JULES VERNE

JULES VERNE

lunes, 4 de enero de 2016

Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne

Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne 7

Siempre será polémico opinar cuál es la primera novela de ciencia ficción. ¿Shelley, Wells, Verne? Por ahí van los tiros. Pero entre las cinco que aspiran al título figura, sin duda, Viaje al centro de la Tierra (1864).

Fue la segunda entrega de los
Viajes Extraordinarios y en ella encontramos perfecta y deliberadamente definidos algunos tropos de la ciencia ficción. Fundamentalmente, el relevo del héroe romántico por el tecnohéroe y el recurso a la ciencia como coartada para caracterizar un universo alternativo. Vean, hasta Verne, la cueva fue un leit motiv siniestro, oscuridad, caos, incertidumbre, asfixia… En el Viaje al centro de la Tierra, la mirada sobre la cueva –sin perder del todo esa sombra romántica- es positivista, científica. Son lavas, feldespatos, granitos, edades geológicas sucediéndose como peldaños de una escalera.
Es una historia inmortal, junto con Héctor Servadac, la mejor de Verne y de las pocas que he leído en versión no extractada para jóvenes (putadón inolvidable el día que descubrí que Bruguera nos daba gato por liebre). De este modo, uno da de bruces con una novela muy moderna, best-sellera en la mezcla de elementos. Combina acción y amenas confrontaciones científicas, descripciones logradas y tensión, y hasta un enigmático alquimista que, a modo de Virgilio, ha de guiarnos al pasado geológico de la Tierra. Un excelente relato que se lee de un tirón.
El argumento es oro puro. Mensaje cifrado de un hereje, sabio alemán dispuesto al martirio por el progreso de la cristalografía, detallada excursión por una pintoresca sociedad boreal, curso de espeleología avanzada, aventura jurásica en la laguna Estigia. Después del éxito que fue Cinco semanas en globo, y a la vista del manuscrito de la novela, Henzel, el editor, debió suspirar media hora seguida: acababa de dar con un filón literario de los que aparecen cada trescientos años. Una mezcla de Redes y Al filo de lo imposible.
Detengámonos en Islandia un momento. Es evidente que en su origen la obra debe mucho a la narrativa de viajes, tan popular en las revistas ilustradas de la época. Verne conocía personalmente la zona, que recorrió unos años antes. Es decir, estamos ante una novela muy pensada, detallada, con visos de documental o reportaje periodístico. De hecho, creo que aún hoy el Viaje es una referencia obligada para conocer el día a día de los hoscos islandeses del XIX, su paisaje, su cultura.
Sigamos. Más ingredientes de la receta Verne: el elemento esotérico. El propio Axel Lidenbrock nos lo recuerda, cuando en vísperas de descolgarse Snaeffels abajo se refiere a la motivación alquímica del viaje de Sacknussemm al centro de la tierra. En el prólogo de la edición de Alianza Editorial, Miguel Salabert nos ofrece un correlato alquímico de las diferentes etapas del viaje. ¿Es el viaje una relectura de la tradición masónica-esotérica a la luz de la ciencia positiva? Salabert no se moja y creo que acierta, pues más allá de la más que previsible afiliación de Verne a la francmasonería (de lo que habría que hablar con calma), ¿qué viaje al seno de nuestra madre tierra no suscita una avalancha de simbolismos, desde los Rosacruces a La Eneida, de Dante a Gigamesh, de Freud a Jiménez del Oso?
Sin embargo, creo que esta lectura en clave esotérica, aunque legítima, cae fuera del tiesto y debe más a Roland Barthes y a las teorías de pluralidad significante que a la pura intención de Verne. ¿Qué algo hay? Sin duda. Verne no era idiota. A buen seguro sabía que al novelar un viaje al interior de la tierra se metía de lleno en un universo simbólico muy denso. De ahí, por ejemplo, los sueños premonitorios de Axel, sus miedos arquetípicos que han hecho las delicias de los lacanianos, su propia maduración como héroe, Axel Lidenbrock, de llorica comilón, novio sosainas de la “bella vinlandesa”, a abnegado dinamitero de volcanes atascados.
Pero de largo, el mayor interés del texto estriba en que es una delicia para adentrarse en la historia de la ciencia de mediados del XIX. El Viaje al centro de la Tierra abunda en las teorías coetáneas sobre geología, vulcanología, climatología, paleontología, cosmología (aunque ni una alusión al darwinismo, por cierto, que ya empezaba a conocerse en Francia). Y puestos a practicar divulgación científica, Verne es sencillamente el mejor. Instruir deleitando.
Realmente es difícil casar el ritmo de la novela de aventuras con la pedagogía. Creo que en esto siempre se ha ninguneado a Verne. Un ejemplo. En paralelo al Viaje me leí Moby Dick, con sus continuas digresiones irónico-didácticas. Echándole pundonor, me acabé el primer tomo de Melville. Moby Dick es plúmbeo y obsoleto, el Viaje ligero y moderno como un gazpacho.
Durante muchos años, se le criticó a Verne una prosa ramplona. A mi me parece simplemente eficaz, y en algunos pasajes, como la descripción de las tripas del mundo, brillante. Otra cosa son los personajes, siempre planos, previsibles y sin dobleces. En efecto, no es Verne un gran cincelador de la psique humana.
Ni de los finales. La verdad que el final del Viaje es bochornoso. Una balsa que sube por las gargantas del Stromboli. Parto expulsivo de clase volcánica solventado a la manera de un rafting entre lavas. Dichosa manía del happy end con ribetes rosas; como no puede ser de otra forma, Axel se casa con su “bella vinlandesa” y hereda de su tío la gloria mineralógica.
Con todo, ¡qué cantidad de claves, temáticas y situaciones arroja el Viaje al centro de la Tierra! No me extraña que los estructuralistas perdieran la chaveta. Buena de verdad, el padre de los bestsellers y la madre de la ciencia ficción.
Durante muchos años la admirable Historia de la Literatura Universal, de Valverde y Riquer, fue mi libro de cabecera. Pero contenía un nauseabundo gazapo; ni una sola alusión a Verne. Ni una. Que no vuelva a pasar.
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