JULES VERNE

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jueves, 17 de marzo de 2016

La lectura, esa distinción

La lectura, esa distinción 
Fuera del huacal ¦ Por Fernando Iwasaki
 
Tiendo a creer que ciertas estadísticas terribles para España podrían ser más horrísonas todavía en América Latina. Los índices de lectura, por ejemplo, que en España están por los suelos y en Sevilla por los subsuelos. ¿Sería justo afirmar que si en España se lee poco, en Perú o México se leerá incluso menos? Las cifras de venta no tienen por qué ser los únicos indicadores de la lectura, pues nadie realiza el mismo escrutinio entre los lectores de bibliotecas universitarias y públicas. Y luego está el asunto de la piratería, que en América Latina supone un universo de lectores imposible de mensurar. Las editoriales sí saben cuánto dinero les hace perder la piratería, pero nadie sabe cuántos lectores existen gracias a la piratería.
El caso es que el Gremio de Libreros de España ha difundido unas cifras escalofriantes. A saber, que en el último año cerraron 912 librerías a razón de dos por día. Si extrapolamos esa investigación a Andalucía los resultados serían igualmente desoladores, pues hemos perdido 162 comercios especializados. En toda Andalucía subsisten 441 librerías, que en función de nuestra población indican que contamos con 5,2 librerías por cada cien mil habitantes. ¿Será que los andaluces leen más eBooks o son usuarios de bibliotecas públicas? Tampoco, porque en enero pasado el cis reveló que el 35% de los españoles jamás lee libros en ningún formato y en Andalucía esa cifra se eleva hasta alcanzar el 56%. Por tanto, aparte de la crisis y otros factores derivados de la precariedad económica, hay que admitir sin complejos que la lectura sólo le interesa a una minoría cada vez más raquítica.
No deseo entonar la típica letanía al uso. Más bien, me gustaría reconocer todo lo que tengo en común con mis compañeros de minoría. Es decir, con los lectores de ficción y de ensayo, poesía y teatro, historia y sociología. Con los lectores de best sellers y de worst sellers, dragones y detectives, biografías y memorias. Con los lectores de izquierdas y de derechas, mística y teología, ciencia y filosofía. Con los lectores de cómics y de fanzines, diccionarios y enciclopedias, diarios íntimos y cuentos infantiles. A quienes llevan un libro en las manos siempre les atribuyo una vida poderosa y fascinante. Soy un prejuicioso —lo admito—, mas no puedo evitar tener un concepto más alto de las personas que leen. Las mujeres que sacan un libro de su cartera —como Ana Karenina— siempre me parecen más bellas, sofisticadas y misteriosas que las que salen con ropa deportiva de los gimnasios.
Creo que rasgarnos las vestiduras por la escasez de lectores no conduce a nada. ¡Celebremos a los lectores que existen! Gracias a una entrevista descubrimos que Paco de Lucía leía en su casa de México un promedio de cincuenta libros anuales y que la muerte le sobrevino con una novela de Dickens por terminar. Admiré al músico que fue Paco de Lucía, pero me descubro ante el gran lector que era.
Guardo en casa como un tesoro los dos tomos del Diccionario Enciclopédico Ilustrado de la Lengua Española que don José Alemany y Bolufer publicó en Sopena sobre los años treinta del siglo xx. Mi edición perteneció a mi padre, quien la compró cuando se recibió de teniente y lo mandaron a un pueblo remoto de los Andes donde vivió cuatro años. Me lo imagino a sus veintipocos años leyendo al azar las entradas de su diccionario a la vera de una lámpara de gas. El mismo diccionario que desde niño leía yo también para saber quiénes fueron Anteo y Polinices, qué era una gaveta o un regojo y por qué lo cerúleo era azulado. En La isla misteriosa de Julio Verne leí que los náufragos cazaron un “onagro”, animal que no supe si era más antílope que búfalo. Mi padre me mandó al Sopena para que no fuera un onagro y así descubrí una nueva variedad de burro.
Para qué nos vamos a engañar. Leer no nos hace mejores, pero sí distintos. Y los que leemos advertimos la diferencia.
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