JULES VERNE

JULES VERNE

jueves, 31 de julio de 2014

Leonardo Da Vinci & Julio Verne / .. . adelantados a su tiempo / o viajeros en el tiempo .. . personajes fascinantes #scifi



Tendemos a pensar en la ciencia ficción como una invención del siglo XIX, cuando aparecieron las novelas sobre el monstruo de Frankenstein, los submarinos capaces de llevarnos 20.000 leguas de viaje submarino y cohetes a la luna. 

Sin embargo,  había un hombre dibujando máquinas voladoras y robots en el final de la era medieval.

We tend to think of science fiction as a nineteenth century invention, when novels appeared about Frankenstein's monster, submarines capable of taking us 20,000 leagues under the sea and rockets to the moon. Yet here was a man sketching flying machines and robots at the end of the Medieval era.

Texto /ref
http://www.leonardo.uts.edu.au/about.html
 

Julio Verne y sus aventuras viajeras ilustradas

Julio Verne y sus aventuras viajeras ilustradas



<iframe class="vine-embed" src="https://vine.co/v/h3ti06igYFd/embed/simple?audio=1" width="600" height="600" frameborder="0"></iframe><script async src="//platform.vine.co/static/scripts/embed.js" charset="utf-8"></script>

La imaginación más caudalosa

RUBÉN LOZA AGUERREBERE
ESCRITOR, PERIODISTA

La imaginación más caudalosa

Hoy, en este mundo tan sorprendente que vivimos, no hay motivos para acusarlo de falta de imaginación, a Julio Verne, nacido hace 185 años. Era, es, sigue siendo, uno de los escritores más imaginativos de la historia de la literatura. El autor de incontables fantasías está, por cierto, fuertemente unido a momentos inolvidables de todos lectores. Bien lo sabe el mañanero lector.
Julio Verne se encuentra ligado a los días azules de nuestra infancia, como decía Antonio Machado, y gracias a ello no ha sufrido ni el peso del olvido ni el silencio. Y es así que continúa dando señales de fervor y arraigo, seduciendo a jóvenes lectores de hoy. No puede pronunciarse su nombre sin que uno se sienta removido por el confuso fondo de los recuerdos de esa época juvenil, ese tiempo cuando soñamos con los ojos abiertos.
Y llama la atención que Julio Verne no fuera un aventurero. Fue un viajero inmóvil. Nacido en Nantes, en l828, apasionado por la literatura, muy joven escribió su primera obra: fue una pieza teatral que estrenó en 1850, apadrinado nada menos que por Alejandro Dumas. Poco tiempo después escribió el relato titulado “Un viaje en globo”; luego lo retomaría para convertirlo en la célebre novela “Cinco semanas en globo”. A los 29 años se casó con una señora viuda, tres años menor que él, madre de dos niñas.
Desde entonces, gracias a su suegro, trabajó como agente de cambios; este oficio le permitió alcanzar una importante holgura económica como para dedicarse sólo a cultivar las letras. Y así lo hizo. Trabajó como un artesano, y fue publicando un libro tras otro, sin prisa y sin pausas.
Realizó sesenta y cinco viajes imaginarios. Todos ellos plenos de atracciones y de aventuras, absolutamente disfrutables. Transfiguró las emociones de su siglo en invenciones memorables; de manera directa o indirecta, todos sus libros tienen connotaciones de orden histórico, científico o geográfico. También poseen un estilo, tenue y afectuoso a la vez, que prevalece por encima del pánico ante lo desconocido, es decir, frente a una ciencia poblada de cacharros inolvidables, y que, entonces, atemorizaba a todos.
Finalmente, se ha demostrado que aquellos miedos no eran para tanto. Entre sus invenciones debemos citar al célebre submarino “Nautilus”; un cohete que se elevo rumbo a la luna, desde Miami, y que imaginó cayendo en el mar, a unos cuatro kilómetros del lugar donde lo hizo tantos años después la nave Apolo; y, en fin, recordemos también al “Albatros”, que era una especie de helicóptero, entre tantos otros inventos.
Desde el punto de vista literario, Julio Verne creó una galería de personajes que, al igual que sus máquinas, no ha sido tocada por el tiempo. Y ahí están, vivos, el Capitán Nemo, los hijos de Grant, Miguel Strogoff (el correo del zar), Phileas Fogg y Robur. Todos ellos integrados a la vida misma de los lectores, porque son personajes muy cercanos, tanto como seguir viviendo en cada uno de nosotros, integrados a nuestra propia experiencia. No pudo ingresar a la Academia Francesa de Letras, como deseaba. Pero ingresó igualmente a la posteridad.
Lo hizo en marzo de 1905, gracias a las aventuras de su imaginación, que lo pasearon por lugares inverosímiles, sin que por ello dejara de ser un hombre sencillo, retraído, provinciano, escrupuloso, débil, arriesgado, infantil e inmortal. 

El viajero inmóvil

El viajero inmóvil

Su nombre no puede ser pronunciado sin que se sienta removido el confuso mundo de los recuerdos de la infancia y la adolescencia. Resulta difícil encontrar algún lector que no ha sido seducido por el poder de sus fábulas, por su imaginación, por la seducción de sus viajes inverosímiles.
Porque si hay alguien a quien no se puede acusar de falta de imaginación, es a él. Todo lo contrario. Es el autor de incontables fantasías, vinculadas a momentos inolvidables de todos nosotros, sus lectores. Hablo de Julio Verne, quien nació hace 185 años. Y levantó el vuelo, hace 108 años. Fue y sigue siendo, uno de los autores más creativos y seductores. Generación tras generación, se suceden sus lectores.
Si bien no fue el primer autor de “ciencia ficción”, ya que se considera predecesores de él a Edgar Allan Poe, a Shelley y una larga lista de escritores que hablaron de tierras extrañas y monstruos terribles, es verdad que fue un pionero del género y nos ha legado muchas cosas, además de sus admirables cacharros.
De su infancia sabemos que a los once años intentó huir en un barco, pero fue descubierto. Se le atribuye esta frase, demasiado literaria para ser verdadera: “No viajaré más que en sueños”. De todos modos, fue lo que hizo, porque, curiosamente, Verne no fue un hombre aventurero.
Tempranamente apasionado por la literatura, debutó a los 22 años con una pieza teatral que fue apadrinada por Alejandro Dumas. Luego escribió el cuento “Un viaje en globo”, al que transformaría en la famosa novela “Cinco semanas en globo”.
A los 29 años, se casó con una señora viuda, madre de dos niñas. Desde entonces trabajó como agente de cambios; este oficio le permitió alcanzar holgura económica como para dedicarse a las letras, y fue lo que hizo. Trabajó como un artesano, y fue publicando un libro tras otro, sin prisa y sin pausas.
Sin moverse, realizó sesenta y cinco viajes imaginarios, plenos de atracciones y de aventuras, en libros que tienen además connotaciones de orden histórico, científico y geográfico. En su tiempo, cultivó un estilo que prevaleció por encima del pánico ante lo desconocido, pues aquellos lectores se acercaban a una ciencia que atemorizaba. Baste recordar, entre sus invenciones, al célebre submarino “Nautilus”, en las páginas de “Veinte mil leguas de viaje submarino”; al cohete que se elevó rumbo a la luna desde Miami y que imaginó cayendo en el mar a cuatro kilómetros del lugar donde lo hizo, tantos años después, la nave Apolo; y recordemos al “Albatros”, un adelanto del futuro helicóptero, entre tantas de sus invenciones.
Julio Verne creó también una galería de personajes que sigue viva en sus lectores, como el Capitán Nemo, los hijos de Grant, Miguel Strogoff (el correo del zar), Phileas Fogg y Robur. A pesar de todo ello, no logró ingresar en la Academia Francesa de Letras. Pero igualmente, ingresó en la posteridad, cuando dijo adiós a todos.
Hombre sensitivo, supo sacar todo de su imaginación. A este viajero inmóvil lo paseó su maravillosa inventiva por los lugares más inverosímiles, incluso el centro de la Tierra. Por todo ello está tan cerca de nosotros: porque sus libros viven en nuestra nostálgica memoria, tal vez enriquecidos por ella.
Sí, Julio Verne fue un escritor impar, sin dejar de ser un hombre provinciano, retraído, sencillo, escrupuloso, infantil e inmortal. 
Rubén Loza Aguerrebere
RUBÉN LOZA AGUERREBERE
ESCRITOR, PERIODISTA

La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne

ESTAMOS LEYENDO CLÁSICOS PARA EL VERANO

La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne

CLUB DE LECTURA DN  
Actualizada 09/07/2014 a las 11:39


La vuelta al mundo en 80 días, de Julio VerneLa vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne
La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne, fue publicada por entregas en Le Temps durante el año 1872 y cuenta las aventuras de Phileas Fogg, un flemático caballero inglés, metódico y obsesionado por la puntualidad, quien asegura poder dar la vuelta al mundo en 80 días. Para demostrarlo, cruza con sus compañeros del Reform Club una apuesta en la que pondrá en juego buena parte de su fortuna. Fogg inicia su viaje en el Club Reformista londinense acompañado de su recién contratado mayordomo Passepartout y perseguido por el detective Fix, quien sospecha que Fogg es el autor del robo al Banco de Inglaterra.
El principio y final del viaje es el Club Reformista, situado en el 104 dePall Mall, en el centro de Londres, escogido también para rodar algunas escenas de la película de James Bond Muere otro día. Durante su viaje, Fogg pisa Francia, Italia, Egipto, India, King Kong, Shanghai, Japón, Estados Unidos e Irlanda para regresar a Inglaterra. Aunque la mayor parte del viaje la realiza en tren y barco, Fogg utiliza otros medios de transporte, pero nunca el globo.
Manuel Leguineche se planteó el mismo reto que Phileas Fogg. Partiendo del mismo Club Reformista, Leguineche consiguió dar La vuelta al mundo en 81 días, obra publicada en 1988.
Julio Verne nació en Nantes (Francia) en 1828 y falleció en Amiens en 1905. Nacido en una familia adinerada de abogados, por parte de padre, y de militares, por parte de madre, Verne disfrutó de una buena educación. Licenciado en Derecho y establecido en París, Verne se dedicó a la literatura pese a no contar con apoyo económico alguno, lo que minó su salud gravemente. Se le considera el precursor de las novelas de ciencia ficción (de su imaginación brotan ideas como elsubmarino o el helicóptero) y de los libros de aventuras. Entre sus obras más celebradas se encuentran, además de la citada, Cinco semanas en globo, De la Tierra a la LunaViaje al centro de la Tierra, Cinco semanas en globo, La isla misteriosa, 20.000 leguas de viaje submarino, Miguel Strogoff y Los hijos del Capitán Grant, entre otras.

UN DRAMA EN MEXICO








Un Drama en Mexico

No tienes dispositivos


El incendio de los libros

El incendio de los libros


autro image
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Estas son las tres primeras líneas de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
El libro, editado en junio de 1967 en Buenos Aires, fue sin duda el más brillante del boom sudamericano. Aunque hay que mencionar una obra anterior , Rayuela, de Julio Cortázar,publicado en España en 1963, en una vena más urbana, bohemia y hasta beatnik, que estaba un poco lejos de los llanos, las selvas, los monos y las lluvias de Aracataca.
Esos libros marcaron a nuestra generación. Tal vez podríamos acompañarlos en el recuerdo de una adolescencia con acné y sueños húmedos, con un disco simple: Twist y Gritos, de Los Beatles.
Éramos chiquilines de colegio. Íbamos a nuestro primer empleo, o al cole y leíamos Rayuela o Cien años en el colectivo o en un banco de plaza
Éramos chiquilines de colegio. Íbamos a nuestro primer empleo, o al cole y leíamos Rayuela o Cien años en el colectivo, en el subte, en un banco de plaza. Aquellos maravillosos escritores abrieron nuestra mente al mundo de las emociones, las experiencias raras, los amores atravesados, los perdidos de la noche. Cada chica soñaba con ser La Maga (una uruguaya de nombre Lucía, que cuidaba en París a su bebe Rocamadour) y cada muchacho se creía Horacio Olivera, el chiflado aventurero argento de las orillas del Sena. Eventual propietario de un pequeño manicomio en Villa Devoto, Buenos Aires.
Este era el mundo de una juventud de clase media que conocía los libros. En efecto: cuando chicos tuvimos pocos juguetes, básicamente una pelota de fútbol para nosotros y una muñeca para ellas. No había televisión, ni playstation ni tablets ni celulares. En las interminables tardes de lluvia o invierno, tras un solo turno en el cole, no teníamos más remedio que recurrir a la biblioteca de casa. Siempre estaba ahí: grande o chica, según el nivel cultural de nuestros padres. Por lo común, había en ese modesto mueble una colección del Tesoro de la Juventud, o al menos cinco, diez, veinte tomos de aquel prodigio de información universal sin ideología, sin agresión. Los varones disponíamos de la magnífica colección Robin Hood, de tapas amarillas, donde se agrupaban Emilio Salgari, Julio Verne, Mark Twain, Roy Rockwood. Las niñas se abismaban en Mujercitas de Luisa May Alcott, que luego se prolongaría en Jane Eyre de Charlotte Bronté, y en los inevitables libritos de Corín Tellado.
Al llegar a los 16 años, pues, estábamos preparados para El Libro. A veces hacíamos un escalón en la historieta, que tuvo en la Argentina de los años 60 un florecimiento espléndido. Las revistas Hora Cero y Frontera, los dibujos de Hugo Pratt, los guiones de H.G. Oesterheld, las creaciones de Arancio, Solano López (¡El Eternauta!) Moliterni y otros cien grandes artistas, hoy radicados en España, los Estados Unidos y Francia, nos elevaron a un nuevo plano de imaginación.
En las interminables tardes de lluvia o invierno, tras un solo turno en el cole, no teníamos más remedio que recurrir a la biblioteca de casa
Como mínimo, todo hogar de clase media poseía un pequeño Larousse Ilustrado, una Sopena en cuatro tomos, un Atlas con mapas de todo el mundo. Y nuestros ojos ávidos recorrían aquellos caminos exóticos: la Ruta de la Seda, el cruce del Atlántico de Ciudad del Cabo a Buenos Aires que navegara Home Popham con William Beresford, ciudades fascinantes como Tobruk, Tánger, Nairobi, Oslo, Seattle. Nunca habíamos estado allí, pero nuestra imaginación volaba sobre los mapas y las palabras. ¡Cuántas tardes de lluvia hemos pasado leyendo, sencillamente, un diccionario, de la A hasta la Z!
En aquellos años de adolescencia se publicó también la obra de Ray Bradbury, empezando por Crónicas Marcianas y siguiendo por El Hombre Ilustrado. Después, vinieron otros títulos del gran autor americano, con mención especial para Fahrenheit 451. En esta obra se traza la caricatura de un repulsivo mundo futuro, donde los libros serían quemados, a la manera nazi o al modo de la Inquisición. El título contiene, precisamente, esa referencia: Fahrenheit 451 es la temperatura a la cual arde el papel y se consumen las obras de la cultura universal, de Gutemberg en adelante. Para los jóvenes de hoy, Fahrenheit es una marca de colonia. Se ignora, comúnmente, que los períodos más negros de la historia humana estuvieron signados por la quema de libros. ¡Y eso que pertenecemos a las religiones del Libro, el judaísmo, el cristianismo y el Islam!
De cualquier modo, aquel tiempo pasó. Se fueron cerrando las librerías y las salas de cine, desaparecieron los films de Antonioni, Visconti, Resnais, Truffaut, Kurosawa, Bergmann , Dino Risi, Federico Fellini, dejando lugar a innumerables sagas de superhéroes de pacotilla. Las salas de hoy tienen lugar para mil adolescentes, todos ellos capaces de masticar un balde completo de popcorn, y ajenos al libro. Nunca leyeron uno.
No fue necesario quemarlos en una hoguera. Alcanzó con el auge de la cultura populista del capitalismo, donde a cada cual se le proporciona su alcaloide, su anfetamina, su analgésico. La música de Los Beatles fue reemplazada por el chim pún de innumerables grupos de analfabetos. Ya no se baila con swing, sino que se brinca hasta aturdirse, en busca del golpe final, en un incomprensible pogo.
Las salas de hoy tienen lugar para mil adolescentes, todos ellos capaces de masticar un balde completo de popcorn, y ajenos al libro
El 60 por ciento de los estudiantes argentinos no entiende lo que lee, si es que lee. No obstante, muchos se anotan en los foros de Internet, donde descargan lluvias de insultos y palabrotas contra cualquiera. Impunemente, ya que están protegidos por el anonimato de nuestro tiempo. Ellos son "la gente".
En este contexto, no llama la atención que, al escuchar la radio y mirar la tele (o sólo con leer las revistas de actualidad) uno se encuentre con estas expresiones: "Llega el fin de semana...¡Bueno, disfrútenlón!"..."Esto es seguro, pongalén la firma, yo se los digo"... "Y ahora se enfrenta el Barcelona, y es la primer vez...". No tiene sentido tirarse de los pelos. Obvio: Yo se los digo es una aberración castellana. Yo digo algo, es decir lo digo. Os lo digo a vosotros, es decir yo se lo digo. La primera vez, la segunda vez, la tercera vez: todas las veces son femeninas, hasta la última vez. En cambio, el primer tiempo ha perdido la "o" de primero por una razón eufónica, ya que también podría decirse "el tiempo primero".
Es indudable: a nuestros hijos y nietos les falta cole, señorita maestra, profesor de Historia, de Lenguaje, de Física. Les falta la hondura del libro, eso que ahora quieren reemplazar por una tablet de utilería: no he conocido a nadie que lea a Charles Bukowsky o Ricardo Güiraldes en un e-book. Sencillamente, ese fenómeno es como los dragones o los centauros: muy bonito, pero no existe.
No creemos que todo tiempo pasado haya sido mejor, porque en el pasado están la erisipela, la escarlatina, la lepra, la viruela, la polio, la inquisición, las muelas arrancadas sin anestesia, los santos inmolados en la hoguera, la guillotina, la revolución comunista de 1917 y sus sangrientas secuelas. O sea: todo tiempo pasado no fue mejor. Qué va. Pero aquella adolescencia nuestra de calles libres y bibliotecas caseras, sin duda, fue mucho mejor que esta juventud iletrada. Con el odio de los ignorantes, que podemos sentir en los foros de Internet: cataratas de insultos, obscenidades y amenazas lanzadas desde el anonimato. Un perfecto pronóstico del "hitlerismo".

PORTADA DE LOS HIJOS DEL CAPITÁN GRANT

PORTADA LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DÍAS

¿Por dónde empezar con la ciencia ficción?

¿Por dónde empezar con la ciencia ficción?


Julio Verne se le atribuye la frase: Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad. Justamente en esas palabras radica la médula de la ciencia ficción. Los amantes de este género lo consideran premonitorio. Y es esto lo que hace que cada vez más gente se enganche a él. Como asegura el ecuatoriano José Daniel Santibáñez, autor de cómics y novelista, la ciencia ficción se adelanta en el tiempo y hace volar la imaginación. Por ejemplo, en su novela 'Ejecútese el Mañana' plantea la interrogante de qué sucedería si el Ecuador fuera invadido económicamente por EE.UU. Quienes nunca han leído ciencia ficción pueden encontrar difícil entrar en ella. Pero existen obras ideales para acercarse a este género. Santibáñez recomienda: 'Profundo en la Galaxia', un libro de cuentos del quiteño Santiago Páez; 'Utópica Penumbra', una antología de literatura fantástica ecuatoriana; y 'Yo artificial', de Leonardo Wild. La escritora y dramaturga Denise Nader, en cambio, recomienda algunas novelas extranjeras en esta línea esencialmente especulativa, que se construye a partir de las preguntas que nos hacemos sobre nosotros mismos, la naturaleza de nuestra mente y nuestras pasiones; el origen del universo y de la vida; el futuro de la especie humana; el fin del planeta y de todo lo que conocemos; el fin del tiempo y del espacio. Entre la selección de Nader, para descubrir este género, están las novelas '1984', de George Orwell; 'Un Mundo Feliz', de Aldous Huxley; y 'Farenheit 451', de Ray Bradbury. Las tres abordan distopías, es decir, realidades futuras indeseables. En palabras de la guayaquileña, esas obras "son las tres grandes distopías del siglo XX que reflejan la crisis de los valores y el estilo de vida occidental en donde los ciudadanos son esclavizados por el poder estatal, el placer, la tecnología y los medios de comunicación". Estos libros -dice Nader- serán siempre actuales, y eso es lo escalofriante y atrayente a la vez. Otra recomendación de Nader es 'El juego de Ender', del estadounidense Orson Scott Card. El libro trata sobre una inminente batalla que los humanos enfrentan con los Insectores y, si no ganan, podrían no solo perder la guerra sino el planeta. La esperanza recae en la formación militar de los niños. Nader asegura que Scott Card es un narrador que maneja el ritmo y la acción de manera magistral. "No puedes soltar el libro y por eso es una perfecta novela de iniciación". Santibáñez advierte que no hay que confundir la ciencia ficción con la fantasía. En la fantasía, dice el autor, no hay ciencia, pero puede haber magia, como es el caso de las novelas de Harry Potter o Percy Jackson. "Mucha gente confunde los dos términos y cada categoría tiene muchas variaciones". Para Nader, la ciencia ficción es un género que obliga a cuestionarse a profundidad quiénes somos y por qué estamos aquí. Por eso, asegura, "es el más realista y el más humano de todos los géneros narrativos y no leerlo es dejar un enorme vacío en nuestra biblioteca". Biblioteca básica sugerida 'Profundo en la galaxia'. En esta novela Santiago Páez reflexiona sobre la dualidad de los humanos. 'Ejecútese el mañana'. José Daniel Santibáñez construye un relato de corte policial; e incluye cómic en la novela. 'Los desposeídos'. Ursula K. Le Guin construye una historia en el subgénero de ciencia ficción social. 'El juego de Ender'. La novela de Orson Scott Card plantea el exterminio humano a cargo de extraterrestres . 'Un mundo feliz'. Aldous Huxley anticipa innovaciones tecnológicas que cambian la sociedad. 'Guerra mundial Z'. Max Brooks presenta un conjunto de entrevistas a quienes sobrevivieron a los zombis. 'Fahrenheit 451'. Esta distopía de Ray Bradbury recrea un mundo horrible en el que se queman libros. '1984'. En esta obra George Orwell nos muestra una sociedad aniquilada por el control estatal maniático.

Este contenido ha sido publicado originalmente por 
Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:http://www.elcomercio.com/tendencias/cultura/empezar-ciencia-ficcion.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com

Un mundo de veranos literarios

Un mundo de veranos literarios

Los pasajes de libros relacionados con el estío constituyen una perfecta guía para acceder a la mejor literatura

Pincha en la imagen y descubre algunos de los mejores pasajes veraniegos de la literatura. /ILUSTRACIÓN DE FERNANDO VICENTE.
El verano es la manzana del paraíso literario. No sólo por la tentación que despierta en los autores escribir sobre ese periodo y su eterno efecto vivificador en los lectores, sino porque suele guardar la clave que define el destino del libro, el curso de la historia narrada. Sí, ahí está en muchas obras clásicas cuando...
…Bajo una luna veraniega, después de lunas incontables, el capitán Ahab avistó a Moby Dick… entre sus vientos cálidos se oscureció el destino de la Tierra Media, en El señor de los anillos… al amparo de sus sombras, Sherezada empezó su salvación en Las mil y una noches…por él y durante él, Alonso Quijano emprendió su aventura de desfacer entuertos… en uno de sus atardeceres Humbert Humbert engendró su deseo malsano por las nínfulas en Lolita... y su embrujo trastocó la vida de todos en Sueño de una noche de verano...
Pero, ¿a quién no le gustaría vivir su verano literario favorito? Juan Marsé querría ser invitado a las fiestas de El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, “y, ya puestos, viajar con Gatsby y Daisy a la Costa Azul, con todo lo que eso implica de estar junto a un personaje entrañable, además de un aprendizaje en el ejercicio literario moral”.
Ilustración de Fernando Vicente.
Del verano de Anna Karenina, de Tólstoi, con Vronsky, su amante, le gustaría ser testigo a Nélida Piñón: “Al anticipar los acontecimientos, es el preludio de la felicidad con fracturas sutiles. Los problemas que experimentan los amantes presagian un desenlace trágico, escenas bellas”.
Javier Reverte acompañaría a Ulises a su paso por el mar de las sirenas en laOdisea, de Homero; Clara Sánchez se emociona y conmueve con El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani; Clara Usón sería testigo de cómo Rodolfo seduce a Emma en Madame Bovary, de Flaubert.
Son atajos hacia la felicidad. Y un pasaje hacia algunos de esos veranos literarios ofrece dos rutas: dar la vuelta al mundo, como sugiere el atlas que acompaña este artículo, y hacer un periplo temático y emocional por gran parte de las estaciones de la vida que llevan…

…a la infancia:

Para recordar el descubrimiento de la belleza de la naturaleza,la alegría y la realidad creando un universo propio en los recuerdos de Katherine Mansfield en Nueva Zelanda en el relato En la bahía.

…a la iniciación:

Para enfrentarse a los miedos y la verdadera sociedad y la familia zurcida de prejuicios a través de los tres niños de Matar a un ruiseñor,de Harper Lee, en el condado de Maycomb donde el calor alarga las horas y al que se le había dicho que su único enemigo eran ellos mismos.

…a las travesuras:

Para ser cómplices y disfrutar de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, con la promesa fresca del río Misisipí, e, incluso, compartir su mirada del mundo adulto y reconocer alguna tía Polly alrededor.

…a la aventura:

Para enrolarse con Jim para seguir sus peripecias detrás de un tesoro mientras esquiva y se enfrenta a traidores, rufianes, piratas y filibusteros, según lo contado en La isla del tesoro, por Robert Louise Stevenson.

...al descubrimiento:

Para ser huéspedes del capitán Nemo y disfrutar con él Veinte mil leguas de viaje submarino y, de paso, agradecer a Julio Verne sus billetes literarios que sacan de este mundo a los lectores con sus historias maravillosas que enriquecían la imaginación.

…a la realidad:

Para reconocer la aplastante realidad de la guerra que se precipita y empieza a colonizar y socavar la candidez infantil descrita por Kenzaburo Oé, en La presa, en cuya aldea solo quedan los niños en la calle envueltos por el sol y el aire cargado de malos presagios en medio de las risas.

…a la juventud:

Para comprender que lo que un joven llama la patria de su infancia ya es recuerdo, y da los primeros pasos en la edad adulta, al sentir que el mundo se abre al deseo de conquistar nuevas felicidades y proyectarse en compañía de la libertad y la autonomía como lo cuenta Herman Hesse en El ciclón.

…al arribo del primer amor:

Para evocar cómo un cruce de miradas puede juntar destinos tras despertar emociones y sentimientos desconocidos y extrañamente felices como los de Hatsue y Shinji, en El rumor del oleaje, de Mishima.

…a los deseos:

Para emocionarse con la vida inquietante y turbadora de una adolescente tanteando en sus instintos cuando se enreda en una relación con un rico comerciante chino de 26 años. Y esa joven es Marguerite Duras, en El amante, en la Indochina donde los hilos de sudor seducen.

…a la amistad:

Para reconocer los infinitos horizontes que pueden unir a los amigos, los lazos invisibles entre los afectos y la soledad descritos en el sopor sureño de Estados Unidos por Carson McCullers en El corazón es un cazador solitario, aunque algunos digan que es más una historia de amor no correspondido.

...al placer:

Para reconocer la lujuria, el poder, el deseo, la traición, la infidelidad, la insatisfacción y las pasiones sexuales ocultas y soñadas a través de la sociedad china bajo la dinastía Ming en los ámbitos público y privado, en la primera novela moderna de China: Jin Ping Mei.

…a la búsqueda del yo:

Para saber que seguir el rastro de un padre, por ejemplo, descubre los rostros del mundo, de los demás, de uno mismo, del pasado, del presente, de las promesas, de las ilusiones, y que todo eso vive en un solo tiempo sin tiempo de verano eterno, real, creído y mítico, según Juan Rulfo en Pedro Páramo.

…al río de la vida:

Para dejarse llevar por el fluir de la cotidianidad, la convivencia y los sentimientos con sus meandros y brazos inesperados que en algún punto volverán a juntarse en el caudal principal, como lo refleja Naguib Mahfuz en El callejón de los milagros.

…a los ideales:

Para acompañar Alonso Quijano, más conocido como Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, en una aventura que despierta las ganas de ser su escudero en su intención de acabar con los miedos agazapados en los campos.

…a la prueba de sí mismo:

Para subir a bordo del Pequod y ver los terrores en los ojos de la tripulación y envidiar su osada valentía, y sentir las pulsaciones de la obsesión de Ahab por acabar con Moby Dick, novela homónima de Herman Melville, sobre todo cuando una noche espolvoreada de luna se alzó refulgente el chorro de la ballena.

…a las razones de existir:

Para preguntar y preguntarse sobre los reales motivos por los que vale la pena estar en el mundo, por lo bueno y lo malo, según lo plantea Albert Camus en El extranjero, donde el brillo del cielo es insoportable.

…a la caída del esplendor:

Para ser testigos del ocaso en El Gatopardo, de Tomasi di Lampedusa, cuando Fabrizio, el príncipe de Salina, y su sobrino Tancredi acaben de llegar a Donnafugata. Es agosto. El cambio del mundo de la sociedad siciliana ha empezado en mayo con el desembarco de Garibaldi, y está a punto de ser reforzado por sus estrategias de adaptación y la revolución en sus corazones.

…a la muerte:

Para aprender de Thomas Mann, en Muerte en Venecia, sobre la belleza, la atracción y las sensaciones e ideas que despiertan en el individuo; sobre la existencia y su agonía; sobre lo que rodea cada vida.

…a lo que siempre queda:

Para echar un vistazo atrás como lo hacen dos amigos en El último encuentro, de Sándor Márai, cuyas preguntas resuenan: “¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma, nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión quizás no hayamos vivido en vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandilocuente, así de inhumana es una pasión?... ¿y que quizás no se concrete en una persona en concreto, sino en el deseo mismo?”.
Son veranos literarios en los que sobrevuelan las palabras de Toni Morrison en Jazz, cuando uno de sus personajes dice que hay que morder la manzana por que solo así se conoce su sabor.
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/27/actualidad/1406486215_143370.html