JULES VERNE

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jueves, 17 de marzo de 2016

El eterno Adán

El eterno Adán

Solemos pensar que la desaparición de la raza humana dejaría reliquias imposibles de obviar para futuras generaciones de investigadores. Sin embargo, muchos especialistas opinan que el fin de una civilización próspera podría pasar inadvertida de la noche a la mañana
Por Leonardo Vintiñi – La Gran Época
Sab, 8 Dec 2007 04:17 +0000
 
“Como fuere, después de la catástrofe nada había quedado de su obra, y el hombre se vio obligado a retomar su ascensión, hacia la luz, desde el pie de la montaña. (…) Desgraciadamente, está claro que la humanidad -de la que somos sus únicos representantes- va en camino a una veloz regresión y tiende a aproximarse a lo animal”
Fragmento de “El eterno Adán”, Julio Verne
Con porte sombrío, escalofriante y desolador, probablemente no exista en el mundo una ciudad más apropiada que Pripyat, en la ex Unión Soviética, para adivinar el futuro que a mediano plazo se encuentra destinada a sufrir una urbe próspera, abandonada a los designios del tiempo y de la naturaleza. Tal como congelada en los días de la vieja Rusia, la ciudad aledaña a la planta nuclear de Chernobyl aún conserva pupitres de clase mirando hacia pizarras escritas, enormes edificaciones desiertas y parques de diversiones fantasmales; pero por sobre todo, Prypiat se encuentra acosada por una tímida e incesante intromisión de la maleza y del mundo salvaje hacia el “escombrozo” corazón de lo que alguna vez fuera uno de los asentamientos urbanísticos más prometedores del Europa.
Así como en Chernobyl, el estado de completo abandono de muchos lugares ubicados en Bielorrusia, España, Japón y otros puntos del planeta por motivos de las índoles más diversas, lleva a los científicos a proyectar cual sería el impacto biológico y social sobre la civilización humana en un futuro cercano ante el imparable desarrollo de la contaminación ambiental, y cuántos años tardaría el planeta en borrar nuestro orgulloso legado tecnológico si la posibilidad de que el auto-exterminio del hombre se convirtiera en una realidad inevitable.
Según Alan Weisman, profesor de periodismo científico de la Universidad de Arizona y colaborador de publicaciones como The New York Times, si la raza humana se esfumara de la noche a la mañana, los indicios de la civilización que con tanto esfuerzo logramos erigir, comenzarían a degradarse a un ritmo mucho más veloz del que la mayoría de la gente se imagina. Las ciudades serían devoradas por la selva, los indicios de civilización corroídos y, probablemente en menos de un solo milenio, una futura generación de seres pensantes no tendría manera de distinguir a ciencia cierta si antes de su civilización los hombres conducían automóviles y levantaban rascacielos o si habían sido siempre cazadores nómades abrigados con taparrabos.
Con la colaboración de decenas de especialistas en biología, ecología, e ingeniería, Weisman logró plasmar en el Best Seller 2007 “The world without us” (El mundo sin nosotros) el inhóspito futuro de las ciudades modernas en los días, años, y décadas posteriores a la desaparición del hombre.
Según los científicos, desde el primer día en que la Tierra se librase del hombre, los cambios comenzarían a tomar color. “Muy rápidamente (en 24, o tal vez 48 horas) comenzarías a ver apagones debido a la falta de combustible en las centrales de energía” afirma Gordon Masterton, presidente de la Institución de Ingenieros Civiles del Reino Unido. La polución lumínica que amenaza la oscuridad nocturna sobre las ciudades empezaría a formar parte de la historia. Las más de 400 ciudades abastecidas con energía nuclear en el mundo podrían prolongar su servicio hasta por una semana más, pero luego de que los sistemas de refrigeración comenzaran a fallar, los reactores terminarían por fundirse, liberando lentamente a la atmósfera toneladas y toneladas de material radioactivo. Así, aunque la atmósfera tardaría mucho tiempo en restituirse a su grado elemental, la Tierra comenzaría a regirse, una vez más, por los ciclos solares naturales.
La decadencia
En poco más de un año, el aspecto de las ciudades donde día a día transitaban miles de personas, ya presentaría un aspecto bastante diferente al actual. La vegetación comenzaría a invadir las propiedades, surgirían grietas en el pavimento y algunas especies arbóreas de crecimiento rápido como el ailanto empezarían a destruir los cimientos de las calzadas y los edificios. Las raíces de las plantas se infiltrarían entre los marcos de las puertas, ductos de electricidad y bajo los cimientos edilicios.
En términos generales, los ingenieros suelen estipular que bajo un estricto control de mantenimiento, las construcciones de las ciudades modernas gozan de un período de duración máximo de 60 años antes de que los techos y las paredes de las edificaciones comiencen a desplomarse por el propio peso del hormigón y el impacto anual de la naturaleza. Asimismo, la supervivencia de los puentes se ve limitada a poco más de un siglo, y la de las represas (proezas máximas de la ingeniería), podrían dar su último adiós a no más de 2 siglos y medio del inicio de su funcionamiento. Teniendo en cuenta que una catástrofe repentina anulara toda ayuda inteligente al mantenimiento de tales infraestructuras, la decadencia de las grandes polis se vería acelerada vertiginosamente.
Las edificaciones modernas, abandonadas a las inundaciones, tormentas, congelamientos y corrosión de sus materiales, terminarían por desplomarse en pocos años, para luego comenzar a ser “ingeridas” por el suelo de la Tierra y el incesante avance de vegetación; nuestros monumentos y herramientas serían historia del pasado.
Paradójicamente, con el correr de un siglo, ciudades tan desarrolladas como Buenos Aires, Nueva York o Madrid podrían envidiar el estado de conservación que aún poseen las ruinas mayas, privilegiadas por ser erigidas totalmente en un material mucho más resistente al paso del tiempo que los actuales edificios de hormigón: la piedra.
Los fósiles del futuro
Ante un panorama tan contrastante con la concepción general de que el legado tecnológico humano haya alcanzado un grado de desarrollo imposible de borrar de la faz de la Tierra, los científicos pueden asegurar que, a excepción de algunos artefactos de cerámica, vidrio o aleaciones especiales, todo rasgo de la existencia de una cultura desarrollada podría parecer cosa de ciencia-ficción en sólo un par de milenios. De igual forma, la lógica de razonamiento impone analizar cuán posible es que la arqueología moderna pueda pasar por alto indicios de civilizaciones previas al actual ciclo de civilización humana, con un grado de desarrollo tecnológico tal, que los historiadores se vieran obligados a reescribir nuestros textos de enseñanza escolar desde la primera página. Así como Alan Weisman y un ejército de especialistas demuestran que los cimientos más sólidos de nuestras urbanizaciones podrían volver a ser tierra en menos de lo que canta un gallo, los mismos investigadores podrían caer en un error fatal al pasar por alto la posibilidad de que una antigua urbe futurista no pueda alojarse hoy entre los estratos de, por ejemplo, el centro del frondoso Amazonas.
Aún así, muchos especialistas de las ramas más conservadoras de la ciencia cuestionan la falta total de indicios a la hipótesis de que razas tecnológicamente desarrolladas pudieran haber habitado el planeta antes que nuestra actual civilización. Sin embargo, hasta el presente, muchos arqueólogos e investigadores aficionados han descubierto varios cientos de artefactos, edificaciones y obras de arte de un valor tan alto y una antigüedad datada tan remota, que las posibilidades de que el mundo haya visto el auge y la decadencia de distintas humanidades más de una vez, ha comenzado a tomar peso entre el círculo de catedráticos de todo el mundo. El reactor nuclear de Oklo, en la República de Gabón, la miniatura de aeroplanos encontrados en Saqqãrah, Egipto, o las pinturas rupestres descubiertas en La Marche, Francia, pueden ser unos de los cientos de factores lícitos necesarios para replantear la historia de la humanidad tal y como la conocemos. Probablemente, la humanidad pueda ser ahora analizada desde un punto de vista más cíclico que lineal, considerando eternos puntos de partida desde unos pocos sobrevivientes a las catástrofes planetarias; considerando eternos puntos de partida, para un eterno Adán.
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