JULES VERNE

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domingo, 31 de agosto de 2014

El espectáculo de Miguel Strogoff, El Correo del Zar, llenó de público el parque El Majuelo


31/08/2014 | DC/Almuñécar | Sociedad
El espectáculo de Miguel Strogoff, El Correo 
del Zar, 
llenó de público el parque El Majuelo


Almuñécar disfrutó con una gran actuación del Ballet Nacional de Rusia 
y amplia muestra de danzas cosacas.

La prestigiosa formación del Ballet Nacional de Rusia presentó en Almuñécar, con gran éxito artístico y de público, el espectáculo de música y danza, Miguel Strogoff, el Correo del Zar.

El auditorio del parque El Majuelo registró otro lleno de verano para disfrutar de la actuación e un elenco de estrellas de primera élite mundial y que cuenta en su haber con multitud de reconocimientos y galardones desde su creación en 1991, como vehículo de difusión por todo el mundo de la riqueza y diversidad de la cultura cosaca, gracias al trabajo de su director, Iván Gromakoy, reconocido como el mejor director-coreógrafo de Rusia por el Teatro Bolsoy de Moscú en la especialidad del folclore cosaco.

El montaje Miguel Strogoff, el Correo del Zar, ofreció una gran muestra de las danzas cosacas, llenas de vistosidad y trepidantes coreografías, en las que destacaban un amplio y bonito vestuario de los bailarines con actuaciones de temas tradicionales rusos, algunos de ellos conocidos y seguidos por las palmas del público.

La actuación, que se prolongó por espacio de casi dos horas, estuvo dividida en dos partes claramente diferenciadas. En la primera, estaba centrada en el montaje de la obra de Julio Verne; en la segunda, tras un descanso, realizaron la muestra de danzas típicas cosacas.

Una gran actuación que viene a cerrar, con la celebración este sábado de la Noche en Blanco, el intenso programa cultural previsto por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento sexitano este verano. 

http://www.infocostatropical.com/noticia.asp?id=58687&id_area=1&area=portada&id_seccion=19&seccion=Sociedad

El hogar de la imaginación animada

El hogar de la imaginación animada

El gran elefante, una obra de la isla de las máquinas, pasea por las calles de Nantes. / Jean-Dominique Billaud
  • Un elefante mecánico de doce metros o un carrusel de tres plantas poblado de criaturas marinas metálicas atraen a miles de personas cada año a la isla de las máquinas en Nantes

  • Esta ciudad francesa también es la cuna del teatro callejero Royal de Luxe, donde marionetas gigantes recorren sus calles

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El revuelo y el griterío de asombro y entusiasmo de los pequeños y no tan pequeños indican el camino. Entre los edificios surge un elefante mecánico de doce metros de alto. Su lento y majestuoso caminar le proporciona más vitalidad si cabe. De pronto, tras un sonoro bramido, con un coordinado movimiento de la trompa expulsa chorros de agua hacia las decenas de curiosos que cámara en mano pululan a su alrededor para fotografiarle y grabarle. Desde lo alto del animal se escuchan las risas de los pasajeros que disfrutan de un recorrido montados a lomos del 'grand éléphant'. Una obra que habita en la isla de las máquinas de Nantes, un espacio donde la imaginación y la fantasía cobran vida y marcan el día a día. Un lugar que bien podría haber salido de la mente del nantés más internacional: Julio Verne.
La ciudad, situada en el departamento de Países del Loira, está plagada de dinamismo y pasión por el arte urbano más vanguardista. Exposiciones, obras itinerantes, figuras arquitectónicas... Todas forman parte de la línea verde, una ruta donde el viajero disfruta de las creaciones de artistas expuestas en el recorrido. Esta idea responde a la idea de que la gente se encuentra el arte por la calle. No necesita entrar a un museo -que también los hay-. Además, este trayecto permite contemplar sus grandes avenidas, el casco antiguo peatonalizado, sus numerosos plazas y parques que elevaron a Nantes a la categoría de ciudad verde en 2013.
Pero entre los lugares más mágicos de la ciudad se encuentra la isla formada por el caprichoso caudal del Loira y convertida en el refugio y morada de las obras más fantásticas. Las máquinas de la isla se encuentran en los antiguos astilleros de la ciudad, cerrados en 1987. El emplazamiento, situado frente al casco histórico de Nantes, fue rehabilitado para abrirlo a la ciudad. Este espacio surge de la creativa mente de Pierre Orefice y François Delarozière, dos artistas procedentes del mundo del espectáculo callejero y las escenografías urbanas. Las otrora naves de construcción naval se han convertido en los talleres de la imaginación desde donde en 2007 surgió el gran elefante. Esta espectacular obra de gran realismo y de impresionantes dimensiones -12 metros de alto, 8 de ancho y 21 de largo, y de 48,4 toneladas de peso- se mueve gracias a un potente motor y a un engranaje hidráulico accionado por 62 elevadores. Una estructura con capacidad para llevar a 50 pasajeros en sus lomos mientras da un paseo por la isla.
En 2012 le llegó el turno al Carrusel de los Mundos Marinos, un acuario mecánico de tres niveles, morada de decenas de criaturas mecánicas que pueden ser manipuladas por los pasajeros. Este carrusel se eleva hasta los 25 metros de altura, con un diámetro de 22 metros. Su estructura es una suma de tiovivos apilados. En cada uno de ellos habitan distintas criaturas marinas como cangrejos gigantes, medusas, un pez linterna abisal, peces voladores...
Las garzas
En otra de las naves puede comprobarse el proceso de creación de estas obras. En el laboratorio se muestran las etapas de construcción del gran elefante o el carrusel además de las máquinas que darán forma a la próxima estructura de la isla: el árbol de las garzas. Según el proyecto, este árbol de acero de 50 metros de diámetro y 35 metros de altura, estará coronado por dos garzas y contará con 22 ramas. En cada una de ellas se descolgarán jardines colgantes. Esta obra aún se encuentra en estudio aunque en el taller puede observarse una maqueta de la obra además de algunos prototipos de animales que poblarían el árbol.
Pero Nantes es una ciudad que respira arte por todas sus latitudes. Hasta el punto de que pueden verse caminar gigantescas marionetas por sus céntricas calles. Unas figuras que cobran vida gracias a las grúas y, sobre todo, a decenas de personas que actúan como liliputienses tirando de los hilos para dotar de movilidad tamañas obras. 'La abuela' y 'El niño' son en esta edición los protagonistas durante tres días del teatro callejero organizado para deleite de miles de personas de todas las edades que abarrotan las principales arterias de la ciudad. Durante los tres días las calle de Nantes se convierten en un escenario teatral nada convencional. Ambas figuras forman parte del espectáculo imaginado por Royal de Luxe, una de las mayores compañías de teatro callejero del mundo. Su creador, Jean Luc Courcoul, puso en pie su primer espectáculo en 1979. Desde entonces el éxito ha llevado a sus distintas y originales figuras a representar estas obras de teatro por ciudades de medio mundo.
Otra de las bellezas de Nantes es el río Loira, que atraviesa la ciudad dotándola de gran atractivo. Pero también es un lugar dedicado al arte mediante un recorrido por el estuario que puede realizarse en bici o barco. Los 60 kilómetros recogen hasta 29 obras de arte moderno. Creado en 2004, se invitó a diversos artistas a que expusieran sus obras en el estuario. Algunas de las obras permanecieron fijas. En este museo al aire libre y pueden contemplarse desde una sucesión de anillos que bordean la isla de las máquinas y de noche brillan e iluminan la superficie de agua, hasta esculturas de animales colgadas de los árboles. Todo un espectáculo.

1888. El extraordinario viaje de la Santa Isabel

1888. El extraordinario viaje de la Santa Isabel

1888. El extraordinario viaje de la Santa Isabel (Alfredo Anzola, 2005)
1888. El extraordinario viaje de la Santa Isabel (Alfredo Anzola, 2005)
Desde hace cinco siglos, desde que los europeos tuvieron noticia del río, el Orinoco ha sido objeto de viajes y diarios de hombres deslumbrados por su inmensidad, belleza y riqueza humana y natural. Hay toda una literatura de viajes consagrada al poderoso río que, desde el siglo XVI puede seguirse hasta nuestros tiempos. “Papel Literario” ha escogido fragmentos de cuatro autores, el inglés Sir Walter Raleigh, el español José Gumilla, el francés Auguste Morisot y el alemán Karl F. Appun, que hoy presenta a los lectores, así como una representación en cine de Julio Verne
El viaje que depara a los personajes en 1888. El extraordinario viaje de la Santa Isabel (Alfredo Anzola, 2005) a través del río Orinoco es el mismo viaje del que hablan los expertos en el llamado camino del héroe, y que rápidamente se puede asociar con cualquier otro recorrido que se haga en una corriente de agua en el cine, como el tal vez más importante de la historia de la gran pantalla, el de Apocalipsis ahora de Francis Coppola. En travesías como esas, escritores y directores embarcan a sus personajes a enfrentarse a la naturaleza que se va transformando con ellos, generalmente en busca de otro personaje que ha perdido su rumbo en la profundidad de la selva, y cuyo destino ellos deben evadir.
En El soberbio Orinoco de Julio Verne, Juana de Kermos se hace pasar por hombre para hacer su búsqueda a través del río venezolano en compañía de otros hombres. El hombre que busca es el coronel Kernor, su padre. En 1888, una adaptación libre de la obra de Verne, el viaje es el mismo, salvo que el escritor francés (Marco Villarubia) y un geógrafo italiano, el conde Ermanno Stradelli (Ronnie Nordenflycht), son quienes acompañan a la dama (Kristin Pardo). En la historia de Verne el acompañante de Juana sabe que ella intenta pasar por hombre, mientras que en la de Anzola no. Esto último lleva a muchas situaciones que asemejan un tanto las de una comedia de enredos, una suerte de triángulo amoroso que se completa con la presencia determinante del río.
Anzola cuenta que durante el rodaje se adentraron en la selva por más de dos meses a merced del sol inclemente y los mosquitos. Producto de ese viaje la fotografía puede considerarse uno de los rasgos más destacables de la película: los tonos verdes y marrones abarcan la historia casi entera. Los planos desde la embarcación Santa Isabel –la que Anzola dibujó y se pudo reproducir–  revelan un paisaje amplísimo, tupido, abundante e inquietante. Quién va a meterse en esa selva para negarlo.
Pero más allá de la anécdota hay en 1888 otra figura tan importante como la del río. Personificada por Julio Verne, el espíritu de aventura mueve la historia hacia adelante. Son exploradores, están siempre a la expectativa de que algo fantástico suceda. Y sucede lo de siempre, lo que debe suceder. Es el viaje y no el destino lo que vale. Es en la búsqueda de otro donde los personajes se encuentran a sí mismos. Al final, conocemos el destino de Juana y el conde, pero no el de Verne, quien se sugiere continúa el viaje, perenne, a cualquier destino, el que sea, no importa. No todos los ríos nos adentran en el vientre de la ballena para siempre como al coronel Kurtz. Y podría especular por qué en esta película el viaje de este personaje prosigue.
En 1888 la aventura tiene un rival en la rigurosidad científica del geógrafo. Esta será inevitablemente vencida, primero por ella misma (hay otro geógrafo, un francés, del que ya se conoce ha llegado a donde el río nace, haciendo innecesaria la misión original del conde) y finalmente por la aventura misma. Juana se transforma en su nueva obsesión. Verne entones queda solo como testigo luego de ser partícipe del embrollo romántico. Y se puede ver que mientras transcurren, las vidas de los personajes están atadas al río. Su destino y el Orinoco son la misma cosa. Al alcanzar el cauce, Juana y Stradelli han alcanzado también el final de su viaje y de sus vidas. Sabemos que el final los espera sin penas ni gloria. Ah, pero no Julio Verne. Su simbólico viaje por el río continuará porque lo mismo hacen sus historias.

Julio verne.

8 de mayo de 2012

Julio verne.


Julio verne.
Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad”. La cita del escritor francés Julio Verne, el mayor visionario de la literatura universal de cuya muerte se cumplió el pasado mes; 107 años, fue un desafío con tintes de premonición. Considerado uno de los novelistas más importantes de su época y el padre de la ciencia ficción moderna, Verne combinó en sus libros la exploración geográfica y la fantasía en un cóctel magistral que cautivó a numerosas generaciones de lectores.
 
Con historias asombrosas donde el escenario de la aventura fue trocando desde las profundidades de los océanos hasta el centro de la Tierra o el espacio cósmico, supo despertar el interés del lector por la ciencia y los inventos. Pero, además, predijo con asombrosa exactitud muchos de los logros científicos del siglo XX. Una suerte de profeta tecnológico por cuyas novelas desfilaron, mucho antes de que se hubieran inventado, submarinos eléctricos, escafandras para el buceo autónomo, helicópteros, cohetes espaciales, imágenes en movimiento, misiles dirigidos, lenguajes para la comunicación con inteligencias extraterrestres, motores de retropropulsión, puertas automáticas, calculadoras, aparatos de fax, computadoras, reproductores de video portátiles, edificios capaces de albergar una ciudad entera y hasta una red global de comunicaciones muy similar a la internet de nuestros días.
La inagotable imaginación de Verne se alimentaba de la lectura de revistas y boletines científicos, las visitas a ferias de inventores o de la obra de otros autores que, antes que él, habían utilizado el progreso tecnológico como fuente de inspiración para sus ficciones.
Pero también era un perfeccionista que, por ejemplo, criticaba a su colega inglés Herbert George Wells por relatar la historia de una nave de metal que llega a Marte sin tener en cuenta las leyes de la gravedad. “Sus historias no reposan en bases científicas, yo uso la física, él inventa”, manifestó Verne en una ocasión sobre el autor de La guerra de los mundos y El hombre invisible.
 Una imaginación prodigiosa.
 
Julio Gabriel Verne Allote nació en Nantes el 8 de febrero de 1828, en el seno de una acomodada familia burguesa. Primogénito del abogado Pierre Verne, Julio no conocería el mar hasta los 12 años, cuando, según cuentan, escapó de su casa para embarcarse como grumete en un buque que viajaba a la India.
Atrapado por su padre en el mismo barco durante la primera escala, fue encerrado a pan y agua. Pierre lo obligó a jurar que a partir de entonces sólo viajaría a través de la imaginación y la fantasía. Pese a que para Herbert Lottman, el más reciente biógrafo de Verne, esa anécdota es falsa y sirvió para justificar ante sus lectores su vida sedentaria antes que aventurera. Lo cierto es que la adolescencia de Julio transcurrió entre continuos enfrentamientos con su padre y fue obligado a estudiar derecho siguiendo la tradición paterna.
Se graduó como abogado en un París encendido por la revolución de 1848, donde trató a la elite de la intelectualidad del momento: Víctor Hugo, Eugenio Sué o los Dumas. Allí decidió dedicar su vida a las letras, aunque solía asegurar que no llegaría a ser un verdadero escritor antes de llegar a los 35 años.
Desoyendo a su padre que lo intimó para que regresara a Nantes, se quedó a vivir en una mísera buhardilla parisina, donde se levantaba a las 5 de la mañana para escribir y comenzó a estudiar con denuedo las ciencias que tanto admiraba: química, botánica, geología, mineralogía, geografía, oceanografía, astronomía, matemáticas, física, mecánica y balística. Prácticamente sin medios económicos, se alimentó de pan y leche para poder comprar libros, en un período de logros técnicos y científicos fascinantes que inspiraron al Verne escritor.
Contemporáneo de Darwin, Mendel, Pasteur, Koch, Hertz, Humboldt, Marx, Roentgen y Planck, y empeñado en ensalzar el genio humano en su afán por dominar la naturaleza, Verne se propuso escribir “la novela de la ciencia”. Aunque al comienzo tuvo que ganarse la vida escribiendo piezas de teatro, operetas y colaboraciones para revistas.
En 1856 conoció a Honorine de Vyane Paul, una joven y adinerada viuda de 26 años que residía en Amiens con sus dos hijas. Se casó con ella al año siguiente, tras establecerse en París como agente de bolsa. Mientras, influenciado por la popularidad que alcanzaban la ciencia y la técnica, Julio proyectó tal vez sus frustraciones infantiles y empezó a crear relatos épicos que ensalzaban al hombre en su lucha por dominar y transformar la naturaleza.
Pero el vuelco en la vida de Verne se produjo recién a mediados de 1862, cuando se presentó en la editorial parisina de Pierre Jules Hetzel con un grueso manuscrito bajo el brazo. Se trataba de Cinco semanas en globo, donde noveló una misión científica que observa, desde las alturas, zonas de África imposibles de transitar por tierra. El libro, que previamente había sido rechazado por más de una decena de editores, se publicó en enero del año siguiente, días antes de que Verne cumpliera 35 años. La obra resultó un éxito fulminante y le permitió a Verne firmar un espléndido contrato con Hetzel que garantizaba al inexperto novelista la suma anual de 20.000 francos durante los siguientes 20 años. Pese a la obligación contractual de escribir dos novelas por año y a las numerosas correcciones y sugerencias a que Hetzel sometía sus textos, Verne siempre le estuvo agradecido al editor que lo convirtió de la noche a la mañana en un hombre famoso.
En un atisbo de lo que serían las futuras técnicas del best-seller industrial, su vinculación con Hetzel permitió la aparición a lo largo de cuatro décadas de 62 Viajes extraordinarios en la propia revista del editor, el Magasin d’éducation et récréation. La serie incluyó Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865), la trilogía del capitán Nemo –Los hijos del capitán Grant (1867), Veinte mil leguas de viaje submarino (1870) y La isla misteriosa (1874)–, Miguel Strogoff (1876) y La esfinge de los hielos (1897), entre otras.
Con La vuelta al mundo en 80 días (1872), donde el aristócrata Phileas Fogg apuesta que podrá circunvalar el orbe en el plazo que estipula el título del libro, llegó su éxito definitivo, la fama perdurable, el dinero y la tranquilidad para instalarse en Amiens, la ciudad natal de Honorine, que Julio terminó adoptando y donde llegó a ser concejal.
Con todo, y a pesar del éxito y de sus más de 80 libros traducidos a 112 idiomas, Verne no tuvo una vida fácil ni feliz. Con su hijo Michael tuvo los mismos conflictos que él vivió con su progenitor. Tampoco fue feliz en su matrimonio de conveniencia con Honorine.
Otros dolorosos trances personales fueron el ataque de un loco y los juicios a los que fue sometido tras ser acusado de plagio de las obras La vuelta al mundo en 80 días y Viaje al centro de la tierra.
Según sus biógrafos, Verne fue un hombre taciturno, obsesionado por su trabajo hasta el punto de que su salud se fue minando y prácticamente murió paralítico y ciego, al descuidar una diabetes que sufría desde años atrás.
Julio Verne falleció el viernes 24 de marzo de 1905 –el mismo mes y año en que Albert Einstein publicó sus teorías sobre la relatividad restringida y la composición de la luz–, en Amiens, donde había vivido los últimos 25 años sumido en su doble rutina: escribir de 6 a 11 de la mañana y leer todas las tardes en la Sociedad Industrial. Todavía solía repetir una de las frases que había acuñado en su juventud: “La imaginación. Ni una locomotora ni una chispa eléctrica pueden ir más deprisa”.
Un genio que atisbó gran parte del siglo XX.
El parecido entre el viaje que Julio Verne describió, en 1865, en su obra De la Tierra a la Luna y la misión Apolo XI que, 104 años después, llevó al primer hombre hasta nuestro satélite es asombroso. Ambas tripulaciones estaban formadas por tres astronautas, y sus naves despegaron del Estado norteamericano de Florida. Cumplida su misión, las dos cápsulas regresaron a la Tierra cayendo en un punto del océano Pacífico –con una diferencia entre cada amerizaje de 14 kilómetros–, donde fueron rescatadas por sendos buques de guerra cuyas tripulaciones gritaron de alegría al distinguir entre las olas la banderita estadounidense.
Pero Verne también intuyó hitos dramáticos del siglo XX, entre ellos el nazismo y la bomba atómica. En Los quinientos millones de la Begún (1879) aparece Herr Schultze, quien quiere conquistar el mundo en pro de la raza germánica. Y en Ante la bandera (1897) muestra un arma llamada Fulgurador Roch, capaz de destruir una zona de diez mil metros cuadrados.
En París en el siglo XX, escrita en 1863 pero publicada recién en 1994, Verne pinta un mundo al servicio del dinero. Pero también se refiere al “telégrafo fotográfico” que permitía enviar a cualquier parte el facsímil de una escritura, autógrafo o dibujo, y firmar contratos a 10 mil kilómetros de distancia. Y describió que la red telegráfica cubría la superficie completa de los continentes y el fondo del mar.
 
tomado de:
 Rubén Alejandro Fraga.


                                         A Trip to the Moon / Le Voyage dans la lune - 1902