JULES VERNE

JULES VERNE

martes, 31 de marzo de 2015

VIDEO MALO


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Nota del editor: se pone como información, el pasticho y los disparates que se dicen allí reflejan ignorancia, mala información.

La idea del ascensor espacial y un pionero: Konstantin Tsiolkovsky

Programa 393

Emitido el 04 de marzo de 2015, puede descargarlo desde Archive.org aquí:
O escucharlo aquí:



Tratamos los siguientes temas:

- La idea del ascensor espacial y un pionero: Konstantin Tsiolkovsky.
Nota del editor: en esta parte del programa de radio, se menciona a Jules Verne,su relación con Konstatin, recomiendo oir esta parte, lo demás  son temas  de astronomía, estos Podcast lo posteo en mi blog de Astronomia, http://allan-astronomia.blogspot.com los sábados en la noche despues de la 7 de la noche HLV
- Un cuásar 420 billones de veces más brillante que el Sol iluminó el cosmos en su infancia.

- Rusia seguirá en la ISS hasta 2024.

- Recordamos la sonda espacial Ulysses.

- La bóveda del fin del mundo: el depósito de semillas más grande del mundo.

ILUSTRACIÓN

Jules Vernes Window by ~Isiriel

Thomas Weaver
Thomas Weaver • Hace 27 semanas

Jules Vernes Window by ~Isiriel

Los Hijos Del Capitan Grant De Julio Verne Con 250 Ilustrac.

Libro Julio Verne De La Tierra A La Luna

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Obras Completas Julio Verne - Publicidad Y Ediciones 1987

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Yate galo Celephais 2 interrumpe su vuelta al mundo en Magallanes

Yate galo Celephais 2 interrumpe su vuelta al mundo en Magallanes

Las reparaciones que se realizan en el astillero Olvol, ubicado en Leñadura, contemplan el reemplazo de planchaje a los costados y confección de barandas.

2 de marzo de 2015

Desde que en 1873, el célebre dramaturgo francés, Julio Verne, revolucionara al mundo con su novela “La vuelta al mundo en 80 días”, miles de navegantes y amantes de la aventura en el mar, han decidido replicar el viaje que Phileas Fogg y su sirviente Picaporte, vivieron cuando ambos se embarcaron a cumplir con esta titánica apuesta.
A 141 años de la creación del libro y con los avances tecnológicos, el desafío ya no tiene como fin realizar el periplo en tan poco tiempo, sino más bien, realizarlo con tranquilidad. Con esa finalidad fue que, el 13 de septiembre de 2014, el francés Patrick Albraan (66), decidió dar vida a un gran viaje de placer en su yate Celephais 2, zarpando en soledad desde París para circundar el globo.
Una gran experiencia que claramente, enriquecería lo ya logrado en la decena de viajes que lleva a cuestas, con travesías a lugares tan disímiles como Islandia, Groenlandia, Canadá, Inglaterra, Alemania, Holanda, Italia, Grecia y Marruecos.
En esta última apuesta, su itinerario ha comprendido miles de kilómetros, pasando por España, Portugal, Canarias, Brasil, Uruguay, además de Argentina, hasta llegar a nuestro país, donde hoy Punta Arenas ha sido su parada obligada desde su arribo el 12 de febrero.
Astillero Olvol
Daños en el yate cuando llegó a nuestra región, han provocado preocupación en el aventurero quien ya completa hoy 169 días desde su salida del país galo y debe esperar al menos una semana hasta ver reparado su embarcación, que es revisada en el astillero local Olvol.
Se podría pensar que en el intertanto, Patrick ha podido conocer la ciudad y rescatar aspectos de interés que sirvieran de anécdota en su paso por este confín del mundo, pero lejos de eso, señala que su única preocupación es que reparen el navío, cuyo nombre se inspiró en la ciudad de una novela de ciencia ficción, creada por el escritor norteamericano H. P. Lovecraft, en 1920. 
El yate fabricado en acero, tiene una eslora de 12,65 metros, una manga de 4,28 metros y un puntal de 2,5 metros, con todas las comodidades que, según indica su dueño, son las necesarias para realizar los viajes. 
Las reparaciones que se realizan en el astillero, ubicado en Leñadura, contemplan el reemplazo de planchaje a los costados y confección de barandas. Una vez terminadas, este aventurero seguirá su viaje rumbo a Puerto Montt para enfilar posteriormente a su principal destino, Francia.

LA JORNADA DE UN PERIODISTA AMERICANO EN EL 2889 Julio Verne Editorial: GADIR Año de edición: 2014

LA JORNADA DE UN PERIODISTA AMERICANO EN EL 2889

http://www.troa.es/libro/la-jornada-de-un-periodista-americano-en-el-2889_785558

Vintage movie stills: Disney's 20,000 Leagues Under the Sea

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El primer encuentro de Julio Verne y Alejandro Dumas

El primer encuentro de Julio Verne y Alejandro Dumas

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Alejandro Dumas y Julio Verne
Alejandro Dumas y Julio Verne
En 1847 un joven Julio Verne de 19 años se traslada de Nantes a París para comenzar sus estudios de derecho, siguiendo el deseo paterno. El sueño de ese joven provinciano era, sin embargo, llegar a convertirse en un gran dramaturgo y dedica más desvelos a la escritura que a los estudios. Durante esos primeros años la situación económica de Verne era precaria, pasaba hambre y, para colmo, el poco dinero del que disponía lo invertía en comprar libros y en asistir a tertulias literarias. En una de esas tertulias conocería a Alejandro Dumas padre, que por entonces ya se había convertido en toda una autoridad de las letras francesas gracias a la publicación obras de éxito como Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo.
La forma exacta en que se conocieron Verne y Dumas sigue estando rodeada de misterio a día de hoy. Son varias las versiones sobre cómo se habría producido ese encuentro, siendo la más popular de ellas la mencionada por el biógrafo de Verne Bernard Frank. Según este más que de encuentro habría que hablar de encontronazo por la manera casual y un tanto cómica en que se produjo. En palabras del propio Bernard Frank habría sido así:
«En una de estas veladas en casa de la señora Barrère, mientras bajaba las escaleras, Julio se tropieza con un voluminoso señor que subía en forma agitada, el grueso señor agita su bastón furiosamente ante la cara del joven, pero éste en vez de excusarse ante el enojado caballero le pregunta:
‒¿Ha cenado usted señor?
‒Perfectamente joven, y nada menos que una tortilla de tocino a la nantesina y…
‒Las tortillas de tocino a la nantesina de París no valen nada señor, ¿me oye?, hay que echarles azafrán, para que se entere…
‒¿Así que sabe usted hacer tortillas, joven?
‒¿Que si sé hacer tortillas, señor?, sobre todo me las sé comer. ¿No llevará usted ahí alguna?
‒¡Que insolente es usted!, tenga mi tarjeta…es inútil que me dé la suya… vendrá usted este miércoles a mi casa…a hacer una tortilla…
De visita en casa de Hignard, Julio cuenta el incidente al joven compositor, y al llegar al lance del desafío, saca la tarjeta y…grita estupefacto: ¡Alejandro Dumas!».
En otras versiones, obtenidas a partir de entrevistas al propio Verne, el escritor habría conocido a Dumas por intermediación de terceros. En una entrevista realizada por el periodista Robert Sherard Verne declara haber conocido a Dumas padre a través de Dumas hijo, mientras que en otra del periodista Adolphe Brisson dijo haberlo hecho por mediación del célebre quiromántico d’Arpentigny ‒que, como Dumas, frecuentaba el Salón de la Señora Barrère‒.
Eso sí, independientemente de cómo se produjera ese encuentro, lo que sí se sabe con certeza es que a partir de ese momento ambos escritores mantuvieron una profunda amistad en la que Dumas se convertiría en protector, mecenas y consejero literario de Verne, ayudándole incluso a estrenar en alguna que otra obra teatral en París. Lo más probable es que el joven Verne viera en Dumas no solo al gran escritor que pudiera abrirle puertas en el mundo literario sino al padre que habría querido tener en lugar del que tenía, un estricto abogado empeñado en que siguiera sus pasos.

Por su parte, Dumas supo intuir el talento literario de Verne y apreciar sus incansables ansias de conocimiento. Ahora bien, lo que Dumas seguramente no llegó siquiera a sospechar es que su protegido provinciano lo llegaría a superar tanto en popularidad como en número de tiradas. Teniendo en cuenta su más que reconocida vanidad, es posible que de haberlo sabido no hubiera sido tan generoso con la joven promesa.

Verne, de últimas

Verne, de últimas

 Por Juan Sasturain

Se acaban de cumplir, esta semana pasada, ciento diez años de la muerte de Jules Verne, un monstruo de la imaginación que, de algún modo, nos fabuló también a nosotros. Acaso valga la pena recordar cómo fue eso. Un tema sobre el que nos gusta volver.
Como todo el mundo sabe, Verne fue el fundador de un subgénero narrativo exitosísimo, la novela de aventuras moderna con base científica y exótica ambientación geográfica –los llamados Voyages extraordinaires–, ya que para tener una aventura, pensando y escribiendo desde Europa, había que viajar, o el hecho mismo de viajar –por la naturaleza novedosa o sorprendente del vehículo– ya constituía una aventura. Para lograr el efecto de asombro deseado, el sedentario de Amiens forzó creativamente los límites del conocimiento de su época –esos cuarenta años que comprenden el último tercio del siglo XIX y el arranque del XX– cuando los descubrimientos geográficos y los inventos y avances tecnológicos eran noticia cotidiana. Verne los convirtió en el motivo principal de atracción de sus historias.
Lo notable es que esas novelas, como su Phileas Fogg –fijado para siempre con la apostura del maravilloso David Niven–, dieron la vuelta al mundo y fueron leídas por los jóvenes –y los que no lo eran– de todas las latitudes. De ese modo, Verne les devolvió a sus lectores la historia y el entorno propios, pasados por su imaginario personal. Es notable eso. Y nos implica. Porque es lo que les sucedió hace cien años y les sucede aún hoy a los ocasionales lectores argentinos con El faro del fin del mundo, el relato por el cual, por obra y magia del novelista francés, este extremo americano se convirtió en domicilio ocasional de la aventura y la Isla de los Estados y su luz encendida en el confín civilizatorio entraron (y salieron) de la gran historia literaria.
El faro del fin del mundo no es una historia en que la invención científica o la novedad tecnológica –el globo, el submarino, la excursión bajo la Tierra o a la Luna– sea el centro de interés, algo habitual en algunas de las más conocidas y mejores novelas de Verne. Aquí, como en las aventuras en los hielos árticos o en las altas cumbres, la aventura surge de la hostil inaccesibilidad del paraje, ajeno a la experiencia del lector por su lejanía, en cruce con el esfuerzo de la avanzada civilizatoria por hacer pie allí, pese a la dificultad extrema. Y es mucho más importante esa idealizada oposición entre el solidario empeño humano y lo natural salvaje –las descripciones de la ominosa costa de la isla y de las tormentas antárticas, aunque de segunda mano, son formidables– que la intriga propiamente novelesca.
En realidad, la trama es un mero pretexto, como en muchos otros Voyages extraordinaires que hicieron fama y fortuna del autor –y sobre todo, de su editor, el rápido Hetzel–, en los que la localización geográfica y la información histórico-científica son previas y más importantes que la invención de un argumento que sólo sirve para ilustrarlas. Por eso, desde ya, El faro del fin del mundo no es una gran novela. Ni siquiera es una novela grande, comparada con las notables y justamente célebres Viaje al centro de la Tierra, La vuelta al mundo en ochenta días o Veinte mil leguas de viaje submarino. Es corta –y estirada, además–, sin mucho ingenio aventurero, con poca o ninguna intriga y ausencia absoluta de personajes con algún interés o complejidad. “Se trata de uno de esos relatos que tardan en arrancar, fruto de la vejez de Verne”, dice su último y mejor biógrafo –un sajón, no un francés–, Herbert Lottman. Lapidario.
Pero la precariedad y las limitaciones del único relato del autor que transcurre totalmente en territorio argentino –también en la excelente Los hijos del Capitán Grant hay episodios que se desarrollan en el sur patagónico, con inundación y salvataje en la copa de un ombú incluidos– tienen sus atenuantes: El faro del fin del mundo es la última novela que el fatigado artesano produjo de su puño y letra, el compromiso final de un fabulador incansable que trabajó hasta el final. Fallecido el 24 de marzo de 1905, cuando comenzaba la primavera boreal, a los 77 años, Verne no llegó a ver esta novela impresa. Primera de la serie de narraciones póstumas, comenzó a publicarse en el Magasin d’éducation dos semanas justas después de sus funerales. Como si no hubiera pasado nada.
El argumento es tan simple como su hermoso y sugestivo título. La historia comienza cuando las autoridades argentinas terminan de construir el faro en el extremo este de la Isla de los Estados y lo dejan funcionando y en custodia de tres solitarios cuidadores –Vázquez, Felipe y Moriz–, que sólo han de ser relevados cuando, tres meses después, regrese el aviso Santa Fe con la nueva dotación. El barco se va y prácticamente de inmediato la reducida guarnición es atacada por piratas cuya existencia no había sido advertida durante los meses de construcción del faro. Los malhechores que, varados en la isla desde hace mucho tiempo, viven y medran de los barcos que naufragan y hacen naufragar, han reunido tesoro y provisiones en una caverna pero sólo buscan, ahora, el medio de abandonar el lugar, huir hacia el Pacífico Sur, a disfrutar al sol de lo que tienen y a acrecentar sus tesoros.
Comandados por el perverso Kongre, que tiene a Carcante por lugarteniente, los piratas matan a Felipe y a Moriz; pero el combativo Vázquez escapa, armado y con provisiones, al interior de la isla. Los malvados apagan el faro, que servía de única alerta a los navegantes, y se dedican a reparar una nave que han capturado y que deben poner en condiciones de navegar en mar abierto, antes de que se cumplan los tres meses y los sorprenda el regreso del aviso Santa Fe con al comandante Lafayate al mando.
Toda la intriga –levísima– consiste en una serie de rotundas casualidades que permiten, sucesivamente, que Vázquez descubra la caverna donde los piratas guardaban tesoros y víveres, que la tormenta descomunal entorpezca las tareas y no permita acelerar los trabajos y la huida de Kongre y los suyos, que haya un naufragio de un barco norteamericano durante la terrible tempestad, y que Vázquez salve al decidido John Davis. Finalmente, juntos y como improvisados comandos, el argentino y el yanqui –que incluso salva un cañoncito y pólvora de su propio barco– impedirán la huida de los piratas hasta el momento en que llegue, guiado por el faro que Vázquez consigue volver a encender, el providencial aviso Santa Fe. La imagen de la luz encendida heroicamente para facilitar el tránsito y la conquista de las tinieblas es una transparente alegoría del Progreso, para servir al cual las naciones (y los hombres) no existen, se disuelven en el bien común de la Humanidad. Eso es todo.
En diferente registro, poco menos de treinta años después, otro francés más sensible y menos creyente en esos valores por entonces derruidos por la Primera Guerra y la injusticia generalizada; un francés que sí frecuentó esas latitudes y padeció la hostilidad de los elementos, hará en Vuelo nocturno otro elogio más íntimo de la secreta solidaridad entre hombres abocados a un servicio colectivo. Antoine de Saint-Exupéry hace del Fin del Mundo el escenario en que sus sufridos aviadores –como los fareros, los Vázquez de Verne– encuentran un sentido de la vida en la lucha contra los elementos, unidos por una causa, una tarea común.
Pero es estimulante pensar qué habrían hecho por ejemplo Joseph Conrad o Jack London –otros hombres, otros excepcionales narradores de la aventura que comienzan a crecer cuando Verne decae– con ese universo multiforme del Fin del Mundo. Habrían iluminado (valga la referencia) otras zonas. El polaco que escribió en inglés, cuando ponía a sus antihéroes occidentales aislados en cualquier confín colonial –el sudeste de Asia, el corazón de Africa–, solía ser muchos menos optimista y más crudo que Verne. Puede leerse la patética historia del dúo de Una avanzada del progreso para contraponerla a la versión y visión vernianas. Un personaje como el increíble Luis Piedrabuena habría sido carne de relato conradiano.
Y del salvaje London, ni hablar. El autor de The call of the wild probablemente no habría soslayado otra fecunda cantera para el relato que debido al corte quirúrgico realizado por Verne –desolar aún más la isla, convertirla en la Nada con un faro– desaparece mágicamente del escenario: la cárcel, que es la exacta contraparte del sentido atribuido al faro. Las crónicas que al respecto escribe Roberto J. Payró para La Nación y que reuniría después en La Australia argentina dan un indicio de la riqueza narrativa y la potencialidad dramática de ese universo siniestro, la movible cárcel que pasa del mismo emplazamiento del faro, en San Juan, primero a Bahía Cook y después, en 1902, a Ushuaia, con el episodio de la sangrienta fuga y cacería de presos, el ulterior juicio y las ejecuciones. Así, la Isla como avanzada del progreso es foco de luz; pero también, y a la vez, cuarto del fondo, lugar de depósito de lo impresentable.
Visto en perspectiva y con todas las salvedades, el relato de Verne tiene, pese a sus limitaciones literarias, la equívoca virtud de haber fijado el escenario extremo del continente como espacio aventurable, que es una manera nada despreciable de existir. Es debido a El faro del fin del mundo que este maravilloso espacio y aquellas insólitas circunstancias se han incorporado para siempre al imaginario universal. Y con otro signo diferente del que arrastraban tradicionalmente. Hasta entonces, aventurarse en las inmensidades heladas del Sur –ese mapa inundado que da pavor– había sido para la literatura del siglo romántico una oscura pesadilla demoníaca: en Coleridge y La rima del viejo marinero; en el Moby Dick de Melville y sobre todo en La Aventura de Arthur Gordon Pym de Poe, no hay luz sino abismos. Verne puso el lugar en la historia, lo sacó del mito a su modo habitual. Y no es casual que hayan sido otros franceses, hace pocas décadas, quienes se empeñaran en restaurar el faro, la luz original tanto después. Y ahí está ahora. Fue una manera de hacer que existiera aquello que habían leído, hacer que fuera cierta la historia con que Verne, el Mago, los había persuadido.
Ese misterioso don de los buenos relatos que les permite competir con la Historia –y a menudo imponerse a ella– es lo que define el interés, la necesidad y el valor siempre renovados de la literatura.

lunes, 30 de marzo de 2015

PORTADAS DE LIBROS

Lote X 4 Libros Julio Verne - Ed Gradifco - Nuevos

La maravillosa obra del visionario francés aún fascina a lectores de todo el mundo

La maravillosa obra del visionario francés aún fascina a lectores de todo el mundo

Martes, 24 marzo 2015, 14:36 |  Haga un comentario
Hernán Bosch
Julio Verne.
Julio Verne.
Las Tunas-. El 24 de marzo de 1905, hace hoy 110 años, falleció en Amiens, Francia, uno de los más importantes escritores de Europa y de todo el mundo, el francés Jules Gabriel Verne, conocido en los países de habla hispana como Julio Verne.
Tanta ha sido la divulgación de su prolífica y asombrosa obra literaria, que desde 1979 es el segundo escritor cuyos libros han sido los más traducidos en el planeta, sólo superado por la inglesa Agatha Christiecon sus apasionantes narraciones policíacas.
Considerado junto al británico Herbert George Wells el “Padre de la ciencia-ficción”, Verne había nacido el 8 de febrero de 1828 en la ciudad portuaria de Nantes, Francia, en el seno de una familia acaudalada que le posibilitó recibir formación como abogado, al igual que su abuelo y su padre, pero desde muy joven decidió abandonar esa profesión para dedicarse a escribir.
Luego de crear algunas obras teatrales, escribió su primera novela, París en el siglo XX (1863), que no fue aceptada por los editores porque “encerraba mucho pesimismo”. Verne colocó la obra en una caja fuerte, donde fue “descubierta” más de un siglo después por su bisnieto y publicada póstumamente, nada menos que en 1994.
Sin embargo, después de aquel “fracaso” inicial, la extraordinaria fama como escritor de Julio Verne se inició precisamente en ese propio año 1863, cuando publicó Cinco semanas en globo, el primero de los 60 Viajes extraordinarios, su popularísima serie de narraciones de aventuras bien documentadas y visionarias, que se extendió durante casi cuatro décadas e incluyó varias de sus más formidables y prodigiosas novelas, como Viaje al centro de la tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865), Los hijos del capitán Grant (1867), Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), La vuelta al mundo en 80 días (1873), La isla misteriosa (1874),Miguel Strogoff (1876), La esfinge de los hielos (1897) y El soberbio Orinoco (1898).
Además de sus dotes de excelso narrador, a Verne se le reconoce su extraordinaria capacidad visionaria, pues en sus relatos fantásticos predijo con bastante precisión la aparición de algunas de las creaciones generadas por la humanidad debido al avance tecnológico del siglo XX, como la televisión, los helicópteros, los submarinos o las naves espaciales.
También resulta admirable su visión para anticipar futuros descubrimientos y eventos históricos, entre ellos el hallazgo de las fuentes del Nilo (Cinco semanas en globo), la conquista de los polos (Las aventuras del capitán HatterasLa esfinge de los hielos, Veinte mil leguas de viaje submarino) y la llegada del hombre a la Luna (Viaje a la Luna).
La gran popularidad de este insigne escritor se ha acrecentado con el hecho de que 33 de sus novelas han sido llevadas al cine en un total de 95 películas, sin contar las series de televisión. La obra adaptada en más ocasiones ha sido Miguel Strogoff (16 veces), seguida de Veinte mil leguas de viaje submarino (9 veces) y Viaje al centro de la Tierra (6 veces).
Pese a no gozar de buena salud a lo largo de casi toda su vida, pues padeció de graves trastornos estomacales, parálisis faciales y la diabetes que le provocó la muerte en 1905, su acendrada pasión por la literatura posibilitó al talentoso e imaginativo francés Julio Verne escribir más de 80 maravillosas narraciones que aún hoy, a 110 años de su fallecimiento, fascinan a lectores de todo el planeta.
/edc/

El hombre que fue Verne

El hombre que fue Verne

Se cumplen 110 años de la muerte del autor de “20.000 leguas de viaje submarino” y “De la Tierra a la Luna”. Una vida repleta de misterios
 
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Gustavo Martinelli
LA GACETA

El 9 de marzo de 1886 fue un día inusualmente gris en la campiña francesa. Extrañas nubes opacas amenazaban desde el sur, mientras el viento del este arrastraba sin remedio las hojas temblorosas de los cerezos a punto de florecer. Camino a su casa, en las afueras de Amiens, el gran Julio Verne supo de pronto que ese sería el día en que su estrella comenzaría a menguar. Y, como siempre, no se equivocó. Metros antes de llegar a su hogar fue interceptado por su sobrino Gastón quien, sin mediar palabra alguna, le disparó dos veces al grito de ¡Muere gran infeliz! La primera bala rebotó en el borde de piedra de la acera; pero la segunda, impactó de lleno en la pierna izquierda del escritor, lo que le provocó una renguera de la que jamás se recuperó. Nueve años después, el 24 de marzo de 1905 -hace hoy 110 años-, Verne falleció a causa de las dolorosas complicaciones que le provocó aquel inefable disparo.

Nadie ha conseguido hasta ahora explicar por qué Gastón, de 25 años, intentó matar a su tío. Ambos tenían una excelente relación y hasta compartían la afición por la literatura y los viajes. Sin embargo, esa tarde de marzo, los hechos demostraron que algo oscuro había entre ellos; un secreto que nunca pudo develarse ya que el incidente fue ocultado por la prensa y Gastón pasó el resto de su vida encerrado en un oscuro manicomio. Lo que sí se sabe es que, a partir de ese ataque, Verne se apresuró a quemar varios de sus escritos y borradores. ¿Por qué? La razón sigue siendo un completo misterio. Algunos aseguran que Verne era un masón que conocía secretos sólo revelados a los iniciados de esa orden. De hecho, sus biógrafos sostienen que pertenecía a una exclusiva logia secreta llamada “La Sociedad de la Niebla” a la que también perteneció el escritor Alejandro Dumas. Pero él siempre negó todo.

El inicio

Nacido en 1828, año de la invención del hormigón, Verne vivió hasta 1905, en que se descubrió el acero inoxidable. Ambos materiales, debido a su potente presencia en la historia de la humanidad, simbolizan el mundo del que venía, que era el de una racionalidad sin fisuras. Sin embargo, él intuyó siempre que detrás de la electricidad vendría la electrónica. Eso lo hacía vivir fuera de sí, obligándolo a escribir como un poseído, pues en sólo 13 años (de 1863 a 1876) publicó títulos tan emblemáticos como “Viaje al centro de la Tierra”, “De la Tierra a la Luna”, “20.000 leguas de viaje submarino” y “La vuelta al mundo en 80 días”.

En esas novelas, la máquina no está al servicio del hombre como mera herramienta, sino a modo de prótesis; como si fuera una extensión más de las manos, de las piernas e, incluso, del cerebro. De este modo, en su fantasía Verne configuró el advenimiento del ciborg, esa criatura en la que la biología y la tecnología se confunden como los materiales en una amalgama. ¿Cómo se relacionan, si no, el Capitán Nemo y el Nautilus?

Semejante planteo literario, no podía menos que asombrar. Y asombró tanto que Verne adquirió casi el estatus de un profeta. Por ejemplo: predijo algo parecido a internet en una obra inédita hasta finales del siglo XX (“París en el siglo XX”). Y si no se publicó en su época fue a causa de su concepción catastrófica de la vida y la sociedad; curiosamente, muy similar a la actual. El escritor también imaginó la televisión y el helicóptero, así como el ascenso al poder de Hitler. El primer submarino fue otra de sus fantasías hechas realidad. El maravilloso Nautilus de “20.000 leguas de viaje submarino” no sólo deslumbró a los lectores por su originalidad, sino también por su autosuficiencia, lo que le permitía vivir en el mar sin tocar tierra firme.

Sin embargo, son sus obras “De la Tierra a la Luna” y “Alrededor de la Luna”, las que han cimentado la fama profética de Verne. En esas novelas Verne eligió a Estados Unidos como país financiador del proyecto y al estado de Florida para el lanzamiento; un lugar muy próximo a Cabo Cañaveral. Y aún más: en la novela, el aterrizaje también se produce en el mar, a escasas cuatro millas del lugar en el que amarizó el Apolo 11.

Verne negó siempre que fuera un “iluminado”. Sus novelas, afirmaba, habían sido escritas en base a unos exhaustivos estudios de su siglo y de los numerosos inventos de la época. Pero, con el tiempo, esas visiones se convirtieron en una realidad inquietante. Tan inquietante como aquel fervoroso disparo que acabó con la autonomía física y creativa del gran profeta de la literatura.

Las profecías, de puño y letra


- “Los ferrocarriles pasarán de las manos de los particulares a las del Estado”.

- “Aunque ya nadie leía, todo el mundo sabía leer”.

- “El latín y el griego no sólo eran lenguas muertas, sino enterradas”.

- “Los coches que surcaban la calzada lo hacían sin caballos; se movían por una fuerza invisible, mediante un motor de aire dilatado por la combustión del gas”.

- ”... ya no hay mujeres (...) se han pasado al género masculino y ya no merecen la mirada de un artista”.


Un récord cinematográfico

Nada menos que 33 novelas de Julio Verne han sido llevadas al cine. Con ellas se han hecho 95 películas en varios idiomas, además de numerosas series para TV. La primera fue “Los hijos del capitán Grant” (1901) y las que han inspirado más versiones son “Miguel Strogoff” (16), “20.000 leguas de viaje submarino” (9), “Viaje al centro de la Tierra” (5) y “La vuelta al mundo en 80 días” (4). Una de las más famosas fue “Viaje a la Luna” (1902), de George Méliès, que en 2011 fue homenajeada en la conmovedora y premiada producción de Martin Scorsese “La invención de Hugo Cabret”. Hasta Disney hizo en 2005 una versión animada de “La vuelta al mundo en 80 días” llamada “La vuelta al mundo de Mickey Mouse”.

El apocalipsis de Julio

Antes de morir, Julio Verne preparaba una obra oscura, con un marcado tono apocalíptico. El libro en cuestión, titulado “La invasión del mar” (1905, año en el que se publicó la Teoría de la Relatividad) predice que Europa sería cubierta por las aguas, las mismas que llegarían desde los polos producto de un deshielo a consecuencia del cambio climático, lo que provocaría que el hombre vuelva a su forma primitiva. Muchos aseguran que este libro pesimista es producto del aislamiento y la depresión que marcaron los últimos días del gran escritor. Quizá lo amargaba la idea de no haber escrito todo lo que tenía en la cabeza, aunque según sus biógrafos, su atormentada vida privada -sobre todo el incidente del disparo de su sobrino- fue la causante de esa tristeza que lo llevó a la tumba.



just · 24 Mar 2015 - 21:48
Muchas gracias Sr Julio Verne por compartir tan prodigiosa obra, por hacerme disfrutar del gran placer de la lectura y llevarme a tantos lugares fantásticos!!! Alberto Lebbos
Avatar#3
Richard_Grinn · 24 Mar 2015 - 20:41
Interesante la nota. Pregunto al sr Martinelli: qué quiso decir con "disparo inefable"? Inefable significa "que no se puede describir con palabras" Saludos
Avatar#2
Sustentable · 24 Mar 2015 - 10:26
Hermosa nota para leer tranquila desayunando en una mañana de feriado. Muchas gracias por un aporte distinto y emotivo.
Avatar#1
Juan Eduardo · 24 Mar 2015 - 07:38
Más allá de atormentadas noticias... ¡¡¡¡ Esta es una excelente publicación !!!! , como para cambiar un poco de aires