JULES VERNE

JULES VERNE

jueves, 24 de marzo de 2016

La insólita ciencia de Jules Verne

Crónica bez. Ciencia

Jaime Fernández

Periodista científico, fascinado por la ciencia porque, "junto con la empatía, es lo que nos ayudará a dejar un mundo mejor"
@jaimeperiodista
Jaime Fernández

La insólita ciencia de Jules Verne

El 24 de marzo se conmemora la muerte de Jules Verne, el principal representante de la literatura científica. Por las miles de páginas que escribió circulan inventos de todo tipo, desde el cine sonoro hasta el submarino, la televisión e incluso un Internet prehistórico.
Para algunos autores, Verne era un iluminado, miembro de logias conspiranoicas y de ahí vendrían sus predicciones, pero la realidad es que el escritor francés era un maestro en el uso de enciclopedias y de revistas con los conocimientos adecuados.
Cuando la poetisa Wislawa Szymborska ganó el Premio Nobel de Literatura, en su discurso de aceptación afirmó que tenía en alta estima “dos pequeñas palabras: no sé; pequeñas pero con potentes alas, que nos ensanchan los horizontes hacia territorios que se sitúan dentro de nosotros mismos”. El desconocimiento es la base primigenia de toda la ciencia y, como es evidente, nadie puede saber de todo, ni siquiera Jules Verne. Dice el matemático David Pérez García que “muchas veces lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe”.
 
 
 
 
Era un maestro en el uso de enciclopedias y de revistas con los conocimientos adecuados
En 1895, la periodista Marie A. Belloc tuvo la suerte de visitar la casa de Verne para realizarle una entrevista, y allí pudo ver su extensa biblioteca. Según la reportera, la habitación estaba llena de estanterías con libros desde el suelo hasta el techo y en el centro había una larga mesa que se hundía bajo el peso de periódicos, revistas e informes científicos cuidadosamente ordenados. A ellos se les unían, también en orden, las cerca de veinte mil notas que el escritor había ido escribiendo y reuniendo a lo largo de toda su vida.
En esa misma entrevista Verne reconoce sentirse afortunado por haber nacido en una época de “descubrimientos extraordinarios y quizás, incluso más, invenciones maravillosas”. En sus respuestas le quitaba importancia al hecho de que muchas de sus creaciones literarias ya se hubieran hecho realidad, incluso en vida, y lo achacaba a que estaban basadas en toda la información que conseguía recabar de diversas fuentes.
Un sueño transoceánico
Entre los inventos imaginados por Verne no realizados y que es probable que nunca lo sean está el tren que circula por debajo del mar desde Boston hasta Liverpool en el cuento Un expreso del futuro.
Para lograr la hazaña, los trenes se moverían por grandes tubos de aire comprimido, una idea lanzada a principios del siglo XIX por el inventor británico George Medhurst, que se utilizó durante bastante tiempo para enviar paquetería de un lugar a otro en distancias cortas. En el cuento verniano el invento se aplica para crear lo que parece una enorme cerbatana que transportará a los pasajeros a 1.800 kilómetros por hora. Mucho más que un avión comercial moderno, y algo menos que los 2.179 kilómetros por hora que podía alcanzar el Concorde.
Al igual que con ese avión, el cuento de Verne acaba en drama, cuando el pasajero protagonista nota, una hora después de comenzar su viaje, que el agua está empezando a colarse en el tren. Y justo cuando espera que el transporte reviente por la presión submarina, se despierta de lo que no había sido más que una pesadilla científica.
Entrometidos
Entre sus libros más conocidos sobre la capacidad asombrosa de la ciencia están De la Tierra a la LunaViaje al centro de la TierraLa casa de vapor y 20.000 leguas de viaje submarino, pero no todo en sus libros era una ciencia exacta y extremadamente seria. El autor francés también se permitía  derroches de imaginación y de sátira.
En La caza del meteoro Verne parodió a los astrónomos aficionados más acérrimos, a los que están empeñados en observarlo todo para poner su nombre a cualquier cuerpo celeste. Es seguro que el escritor era consciente de la importancia que tienen este tipo de astrónomos para el avance de la ciencia, pero quiso mofarse un poco de la obsesión de dos americanos con el tema, un juez y un simple aficionado.
 
 
 
 
No todo en sus libros era una ciencia exacta y extremadamente seria
Según la novela, Dean Forsyth sólo trabajaba en una cosa, “en la astronomía, pero no en esa que aborda los cálculos relativos a los cuerpos celestes, sino simplemente en la búsqueda de descubrimientos planetarios y estelares”. Describe a Forsyth como un tipo ensimismado, porque “nada de lo que pasaba en la superficie de nuestro globo le parecía de interés, vivía en los espacios infinitos”.
Según avanzan los roces entre los dos protagonistas, la prensa se hace eco de su loca lucha por la caza de un meteoro y Verne se inventa una crónica de la revista británica satírica Punch en la que se preguntan si “no hay hasta demasiados auténticos sabios que se meten en lo que no les importa y se introducen indiscretamente en las zonas intraestelares”.
La caza del meteoro acabará en chasco, tras la desaparición de este al llegar a la Tierra, aunque los protagonistas no desisten de volver a intentarlo, porque se despiden no con un adiós, sino con un hasta la vista.
El medio de transporte global
Volviendo a los inventos no realizados, tampoco es factible hoy en día, el Espanto, una máquina prodigiosa que aparece en Dueño del mundo. En el libro se explica que el Espanto es a la vez automóvil, barco, submarino y máquina de aviación, capaz de cambiar de uno a otro de manera casi instantánea.
Se ha ideado un prototipo convertible, pero que utiliza el coche como una carlinga principal a la que se le van acoplando extras para conseguir esa versatilidad. Y también están los famosos coches voladores que llevan años llegando a nuestras vidas, pero que no terminan de hacerlo.
La forma del Espanto se parece a esos coches, construido de aluminio, “con la proa más aguda que la popa, aunque con las alas fabricadas con una sustancia desconocida”. Según Verne, la propulsión de ese invento se debe a dos turbinas de vapor que diseñó el ingeniero Charles Parsons en 1884.
Al igual que en los ejemplos anteriores, el Espanto también acaba en tragedia, destruido por un rayo a más de 1.000 pies de altura, cayendo al mar desde esos 300 metros de altura y acabando así con su creador y piloto.
La invisibilidad
A raíz del éxito de El hombre invisible de H. G. Wells, Verne decide escribir su propia obra sobre ese fenómeno, será El secreto de Wilhelm Storitz, que no verá la luz hasta años después de su muerte. Con Wells, Verne mantuvo un pique dialéctico bastante interesante para ver quién se encumbraba como principal icono de la literatura científica, y mientras Verne pensaba que su oponente tenía demasiada imaginación, Wells acusaba al francés de su escasa capacidad predictiva a largo plazo.
Si el hombre invisible de Wells utiliza la refracción de la luz para no ser visto, el de Verne aprovecha la electricidad y los rayos Roentgen, más conocidos como rayos X. El escritor francés no ahonda en cómo consigue conjugar esos dos elementos para conseguir la invisibilidad y de hecho ese es el secreto del título de la novela.
 
 
 
 
El hombre invisible de Verne aprovecha la electricidad y los rayos X
Lo que está claro es que no necesita de grandes laboratorios, porque Wilhem Storitz consigue hacer desaparecer a una joven en la iglesia donde va a contraer matrimonio, así que hay que presuponer que basta con el simple contacto o con la aplicación de alguna sustancia química. El final, como es de esperar y una vez más, también es dramático, y solo la muerte devuelve la visibilidad.
Hoy seguimos muy lejos de algunos sueños vernianos, pero viendo que el resultado casi siempre es trágico, quizás lo mejor será avanzar paso a paso. Y si no somos capaces de crear sus inventos, al menos podremos disfrutar de sus divertidas y sugerentes novelas.
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