriosamente en la bahía de La Habana y Estados Unidos le ha declarado la guerra a España, se especula que se trató de una estrategia para apoderarse de Cuba. Como puede ver, el colonialismo lejos de finalizar, se expande con nuevas potencias.
Alguien puede decirle que ha escuchado sobre el tal Verne, un viejo que cojea y habla un limitado español con marcado acento, se encontraría viajando de incógnito aquí en Venezuela. Usted, criollo nacido en Ciudad Bolívar, se sentirá emocionado porque el periódico anuncia que en el ferrocarril proveniente de Caracas (del cual, usted desconocía su existencia), vienen ilustres visitantes extranjeros, entre ellos un explorador de apellido Chaffanjon. Estas personas harán un recorrido por el Orinoco, en el barco "Simón Bolívar". Sin pensarlo, usted hace su reservación e inicia la travesía fluvial.
Partimos de Ciudad Bolívar, un lugar de calles estrechas y empedradas que bajan hacia el mismo punto, el malecón que contiene el río en su parte más angosta, rasgo distintivo que originó su primer nombre, donde se reunió el Congreso de Angostura bajo la tutela del posibilitador de sueños. Allí nació una Gran República (la Gran Colombia), bautizada con el nombre del marino cuya gloria fue arrebatada por la envidia e incomprensión, los mismos causantes de su disolución años más tarde, aplazando un proceso que tarde o temprano debe realizarse.
Usted y yo, constatamos el rumor escuchado. Entre los europeos que viajan con nosotros, se encuentra un anciano que guarda en su mirada un brillo extraño, mezcla de ternura y picardía infantil, aunque el gesto en general es callado, casi hosco. Es muy parecido a la imagen que alguna vez vimos en un libro, sobre el renombrado escritor francés Julio Verne, y efectivamente parece ser escritor por su actitud. Pasa las mañanas encerrado en su camarote, seguramente leyendo o escribiendo, pensamos. Luego de un frugal almuerzo, se dirige algo incómodo a la cubierta, donde se sienta con una pequeña libreta de notas, ocasionalmente toma apuntes, pero lo que realmente hace con cuidado y concentración es observar su alrededor, sobre todo la manera como el sol naranja apaga su luz sumergiéndose en el agua marrón.
Sin embargo, nos parece increíble que esto sea verdad, sabemos muy bien que Julio Verne prometió a su padre, sólo viajar con la imaginación, luego que aquel lo castigara por intentar fugarse del hogar en un barco. No podemos contener nuestro interés, y sin ocultar el nerviosismo y en un mal francés le preguntamos si se trata del señor Verne. Luego de escrutar nuestros rostros sólo responde con un apellido: Chaffanjon. No deseamos molestarlo y lo dejamos en cubierta viendo el crepúsculo desvanecerse. Además en estos momentos, la atención se concentra en la eterna discusión de tres caballeros venezolanos, geógrafos y científicos, sobre el nacimiento y curso del Río Orinoco. Atrás dejamos al hombre a quien no le interesa la polémica, porque para él está resuelta, el Orinoco nace y muere en territorio venezolano, aunque parte de su extenso caudal besa la frontera con Colombia y se nutre con importantes tributarios provenientes del país hermano, como el Meta y el Guaviare. Verne, quien es efectivamente el anciano y no desea revelar su identidad, sabe muy bien esto y mientras toma notas, sabe que este es el mejor vínculo para integrar social y económicamente a las repúblicas vecinas.
Nosotros, usted y yo, nativos de esta tierra, mestizos, mulatos o zambos, nos identificamos como iguales y diferentes frente a los forasteros de Europa, es un sentimiento mucho más confuso y contradictorio que cuando nos tropezamos con un indígena o con un negro. En este caso, es una sensación mezclada, nos reconocemos como europeos pero reclamamos nuestra diferencia americana. Es el momento cuando recordamos a Simón Bolívar, el dueño del nombre de la embarcación que nos soporta y lleva, cuando escribió una carta en Jamaica, dirigida a un Nuevo Mundo que aún no la ha leído a pesar de recibirla. Europeos? Sí y no. Occidentales? Sí, pero de un Occidente con raíces en el Oriente, que en el momento de su hallazgo fue presentado ante los demás como Cypango y Catay, países lejanos y exóticos.
Pero no es ocasión de hablar sobre nuestra percepción, sino la de estos hombres taciturnos, con un brillo especial en los ojos. No pueden ocultar la sorpresa y emoción de encontrar esta tierra caliente, verde y dorada que tan diversas y contradictorias sensaciones despertó en sus antecesores. Aunque todos traían un objetivo común: hallar la felicidad, esquiva condición humana que se expresa en múltiples formas, ideales e intereses, medios y fines. En la tarde, volvemos a acercarnos al venerable señor para salir de la duda, o posiblemente acrecentarla.
–Parece buscar algo, Señor Chaffanjon, podemos ayudarle? –chapuceo en mal francés. Es de noche y la brisa se lleva los calores del día y pareciera que aquel hombre de barba frondosa como jardín cuidado de setos podados, ha dejado en su camerino olvidado su atávico y grisáceo semblante. Se acerca apoyándose en la baranda, siempre mirando el horizonte responde quedo:
–Lo imposible...busco lo que no se me ha perdido y lo que quizás nunca encontraré. Busco el rastro de mi padre, los motivos de mi hijo, el amor de mi esposa, la locura de mi sobrino, los pasos perdidos de mi amigo Hetzel. Busco las preguntas que justifiquen las respuestas que he venido ofreciendo, vengo a buscar el origen de todo, el medio de transporte más apropiado para tomar la ruta de regreso al vientre de mi madre.
Aquel hombre parece eclipsar a los demás, de hecho ignoramos a los otros europeos que viajan en el mismo paquebote. A veces cruzan sigilosos y lentos, se trata de una extraña pareja, un hombre grave y pesado, un poco tosco en su carácter, acompañando y protegiendo a un muchacho frágil, silencioso y delicado, quien no pareciera capaz de soportar las inclemencias de la travesía. Pero los dos tienen el mismo brillo opaco en sus ojos, el mismo que hemos atestiguado en la mirada de Ms. Chaffanjon, una expresión que combina el deseo y la frustración. Hay un sentimiento de pérdida. Por ello se sienten extraños, con una sensación de extravío, de ellos mismos o de lo preciado y querido. Recordamos que otro europeo, asoció la idea del extrañamiento con la alienación, vinculándola en el espacio laboral, el escenario donde el hombre se realiza como ser creador. Nos referimos a un alemán, sentado en una biblioteca londinense. Mientras sus hijos mueren de pobreza, él escribe la historia del futuro, movido por el vapor que sale de las chimeneas de fábricas y mansiones, el mismo vapor que produce mercancías, máquinas, dinero y proletarios, Carlos Marx. Otro alemán, Max Weber, relacionaría después la ética del protestantismo y el espíritu del capitalismo, propiciando nuevos vínculos sociales, nuevos conflictos generados en buena parte por invenciones y máquinas elaboradas por los que siguieron el camino señalado por el francés melancólico quien ahora viaja en este barco hacia el origen del río, de la vida.
El nombre que más se repite a lo largo del territorio venezolano y con el cual se tropiezan los extranjeros a cada paso, en un recorrido como este, es el de Simón Bolívar. Esta expresión, para quienes vivimos aquí se convierte en algo tan familiar que creemos estar autorizados a usar y abusar de él, posiblemente los forasteros valoren más su significado, mucho más un admirador de los héroes históricos. Bolívar no sólo encarna los valores que hombres ficticios han transmitido en páginas noveladas, valentía y audacia. Aparte de ser un gran estratega militar y estadista, comparte una característica con Verne: fue un visionario. Pero a diferencia del escritor francés, Bolívar no sólo ideó o proyectó sus ideas a nivel teórico, las palabras que componen un texto como la ya mencionada "Carta de Jamaica" de 1815, serían suficientes para recordar al Libertador como el hombre que se anticipó a lo que sería el orden mundial del siglo XX, las organizaciones supranacionales. Lo sorprendente y notable es que durante un período de tiempo, terriblemente corto pero sublime, aquellas ideas escritas en el papel fueron realidad. Hacia el año 1826, había crecido la Gran Colombia, república que reunía en una sola nacionalidad a tres países tan iguales y tan diferentes como podían serlo los americanos y convocaba al Congreso Anfictiónico de Panamá, cuyos resultados traducidos en un tratado del cual nadie se acuerda, era la confirmación de una organización americana unida, integrada y protegida por la fuerza militar, algo así como fusionar en un solo cuerpo la OEA y la OTAN. No es extraño que el hombre de las ideas desee conocer al hombre de los hechos, o por lo menos las condiciones geográficas, tierra, clima y río, que lo hicieron germinar en este suelo.
Existen elementos adicionales comunes entre estos dos hombres. A ambos se les acusó de utópicos y soñadores, cuando en realidad se trataba de adelantados a su tiempo, individuos dotados de un sentido superior al de la mayoría, en consecuencia, incomprendidos por esta. Son personas que rescatan la acepción de la palabra utopía, no como lo irrealizable sino precisamente como aquello siempre posible. Hay que admitir que también coinciden en un estado de frustración al final de sus existencias, cada uno desde su misión en la vida, han luchado por ideales y metas, y a pesar de lograr éxitos y gloria personales, también encuentran cómo pequeñas y grandes mezquindades gobiernan el mundo. En el caso concreto de Verne, este percibe que los hombres han obtenido alas, pero en lugar de aprender a volar y apreciar la belleza del mundo, ambicionan garras para destruir a sus enemigos. De allí que se explique este viaje por el Orinoco, como un retorno a lo primitivo, al origen y no es coincidencia, Verne busca desesperadamente el Edén perdido y para ello viaja a la región más antigua de la Tierra, que al mismo tiempo se convierte en la más joven y en la última esperanza verde sobre la faz del planeta azul. Y mientras Julio Verne navega por el Orinoco, Simón Bolívar se desplaza hacia su última Itaca, por el río Magdalena, como lo cantó Gabriel García Márquez.
Otra noche salimos a cubierta, esperando un golpe de brisa en el rostro, pero todo está quieto, si existe el aire, lo cual dudamos, este llega cansado y caliente hasta nuestros cuerpos que sienten cómo las gotas recorren los costados desde las axilas, acumulándose en la espalda. Las damas agitan los abanicos, con movimientos bruscos, casi desesperados, olvidando la elegancia, mientras los caballeros tratan de espantar los diminutos insectos que se introducen en las prendas íntimas fastidiándolos. El venerable visitante francés, está en su habitación pero no duerme, pues hay luz, seguramente plasma sus impresiones en el diario de viaje que algún día reposará al lado de las memorias de sus otras extraordinarias travesías. Pero este, como ya intuimos es un viaje especial y diferente, no es el juvenil, osado y lleno de expectativas. No, se trata del viaje de la madurez, de la sorpresa medida, de la observación detallada, las minucias porque quizás sea la última de las grandes expediciones y debe ser relatada con esmero y capacidad de sorpresa.
Años después, algunos señalarán las omisiones y errores de este diario de viaje. En la introducción mencionamos que Verne puede ser considerado más el inventor que uno de los múltiples descubridores del gran río. Es cierto, por la sencilla razón de ser un creador de ficciones, es decir, un inventor de situaciones, personajes, sucesos o lugares inexistentes en la vida real. Las inconsistencias geográficas y exageraciones en algunas descripciones son ciertas, pero acaso es algo malo? O por lo menos contrario a la misión del escritor? No lo es, por el contrario, el creador así se base en un hecho, persona o sitio real, debe mantener abierta la puerta a la llamada "loca de la casa", la imaginación, puede concederse licencias y libertades mientras cumpla el contrato que invisiblemente ha firmado con su contraparte, el lector. Además si existe una característica intacta en toda la novelística de Verne, es su capacidad de invención.
Se afirma que es erróneo hablar de miles de quelonianos, semejantes a ríos paralelos, bajando con el curso del Orinoco, pero nosotros los hemos visto, llevaban sobre sus caparazones a otro par de aventureros franceses que disparaban sin cesar para no ser arrollados por la embestida. Imagino que para quienes en el futuro, han dejado de maravillarse con la presencia de estos animales, por sustracción de materia, sea descabellado imaginar si quiera, una gigantesca tortuga de río, hecho que comprueba el temor de Verne, al señalar el peligro de extinción que corría dicha especie, por la acción desmedida de los hombres.

REGRESO TRAS EL CREPUSCULO.

El viaje que habría durado normalmente varios meses, sólo ha parecido una jornada placentera, tranquila, reposada de un hombre en el ocaso de su vida, iniciada un día cualquiera, al despertar en la mañana con el balance de su vida sobre el escritorio, encarnado en forma de libros simulando ser cofres con misterios, baúles con mapas de tesoros, o féretros desocupados. Libros cerrados que al abrirse dejan escapar cientos de barquitos de papel, endebles naves que aspiran a remontar los mares salados y dulces. En este carnaval de origami salen volando figuras extrañas, alguna llegará hasta la luna, otra caerá por la boca de un volcán apagado hasta reposar en el mismo centro de la Tierra y por último alguna se convertirá en la alfombra mágica que transporte a su creador hacia el Nuevo Mundo.
Hemos descendido en San Fernando de Atabapo y mientras el "Simón Bolívar" comienza a surcar los territorios colombianos por el río Meta, sus ocupantes tomamos direcciones opuestas. Decidimos regresar, pues ya nos hemos ausentado lo suficiente en distancia y tiempo. Además, a pesar de nuestra insistencia, el viejo explorador nunca admitió su identidad, pero nos ha dejado una pista al afirmar que esta tierra tiene aroma de loto en el aire, "nos hace perder la memoria a quienes lo aspiramos, y asumimos como actores en el teatro de la vida, diferentes roles, máscaras, nombres".
El respetable anciano en compañía de sus compatriotas, arrienda embarcaciones ligeras con tripulación y provisiones para afrontar el reto de llegar hasta el nacimiento del río en medio de la región amazónica. Esperamos que encuentren los motivos de su búsqueda, las personas queridas extraviadas, los objetos perdidos de la infancia, las razones para seguir viviendo.
Nuestra embarcación se ha transformado en una estructura metálica, con motor fuera de borda y empezamos a ganarle terreno al tiempo recorrido. Las olas fluviales nos traen una multitud de noticias que salpican nuestros oídos: Un aventurero renuncia a su propósito de realizar un viaje en globo alrededor del mundo, Lisboa se prepara a recibir al mundo para que éste se vea reflejado en el espejo de la última feria universal, en donde el telón se abre dejando al descubierto el auditorio Julio Verne. Mientras tanto un incendio forestal del tamaño de una isla, avanza sobre el Roraima brasilero, no muy lejos del venezolano, buscando las hojas de una novela escrita sobre la corteza de los árboles, en la coraza legendaria y eterna de las tortugas, en la espalda cobriza de los indígenas. Llegamos a una tierra, donde los adultos en coro acusan a un niño de ser el culpable de todas las calamidades humanas, a un niño huérfano que en su rebeldía viaja atravesando el Océano Pacífico, irrigándolo con el calor de la ira y del dolor, pero los adultos olvidan su contribución a las calinas que se levantan como humaredas de chimeneas inexistentes, tejiendo una cortina que oculta los atardeceres que los enamorados solían ver desde el paseo Orinoco.
Hemos hecho el viaje inverso, mientras regresamos al universo que Verne contribuyó a inventar con sus maravillas tecnológicas, sus naves raudas, él decide internarse en la vorágine de la selva, rehuyendo a la civilización, imitando a los primeros europeos que se aventuraron a cruzar el mar en busca de América, desde Erik el Rojo, semidios de la mitología nórdica, pasando por los navegantes del Mediterráneo, que buscaban encontrar un mar con un azul más inquietante, menos indolente, más sudoroso, el del Caribe. Es uno más de los miles de migrantes, pobres y desolados seres, obligados a cortar las raíces que los unían a otras tierras para buscar la olla de oro al final del arco iris.
Verne escapa en dirección al nacimiento del Orinoco, disfrazado de explorador busca a su padre, el abogado Pierre que arrepentido de obligar a su hijo mayor a seguir sus pasos, decidió exculpar sus remordimientos fingiendo ser un misionero español; también desea hallar a su hijo, al que le perdió la huella por encontrarse muy ocupado escribiendo cientos de líneas en la buhardilla de su casa. Pero ante todo desea encontrarse a sí mismo, a un hombre realmente convencido de lo que ha predicado, quizás sólo encuentre la duda, la convicción de la incertidumbre, el interrogante esperando al final de la línea evolutiva del hombre, la misma que Darwin trazó con los diversos individuos que han poblado este mundo, desde nuestros abuelos y padres hasta nosotros mismos, condensados en el homo ignotus, ser que avanza lentamente como un Atlas sin fuerza, presa de miedos y complejos, como el de Eróstrato, incendiando bosques para alcanzar la celebridad del dinero y el poder.
El señor Verne hizo bien en decidir volver al nacimiento del mundo, posiblemente escuchó el emocionado tono de Colón, cuando afirmó que ese río provenía desde el mismo paraíso. No se equivocó, el edén es según nuestra creencia lo primero. Hoy algún científico saca el instrumento, híbrido entre reloj y regla, con el cual mide el tiempo y la edad de las cosas y afirma que el Macizo Guayanés es la formación geológica más vieja del mundo. Una lágrima eterna que conjuga todas nuestras tristezas se desprende del Auyantepuy, refugio del diablo, donde posiblemente el bajísimo aguardaba con su lamento de arrojado a la madre naturaleza para arrastrarla en su dolor y deseo de venganza. Satanás, otro exiliado, rebelde autojustificado que esconde su ambición en un manto de palabras, retórico sin igual que denuncia la monarquía celestial, como un reino injusto, mientras él mismo esconde como revolucionario jacobino la guillotina del terror. Si bien el paraíso dejó de serlo para convertirse en un extenso valle de lágrimas y sudores, la belleza natural del entorno quedó intacta, el arco iris, cuyo final era tan afanosamente buscado por los europeos, ha derramado todos sus colores sobre las diversas formaciones de este pedazo de mundo. Un museo viviente, que se encuentra amenazado por los pirómanos, quienes ascienden desde los predios del Pandemónium para reforestar con árboles de fuego la extensa Sabana.
Don Julio, como podemos llamarle en confianza, quizás busque el otro tesoro que los conquistadores pretendían encontrar en estas tierras. No sólo era El Dorado, con su promesa de oro líquido para bañar los cuerpos, sino la fuente de la eterna juventud, un río que le hiciera recuperar a quien bebiera de su ser, la infancia perdida, esa parte de la vida con sueños sin precio, sin dinero en los bolsillos pero con un capital infinito en sorpresas. Un río con el poder de volver a la infancia del hombre y del mundo, a un sitio en el cual pueda refugiarse de lo necesario y aceptado, con la capacidad de lo imposible, de lo utópico, un río que al espectador le haga exclamar: !Soberbio!

Dixon Moya.
Ciudad Guayana, Venezuela, enero de 1998.

Bogotá, Colombia, noviembre de 2001.

Classics Illustrated: Twenty Thousand Leagues Under the Sea

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The adventures of Captain Nemo and his captives and crew on his submarine, the Nautilus.Classics Illustrated tells this wonderful tale in colorful comic strip form, providing an excellent introduction for younger readers. Also includes theme discussions and study questions.