JULES VERNE

JULES VERNE

lunes, 31 de diciembre de 2012

Feliz año nuevo 2013

Feliz año nuevo 2013

Quiero agradecer sus visitas y sigan vistando, habrá cosas inéditas publicadas en el blog, videos, libros, articulos,para el mes de mayo este blog cumple 3 años,sigan visitando,gracias


FELIZ AÑO 2013

Espectacular Colección Completa De Julio Verne (1900+-)



Espectacular Colección Completa De Julio Verne (1900+-)



Precio:
$ 20.000

Condición:
Artículo usado
Ubicación:
rm (metropolitana) (santiago)

Publicación finalizada

Verne en Vigo


ARTES Y MEDIOS

EXPOSICIONES

Verne en Vigo

Durante el centenario de Julio Verne, una de las más curiosas conmemoraciones del infatigable autor francés sucedió en Galicia, con la exposicón flotante "El viaje del capitan Nemo". Yaiza Santos conversó con la comisaria de la muestra, nuestra colaboradora Mercedes Monmany, para acercarnos al "universo Verne".
Septiembre 2005 | Tags: 
Julio Verne, el capitán Nemo y la bahía de Vigo tienen algo más en común aparte del capítulo viii de la segunda parte de Veinte mil leguas de viaje submarino, donde el narrador francés relata que es en esas aguas gallegas, de los galeones hundidos en la batalla de Rande, de donde Nemo extrae su fortuna fabulosa. Se trata de la exposición itinerante "El viaje del capitán Nemo", que recorrió varios puertos gallegos desde principios de junio a bordo de las bodegas del barco de La Fura dels Baus. Su comisaria, la crítica literaria Mercedes Monmany, repasa las claves de esta exhibición y de su logrado catálogo, una magnífica muestra del universo que Verne es capaz de desplegar en escritores, dibujantes, cineastas, ingenieros y hasta cocineros, desde que se nos instala dentro mientras vivimos en nuestra patria, la infancia.
     Dos circunstancias principales se dieron para concretar esta muestra: el centenario de la muerte de Verne, cumplido exactamente el pasado 24 de marzo, y la Vuelta al Mundo de Vela, que por primera vez en su historia no partirá de un puerto británico, sino de la ciudad de Vigo. Siendo en las aguas de esta bahía donde Verne sitúa el tesoro del capitán Nemo, el gobierno autonómico de Galicia aprovechó el evento deportivo para organizar un gran programa cultural dedicado al mar, en el que tendría cabida el homenaje al escritor nantés propuesto por Mercedes Monmany y el espectáculo de La Fura dels Baus "Peregrinos da noite" —sobre los emigrantes gallegos— a bordo de su propio barco, el Naumon. Monmany cuenta que fue José Ramón Lete, director general de Deporte de la Xunta, quien dio con el hilo clave: por qué no hacer la exposición aprovechando las bodegas del barco. "Yo he recorrido las exposiciones de este año en Francia y he tenido noticia de otras, pero ninguna tiene esta particularidad, que en el caso de Veinte mil leguas de viaje submarino es redundante porque el lema del Nautilus es 'Mobilis in mobili', móvil en lo móvil", relata la comisaria. Dicho y hecho, no sólo trasladaron el proyecto directamente al océano, sino que lo convirtieron en una "visita sensorial", en sus palabras, a través de una recreación del interior del Nautilus.
     Cuidadosamente apoyada con música compuesta a partir de la que tocaba el capitán Nemo, ilustraciones, imágenes de todas las películas inspiradas en Verne y proyecciones gastronómicas sobre una mesa de salón comedor, la exhibición gira en torno a cinco ejes. Uno, la conexión entre Verne y Vigo, ciudad que visitó dos veces cuando ya era un best-seller en Europa y América. Dos, la biografía del escritor que sigue siendo considerado padre de la ciencia-ficción a pesar de los esfuerzos repetidos de expertos y profanos por ampliar esta clasificación simplista. Tres, los capítulos principales de Veinte mil leguas de viaje submarino, la novela que hizo realidad llegar al Polo Sur, visitar la Atlántida y cruzar bajo agua un canal de Suez aún no construido, acompañados por un capitán misterioso convertido en leyenda a bordo del Nautilus (o la imaginación). Cuatro, la trascendencia del libro en otras artes, reflejada con creces en el catálogo, una suerte de tratado multicolor sobre Julio Verne y el mar. 
Y cinco, los —¡cuatro!— inventores españoles que contribuyeron al desarrollo de la navegación submarina: Narcís Monturiol, Cosme García, Antonio Sanjurjo y, decisivamente, Isaac Peral.
     Mercedes Monmany explica por qué y cómo puso un interés especial en estos dos últimos puntos. Con respecto a los inventores, dice haber querido tratar la época previa al gran mercado: "Todos ellos llegan a probar prototipos perfectamente válidos y acaban olvidados, incluso perseguidos, por la oficialidad. Yo quería unir esto al desengaño de Verne, a la ingratitud de sus contemporáneos: no entró en la Academia francesa y siempre tuvo esa espina. Su pecado era precisamente ser un best-seller y lo miraban por encima del hombro. Y ésta es una paradoja que a mí también me ha interesado tocar. Hoy el mercado ya busca, a Monturiol le pagarían mil viajes, al mismo Verne no se le negaría en absoluto la Academia, estaría todo el día en la tele y sería imposible. En aquella época te da cierta ternura pesar que esta gente se fue triste al otro mundo, sus contemporáneos fueron muy avaros".
     En cuanto al catálogo, refiere que dividió a los autores por "especialidades nemianas", clasificadas en el índice con un mismo leit motiv, el viaje. Cuenta divertida que buscando a los especialistas se encontró con una especie de secta en la que todos se conocían: "Cuando das con un verniano es como la gente aficionada a los Beatles que colecciona camisetas". Quizá los casos más sorprendentes sean el gastrónomo experto en los platos del Nautilus, Cristino Álvarez, que no sólo existía, sino que ya había escrito sobre el tema, y el capitán de Navío, Luis Delgado Bañón, conservador del Museo Naval de Cartagena e historiador, gran conocedor de los aparatos submarinos y fanático de Verne. Monmany subraya también la labor del documentalista cinematográfico Asier Mensuro, que consiguió para la exposición filmes originales de los años 20 que nunca se habían proyectado en España.
     Igual de difícil que encontrar a los especialistas "raritos", como los llama Monmany, fue seleccionar a los escritores y literatos. "Esto sí que era infinito, porque Verne es un autor de futuros escritores, de adolescentes que empiezan a descubrir la literatura, así que elegí de forma un poco intuitiva", cuenta. En la lista figuran Enrique Vila-Matas, Pedro Sorela, Soledad Puértolas, Martín Casariego, José María Guelbenzu, Ramiro Fonte y Luisa Castro, que mantienen ese equilibrio buscado por Monmany entre estrictos críticos, autores imaginativos y escritores gallegos.
     El resultado de este cóctel de expertos es un libro ilustrado y completo que justifica la trascendencia del capitán Nemo y explica, en fin, este querer fervoroso a Verne entre gentes tan dispares: atrapó para siempre a muchas generaciones de lectores voraces cuando aún eran niños, como una suerte de calostro mágico literario. Que los jóvenes de hoy conozcan el nombre de los personajes de Verne sin haberlo leído es una prueba más para Monmany de que su destino era acabar en mito. -

domingo, 30 de diciembre de 2012

Nadar: testigo fotográfico del siglo XIX

15 de agosto de 2007


Nadar: testigo fotográfico del siglo XIX

Se llamaba, en realidad, Gaspard Félix Tournachón, y había nacido en París el 6 de abril de 1820. Como Nadar, sin em­bargo, fue rápidamente conocido en los ambientes de la bohemia. Carica­turista, grabador, periodista y fotógra­fo célebre, cultivó la amistad de los Dumas y de Gautier, y Julio Verne lo usó de modelo para Michel Ardan, uno de los protagonistas de "De la tierra a la luna". No era una transposición injus­ta: Nadar había participado, en octu­bre de 1863, en la expedición del aeróstato "El Gigante", que despegó de los Campos de Marte ante la presen­cia de Napoleón III. No es que Nadar prefiriese la cercanía de los poderosos. En su juventud, un informe policial lo había descrito como "uno de esos seres peligrosos que siembran las doc­trinas más subversivas en el Barrio Latino". Apoyó la República Demo­crática y Social de 1848, y más tarde peleó en Polonia, contra las tropas zaristas. De regreso a Francia, siguió combatiendo el colonialismo, el antisemitismo y la estrechez mental.
Nunca se planteó el retrato fotográfico como una actividad con la que ganar dinero, pues mantenía unas ideas estéticas sobre cómo realizar los retratos que le alejaban de los criterios más comerciales pero que, por el contrario, lo elevaban al rango artístico. Siempre se negó a colorear sus retratos y a practicarles cualquier tipo de retoque. Nadar únicamente se sirvió de la luz -modo de iluminar al modelo- y del gesto -mirada y actitud de los modelos favorecida por la relajación de los amigos fotografiados- como elementos principales de la fotografía. Acosado por las dificultades económicas, se vio obligado a abandonar tempranamente la profesión de periodista. Un escritor amigo, Eugéne Chavett, lo entusiasmó entonces a comprar una cámara oscura. Así comienzó en 1850 a incursionar en el retrato fotográfico con un éxito que ni él mismo imaginaba. Retrató a los personajes más famosos de su época, muchos de ellos pertenecientes a su círculo de amistades o con quienes compartía una identidad cultural común. Su fin era usar las imágenes para una colección de caricaturas que publicaría con el título de "Pantheon Nadar", de las que hizo una primera tirada en 1854. Hombre de alma bohemia y emprendedora, en su largo deambular como caricaturista, ilustrador y periodista, gozó de un gran renombre en el París decimonónico de los tiempos de Napoleón III, pero alcanzó la cima de su fecunda carrera como fotógrafo en las décadas de los sesenta y setenta. A Nadar se deben las primeras fotografías aéreas de la historia en el año 1856 realizadas con una cámara fotográfica desde un globo aerostático. Esta innovación tuvo un gran interés militar. En 1870 fue nombrado comandante de una compañía de globos aerostáticos para tomar fotografías de las posiciones de los prusianos que cercaban París. El atelier de Nadar, situado en la parisina avenida de Saint Lazare, era tan frecuentado que los cocheros llamaban a esa calle Saint Nadar. Personalidades mundialmente ilustres como Balzac, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Julio Verne, Baudelaire, George Sand, Rossini, Banville, Nerval, Sandeau, Michelet, Delacroix, Manckiewicz, Lamartine, Berlioz, Bakunin y Sarah Bernardt fueron registradas por el lente del experimentado fotógrafo, quien supo como nadie imprimir en sus retratos la genuina cualidad físico-psíquica de sus prominentes modelos. Para ello era perfecto el formato de "visita", introducido por el destacado fotógrafo comercial André Disdéri (1819-1889) en 1854, ya que su pequeño tamaño permitía colocar el retrato en un sobre y enviarlo a cualquier parte del planeta. En París, los clichés de celebridades hechos por Nadar eran reproducidos continuamente y vendidos a precios populares en su estudio. De esta manera, figuras internacionales de la literatura, la música, el arte y las ciencias fueron conocidos en muchos países al circular sus retratos como presente a familiares y amigos.


Sus retratos estaban impresos en papel albuminado y pegados en un soporte de cartulina dura, formato carta de visita. Llevaban plasmados en letra roja, tanto en el anverso como en el reverso, la inconfundible firma del artista francés y otros datos de su taller. Hacia las postrimerías del siglo XIX, la prensa nombró a Nadar «Decano de la fotografía francesa», reconociendo su entrega a la profesión y los numerosos aportes que le hizo, entre ellos, la aplicación de la fotografía para hacer revelaciones planométricas y de operaciones estratégicas desde el aire. También fue el primer fotógrafo en realizar fotografías con luz artificial consiguiendo captar imágenes de las catacumbas de París.
Se reveló indudablemente como un singular creador en la naciente fotografía, con sus retratos que buscaban, e invariablemente encontraban, el parecido más veraz con sus retratados. Arruinado por la guerra, murió a los 90 años, el 21 de marzo de 1910.

Julio Verne: "El gran pesar de mi vida ha sido el hecho de que nunca he tenido lugar alguno en la literatura francesa" (3) y( 4)

14 de diciembre de 2010



Julio Verne: "El gran pesar de mi vida ha sido el hecho de que nunca he tenido lugar alguno en la literatura francesa" (3)

Suele decirse que Julio Verne se anticipó a su tiempo y eso no es rigurosamente cierto. Se dice también que creó una literatura de anticipación, lo que tampoco es estrictamente exacto. Y se dice que inició el género de la novela de ciencia-ficción, lo que igualmente sólo responde en parte a la realidad. Verne, en realidad inventó muy pocas cosas. Lo que sí supo hacer, con verdadera maestría, fue captar la coyuntura social de los momentos decisivos de la historia europea que le tocaron vivir y asimilar las partes y el conjunto de la revolución científica del siglo XIX. La figura del Verne escritor adquiere un nuevo relieve y una nueva dimensión si se observa que se pasó horas y horas leyendo obras científicas o conversando con los hombres de ciencia para fundamentar sus "predicciones" y para no tener que "inventar" más que lo imprescindible. Cuando el 21 de julio de 1969 la nave espacial Apolo XI se posó sobre la superficie lunar, el hombre concretó un viejo sueño de la humanidad concebido por poetas y utopistas. Sin embargo, ciento trece años antes de que -gracias a la ciencia y la técnica modernas- se convirtiera en realidad, Verne había proyectado con asombrosa precisión ese viaje. En sus novelas "De la Terre a la Lune" (De la Tierra a la Luna) y "Autour de la Lune"
(Alrededor de la Luna), no sólo concibió la idea de un viaje espacial, sino que previó una asombrosa serie de detalles que coincidirían con la realidad, tales como el medio idóneo para el viaje espacial, un proyectil en cuyo interior hueco viajan los astronautas; la nación que podría realizar semejante empresa, Norteamérica, con una certera referencia a Rusia como la otra nación más interesada en los viajes espaciales; el lugar más apropiado para el lanzamiento, situado por Verne en Florida, muy cerca de Cabo Kennedy; las dimensiones adecuadas de la nave lunar, pues su proyectil era de envergadura y peso semejantes a la de la Apolo; la trayectoria correcta que debía seguir el vehículo para realizar su viaje; el fenómeno de la falta de gravedad que sufren los astronautas en el espacio exterior; el proceso de regeneración de aire en circuito cerrado; la satelización de la nave con respecto a la Luna, alrededor de la cual ha de trazar una órbita que le permita emprender el regreso a la Tierra; el sistema de cohetes para corregir la trayectoria; y por último, la forma y lugar en que los astronautas volverían a tomar contacto con la Tierra, pues Verne hace que su proyectil lunar caiga en el mar a cuatro kilómetros del lugar exacto donde amarizó la Apolo VIII, la primera nave tripulada que realizó una órbita lunar... semejante a la de la novela de Julio Verne. El cúmulo de predicciones exactas es aún más extraordinario por el hecho de no resultar un caso aislado en la obra de Verne. Así, por ejemplo, en "Voyages et aventures du capitaine Hatteras" (Las aventuras del capitán Hatteras), ubicó el polo del frío (el lugar más frío de la Tierra) en la isla de Cornwall, muy cercana a Oimiakón, un poblado septentrional ruso donde se han medido en la actualidad las temperaturas más bajas del planeta, y situó, con toda exactitud, en el cabo Columbia el punto de donde partiría cuarenta y tres años después Robert Peary (1856-1920) para descubrir el Polo Norte. En "Vingt mille lieues sous les mers" (Veinte mil leguas de viaje submarino), creó un submarino tal y como son los actuales, un buque capaz de permanecer sumergido indefinidamente, de navegar con plena autonomía, e incluso de atravesar el Océano Artico por debajo de la capa de hielo, exactamente lo que haría ochenta y ocho años después el primer submarino atómico, que llevaría el nombre de "Nautilus" en homenaje a su antecedente verniano. Realizó también anticipaciones técnicas como el helicóptero en "Robur le conquérant" (Robur el conquistador); sociológicas como el nazismo en "L'étonnante aventure de la mission Barsac" (La asombrosa aventura de la misión Barzac); económicas como el capitalismo monopólico en "L'île à hélice" (La isla de hélice) y políticas como el imperialismo norteamericano en "La journée d'un journaliste américain en 2889" (La jornada de un periodista norteamericano en el año 2889). Julio Verne se propuso en su juventud alcanzar una cultura enciclopédica, una cultura al estilo de la de los hombres del Renacimiento, que abarcara todas las ramas de la ciencia. Trabajó diez años en prepararse científicamente antes de escribir su primera novela, y durante toda su vida, cuando consideraba que sus conocimientos no bastaban, recurría a especialistas para que lo ayudasen. Debe tenerse en cuenta, además, el contexto social en que desarrolló su obra, que es el de una época de descubrimientos extraordinarios y de inventos revolucionarios que se ensamblaron entre sí y dieron lugar a nuevos avances, hasta el punto de que el progreso científico-técnico alcanzó una dinámica propia que lo hizo avanzar de forma cada vez más acelerada. La civilización tecnológica se había puesto en marcha y arrastró a la cultura; las ideas más audaces fueron, por lo tanto, un producto de la época. En 1807, por ejemplo, el estadounidense Robert Fulton (1765-1815), después de repetidos fracasos consiguió hacer funcionar satisfactoriamente un buque de vapor, el Clermont, que realizó una primera travesía de 249 kilómetros en treinta y dos horas por el río Hudson. En 1813, sólo seis años después, ya había una flotilla de vapores prestando servicios en el Támesis; en 1818 un buque de vapor se aventuró al mar abierto realizando la travesía Escocia-Irlanda, y al año siguiente un vapor norteamericano, el Savannah, hizo la primera travesía atlántica. En 1830, el gobierno francés utilizó intensiva y fructuosamente los buques de vapor para apoyar la conquista de Argelia, y ocho años después, cuando Verne era apenas un chico de diez años, los vapores alcanzaron un grado de perfeccionamiento tal que el Great Western, de la compañía británica Great Western Railway, hizo la travesía del Atlántico sin utilizar la ayuda de las velas en un tiempo récord de catorce días. Si el buque de vapor abrió los océanos a la navegación, que ya no dependió más de las corrientes y los vientos, el ferrocarril abrió poco después los continentes al transporte rápido y masivo de mercancías y viajeros. En 1825, el inglés George Stephenson (1781-1848) hizo funcionar el primer ferrocarril en Gran Bretaña, y tres años después, coincidiendo con el nacimiento de Julio Verne, entró en funcionamiento la primera locomotora francesa. Cuando Verne cumplía doce años existían ya 3.000 kilómetros de vía férrea en Europa, y cerca de 8.000 en todo el mundo. Y para complementar los dos inventos anteriores, hubo otro adelanto trascendental: el telégrafo. Como en el caso del buque de vapor y de la locomotora, existieron numerosos precedentes y experiencias no suficientemente satisfactorias antes de que, en la década del '30, se produjera una cadena de éxitos paralelos e independientes, protagonizados por Samuel Morse (1791-1872), Charles Wheatstone (1802-1875) y Carl August von Steinheil (1801-1870) entre otros, que convirtieron al telégrafo en una realidad práctica y rentable al poner en comunicación instantánea a gentes y países distantes miles de kilómetros unos de otros. Estos tres inventos fundamentales cambiaron la faz de la Tierra y de la sociedad. El hombre no sólo unió los continentes, sino que incluso, antes de terminar el siglo XIX, los separó a su antojo con los canales de Suez y de Panamá. Es ese el contexto en el que Verne, geógrafo de países fabulosos, creador de personajes enigmáticos e inventor de originales máquinas, llegó al mundo. Alumno estudioso y serio, en 1847 marchó a París para estudiar abogacía pero, una vez terminada la carrera, no demostró ningún interés en ella. Su amistad con Alejandro Dumas (1802-1870) y otros autores dramáticos había despertado en él la afición hacia ese género literario, lo que lo indujo a escribir algunas obras como "La conspiration des poudres" (La conspiración de la pólvora), "Un drame sous la Régence" (Un drama bajo la Regencia) y "Les pailles rompues" (Las pajas rotas), comedia esta última que fue la primera que estrenó -en 1850- y que sólo se representó una docena de veces. Luego alcanzó a estrenar "Onze jours de siége" (Once días de asedio) antes de ser nombrado secretario del Théátre Lyrique y continuar con sus ensayos dramáticos sin mucho éxito, hasta que escribió, en 1862, su primera novela, "Cinq semaines en ballon" (Cinco semanas en globo), con la que obtuvo un gran éxito que lo animó a continuar en este género. Firmó entonces un contrato exclusivo con el prestigioso editor Pierre Jules Hetzel (1814-1886), comprometiéndose a proporcionarle dos obras anuales durante veinte años, o cuarenta en un breve espacio de tiempo, por lo cual recibiría 20.000 francos anuales o 10.000 por volumen. El éxito de las obras siguientes fue tal que su editor hubo de mejorarle cinco veces el contrato. Sucesivamente publicó algo más de sesenta relatos en los que ostentó una variedad de erudición y una riqueza de imaginación inigualables que lo convirtieron en poco tiempo en una gran celebridad. Para algunos críticos Verne fue un escritor que jamás nos habló de un mundo ajeno al nuestro y que nunca se alejó del mundo viviente; siguiendo al ensayista suizo George Borgeaud (1913-1998), "más bien pensaba que no se ha descubierto nada mejor que la maravilla de existir ni de la potencia de lo concreto, sólo se extrae de sus libros la certidumbre de que la vida vale la pena ser vivida, que el hombre le descubrirá su sentido, que las máquinas de su invención le permitirán violar sus secretos y quizá los elementos de una eternidad". Estamos, claro, delante del Verne que durante decenios fue leído como un fabulador de aventuras positivas, de positivismo humano, objetivo y burgués. Sus últimos años, sin embargo, transcurrieron entre problemas de salud y un notable desencanto por la revolución tecnológica e industrial que había animado gran parte de su obra. Al momento de la realización de la entrevista para "McClure's Magazine", una de las pocas que concedió en su vida, Verne se hallaba sumido en una profunda tristeza: "El gran pesar de mi vida ha sido el hecho de que nunca he tenido lugar alguno en la literatura francesa", declaró a su entrevistador, quien en la presentación del reportaje expresó: "Fue como la confesión de una vida sin sentido, el suspiro de un viejo hombre que nunca puede volver hacia atrás. No obstante, a sus sesenta y seis años, todavía se mantiene fuerte de espíritu... Desafortunadamente, su salud le preocupa. Ultimamente sus ojos se han debilitado, y por momentos él se siente incapaz de guiar su pluma y hay algunos días en los cuales la gastralgia lo martiriza".


¿Por qué usted dice que no ha tenido lugar alguno en la literatura francesa?

Cuando yo me quejaba de que mi lugar en la literatura francesa no había sido reconocido, Dumas solía decirme: "Tú debías haber sido un autor norteamericano o inglés. Entonces, tus libros traducidos al francés hubieran tenido una enorme popularidad en Francia y habrías sido considerado por tus compatriotas como uno de los más grandes escritores de ficción". Como puede comprobar, no ha sido considerado mi lugar dentro de la literatura francesa. Quince años atrás, Dumas propuso mi nombre para la Academia, y como en ese momento tenía varios amigos en la Academia -entre los que estaban Labiche, Sandoz y otros- parecía que era la gran oportunidad para que se determinara mi elección y el reconocimiento formal de mi trabajo. Pero nunca ocurrió. Cuando recibo cartas de Norteamérica dirigidas al señor Julio Verne, miembro de la Academia Francesa no puedo evitar una sonrisa. Desde el día en que mi nombre fue propuesto ha habido, desde entonces, no menos de cuarenta y dos elecciones en la Academia Francesa que, por así decirlo, se ha renovado completamente. Pero yo he sido olvidado. El gran pesar de mi vida ha sido el hecho de que nunca he tenido lugar alguno en la literatura francesa.

Háblame de sus viajes.

Me he dedicado a la navegación por puro placer, pero siempre con el objetivo de conseguir información para mis libros. Esta ha sido mi preocupación constante y cada una de mis novelas han sido beneficiadas por mis viajes. De esta forma, en "Un billet de loterie" (Un billete de lotería) será encontrada la narración de mis experiencias y observaciones personales en una excursión que tuve la oportunidad de realizar a Escocia, Iona y Staffa; así como también de un viaje a Noruega en el año 1862, cuando viajé desde Estocolmo hasta Christiana a través del canal. Fue un viaje extraordinario de tres días y tres noches en un vapor y luego llegamos a la parte más salvaje de Noruega llamada Tolemark. Visitamos, además, las cataratas de Gosta, la cual tiene una altura de novecientos pies. En "Les Indes noires" (Las Indias negras) está la descripción de mi gira por Inglaterra y mi visita a los lagos escoceses. La idea original de "Une ville flottante" (Una ciudad flotante) sobrevino cuando viajaba hacia Norteamérica, en el año 1867, a bordo del famoso transatlántico Great Eastern. Allí visité Nueva York, la ciudad de Albany y además el Niágara. Tuve la maravillosa oportunidad de ver el Niágara cubierto de hielo. Fue el día 14 de abril. Se podían ver algunos torrentes de agua entrando a raudales a través de algunos orificios abiertos en la superficie helada. "Mathias Sandorf" fue el resultado de una excursión desde Tánger hasta Malta en mi yate, el St. Michel, el cual fue nombrado así en honor a mi hijo Michel, que me acompañó en ese viaje, así como también me acompañaron su madre y mi hermano Paul. En el año 1878 tuve una instructiva y agradable excursión a través del Mar Mediterráneo junto a Raoul Duval, el hijo de Hetzel y mi hermano. Viajar era el gran placer de mi vida y fue con gran pesar que en el año 1886, fui forzado a abandonar tal distracción a consecuencia de mi accidente. Seguramente, usted sabe la triste historia de cómo un sobrino mío, que me adoraba y al cual yo también quería mucho, vino a verme un día a Amiens y después de murmurar algo, ferozmente, me apuntó con un revólver y me disparó, hiriendo mi pierna izquierda. A consecuencia de este hecho, nunca más he podido caminar como lo hacía antes. La herida nunca se ha cerrado y nunca me han extraído la bala. El pobre muchacho estaba fuera de sus cabales. Luego, dijo que lo había hecho para atraer mi atención, de manera que se escucharan mis demandas por un puesto en la Academia Francesa. El está ahora en un asilo y temo que nunca se curará. El gran pesar que esto me trajo es el hecho de que nunca más podré ver Norteamérica de nuevo. Me hubiera gustado visitar la ciudad de Chicago este año, pero dado el estado de mi salud y esta herida que no cierra, será imposible para mi salir de Francia.

Ha utilizado sus experiencias personales pero también ha leído mucho, ¿no es verdad?

Aunque la mayoría de las descripciones geográficas en mis novelas son extraídas de mis observaciones personales, en algunas ocasiones he tenido que apoyarme en las cosas que he leído para hacer las descripciones. En "Aventuras de un niño irlandés", la novela sobre la que le hablé, y que muy pronto será publicada, describo las aventuras de un muchacho en Irlanda. La historia comienza cuando el chico tiene dos años de edad y termina cuando cumple los quince, que es cuando hace su fortuna y la de sus amigos, lo que constituye un desenlace para la novela, ¿no lo cree así? En el libro, el joven viaja por toda Irlanda y como nunca he visitado ese país, mis descripciones de los lugares y escenarios han sido tomadas de los libros que leo. En mi trabajo, estoy adelantado por varios años. La próxima novela, es decir, la que se publicará el próximo año, se titula "Mirifiques aventures de maître Antifer" (Maravillosas aventuras de Antifer), y ya está terminada. Es la historia de la búsqueda y descubrimiento de un tesoro, y el argumento gira en torno a un problema geométrico muy curioso. Estoy muy apegado a la novela que aparecerá en 1895, aunque no puedo decirle nada más por el momento, porque aún no ha tomado forma. Al tiempo que elaboro estas historias, también escribo cuentos. En el próximo número de "Le Figaro", el cual será publicado para las navidades, saldrá un cuento mío titulado "Monsieur Ré-dièze et Mademoiselle Mi-bémol" (El señor Re sostenido y la señorita Mi bemol). Seguramente conoce que el re sostenido y el mi bemol son exactamente la misma nota en el piano. ¿Ya ve entonces la trama? Ahí está implícito mi conocimiento musical. Nada de lo que uno aprendió deja de utilizarse alguna vez en la vida.

Tomás Eloy Martínez y el pesimismo tardío de Julio Verne

5 de diciembre de 2010

Tomás Eloy Martínez y el pesimismo tardío de Julio Verne

Entre abril de 1903 y marzo de 1905, Julio Verne (1828-1905) -por entonces aquejado de cataratas y con una diabetes incipiente- trabajó simultáneamente en tres narraciones, sin las cuales no se entendería por completo el resto de su obra. La primera, "Maître du monde" (Amo del mundo), era una continuación pesimista de "Robur le conquérant" (Robur el conquistador). La terminó en siete meses e incorporó a esta historia escrita en 1886 la invención de un vehículo que podía circular sin alteraciones por el aire y la tierra, sobre el agua y debajo de ella. En la primavera de 1904 avanzó en la composición de "L'étonnante aventure de la mission Barsac" (La sorprendente aventura de la misión Barsac), pero tuvo que interrumpir el trabajo poco antes de Navidad, abatido por una repentina parálisis. Fue a comienzos de 1905 que escribió como en trance la novela breve "L'éternel Adam" (El eterno Adán), que fue publicada individualmente ese mismo año y en 1910 formando parte de la antología de relatos "Hier et demain" (Ayer y mañana).
En "El eterno Adán", después de un cataclismo mundial que inunda toda la tierra y la hunde en las profundidades del mar, un grupo de personas a bordo de un navío equipado con los adelantos de la civilización desembarca en los únicos restos de tierra firme que han quedado sobre el globo. A medida que transcurre el tiempo, los sobrevivientes sufren una regresión hacia el salvajismo y la barbarie, y la humanidad debe recomenzar desde cero. Esta vez, la fe sin límites en la ciencia y en la capacidad de la especia humana que caracterizó toda la obra de Verne deviene en una profunda desconfianza, tanto en la eficacia de la primera como en el destino de la segunda. El hombre, en esta oportunidad, advierte impotente que la naturaleza -incluida la suya propia- no se deja dominar por la ciencia. La naturaleza vence a la ciencia y a la técnica.
"El eterno Adán" se publicó en la Argentina en 1975. La edición contó con la inestimable colaboración del escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez (1934-2010) quien, a manera de prólogo, escribió el ilustrativo ensayo "Profecías del fin del mundo". En él, el autor de "La pasión según Trelew" y "Santa Evita" atribuye el comienzo de esa alteración del credo positivista de Verne al episodio acaecido el 9 de marzo de 1886 cuando su sobrino Gastón lo esperó emboscado y le disparó dos balazos en una pierna luego de la negativa del escritor a darle una suma de dinero. Una de las balas de revólver se alojó en su tibia izquierda y nunca pudo ser extraída. Verne, que sólo pudo caminar apoyándose en un bastón hasta el fin de sus días, se vio obligado a renunciar a los viajes, tanto por tierra como por mar, que tanto le gustaban. Después del incidente, una sola vez fue a Nantes, en 1887, para liquidar la sucesión de su madre y otra vez a París, en 1897, para conversar con su abogado, Raymond Poincaré (1860-1934), sobre su proceso con el químico francés Eugène Turpin (1848-1927) que lo había demandado por difamación. Increíblemente, Julio Verne nunca conoció la Torre Eiffel ni tampoco pudo asistir a la grandiosa Exposición Universal de París en 1900. Su sobrino, mientras tanto, moriría en 1916 en una clínica psiquiátrica de Luxemburgo.
El extraordinario valor literario de "El eterno Adán" reside en que ofrece la particularidad de poder constatar la postrera inclinación de Verne hacia conclusiones más bien pesimistas, contrarias por completo al optimismo noble que animó los celebérrimos "Voyages extraordinaires" (Viajes extraordinarios). Ese aspecto es el que rescata precisamente Tomás Eloy Martínez, desdeñando el supuesto papel que pudo haber jugado Michel Verne (1861-1925) -hijo del escritor- en la redacción definitiva del relato, y resaltando, sí, el tono sombrío y desalentador que lo distingue.
En las cuatro grandes novelas que escribió antes de morir, Julio Verne puso fin a todas las simulaciones optimistas que habían enturbiado los "Viajes extraordinarios" y describió el vasto apocalipsis en que comenzaban a internarse los hombres. En las obras previas, la Providencia había asumido siempre la forma de un personaje ambiguo, con voluntad de poder, para quien el triunfo sobre la naturaleza era el medio de convertirse en Dios. Estas criaturas situadas más allá de la moral se llamaban Nemo en "Veinte mil leguas de viaje submarino" o en "La isla misteriosa", Hatteras en "Los ingleses en el polo norte", Maston en "El secreto de Maston", Mathias Sandorf en el relato homónimo. A la misma estirpe pertenece, acaso, el conquistador Robur, para quien el progreso debía ser moderado y la ciencia no debía adelantarse a las costumbres. Robur expresa al Verne de 1886 cuando afirma: "Conviene la evolución, no las revoluciones. Es preciso civilizar aún más a los pueblos para alcanzar la unión de todas las naciones".
A partir de 1886, percances privados trastornan la vida de Julio Verne y modifican su ideología. Su transformación es tan pronunciada que aún sorprende la ceguera con que críticos y lectores la pasaron por alto. La confusión proviene acaso de que los grandes temas de Verne reaparecieron en las nuevas novelas sin alteraciones aparentes: cada una de ellas incluía una invención científica que desbarataba la respiración del universo, y en cada aventura, los cauces del Bien y del Mal discurrían con la sensatez suficiente como para que ningún cataclismo los mezclara. Los símbolos no habían variado: todo nuevo relato incluía promontorios, rocas o torres solitarias que emergían de mares o desiertos infinitos, y que de algún modo anunciaban el Mal o el Misterio. En aquellos años de metamorfosis, Verne se distrajo también en obras triviales o meramente ingeniosas como "La isla de hélice" (1895), "La esfinge de los hielos" (1897), "El pueblo aéreo" (1901), "La caza del meteoro" (1902) y "El secreto de Wilhelm Storitz" (1902). Eran ejercicios para vaticinar la construcción de islas artificales, para completar las aventuras antárticas que Edgar Allan Poe había suspendido
sesenta años antes en "Las aventuras de Arthur Gordon Pym", para imaginar la organización de un pueblo de hombres monos o, como en el caso del Wilhelm Storitz, para dar una versión frívola e inútil del teorema metafísico sobre la invisibilidad escrito en 1901 por H.G. Wells. Más dignas de estima parecen las reflexiones sobre el amor fraternal que embellecen las páginas de "Los hermanos Kip" (1902) o sobre la ferocidad del amor materno en "La invasión del mar" (1899).


Sin embargo, no es ése el Verne que amaba Raymond Roussel y a quien resultaban ya insuficientes la creación de máquinas asombrosas y la exploración del infinito. Educado en el romanticismo, su final es más patético. Las profecías que empieza a vomitar desde su altillo de neurótico descienden en línea recta de ese árbol genealógico en cuyo tronco están los profetas hebreos, pero que tiene dibujados en las nervaduras los nombres de Baudelaire, de Lautréamont, de Henri Michaux. Apenas se desbrozan las inevitables ingenuidades argumentales de "La misión Barsac" (1903) o de "El eterno Adán", el lector entra de lleno a una luminosa placenta en la que todo es poesía. En esas dos novelas, como en "El castillo de los Cárpatos" (1892) o en "Amo del mundo" (1904), los lectores inadvertidos creyeron disfrutar de amenas descripciones del infierno. Verne proponía algo más siniestro: demostrar que había estado allí, y que ahora el satanismo era su apostolado.
"El castillo de los Cárpatos" aporta algunas endebles señales de esa transformación. Refiere el asedio de dos nobles melómanos a una bella cantante de ópera, Stilla, y la desolación de ambos cuando Stilla muere entonando un aria de Arconati, entre efusiones de sangre. Cinco años después, la soprano reaparece en lo alto de un castillo inaccesible, deslumbradora como en el día de la muerte, y con la voz aún más tersa y poderosa. El artificio para resucitarla es el mismo que Adolfo Bioy Casares emplearía, cuarenta años más tarde, en "La invención de Morel". Ciertas combinadones ópticas y acústicas ideadas por un científico crean una vida ilusoria a la vez que suscitan la idea -como sucede en la novela de Verne- de que el hombre acaso sea también irreal. En los relatos anteriores a 1886, los héroes de esta historia hubiesen encontrado la felicidad en otra parte, y las invocaciones a Dios los hubieran consolado. En "El castillo de los Cárpatos", uno de los melómanos sucumbe y el otro enloquece. La palabra Dios queda impronunciada.
En "Amo del mundo", cuya ejecución es más tardía, el conquistador Robur emplea la ciencia para afirmar su poder sobre los hombres, extorsionarlos y humillarlos. El vehículo que había inventado en la novela bautizada con su nombre se llamaba Albatros y si sus evoluciones sobre la tierra no eran benéficas, al menos resultaban inofensivas; en "Amo del mundo", la máquina se llama Espanto y la guarida donde la oculta es el cráter de un volcán, el Great-Eyry. Robur ha elegido para comunicarse con los jefes de gobierno una fórmula que los inquisidores del siglo XV oían pronunciar a los servidores del demonio. "Soy el amo del mundo". Y en las últimas tres líneas de la novela, Verne impide toda confusión al respecto: "¿Me equivoqué al suponer que el Great-Eyry servía de refugio al demonio?", pregunta la inocente ama de llaves de un policía. "Robur no era el demonio", contesta éste. Pero la mujer replica: "¿Usted cómo lo sabe?".


De todas las novelas de Verne, ninguna incluye tantas pesadillas como "La sorprendente aventura de la misión Barsac"; ninguna, tampoco, consigue que los sueños parezcan tan cercanos y verosímiles. Otras narraciones incluyen la suma de las obsesiones y de la moralidad verneana: el principal ejemplo del período optimista es "La isla misteriosa". También "Mathias Sandorf" o "Veinte mil leguas..." abundan en muestras de desconfianza hacia la Ciencia, en promontorios o grutas que significan poder, y en hombres providenciales que han triunfado sobre la naturaleza. Pero en "La misión Barsac" esos elementos están multiplicados por el satanismo de la historia y por la aplicación (acaso silvestre, pero no por eso menos eficaz) de las ideas de Nietzsche sobre el superhombre y el eterno retorno.
En los inaccesibles desiertos de Nigeria, un aventurero maligno ha creado una ciudad cuyo único dogma es el Odio: Blackland. Los esclavos y los señores se distribuyen en aldeas concéntricas como los círculos del infierno. Una máquina eléctrica convoca a la lluvia y crea feracidad en el yermo. Otras, que vuelan como los helicópteros, hacen sus levas de esclavos en las aldeas y siembran la muerte. El amo de esos territorios se llama Killer. Verne aclara puntualmente que la palabra sajona significa asesino; su biógrafo Marcel Moré ha escrito que acaso sea una premonición de Hitler, a quien Killer se asemeja por la eufonía del nombre y por las tempestuosas variaciones del humor.
Dos torres dominan Blackland: una corresponde a los dominios privados de Killer, la otra a la fábrica donde un francés distraído y amoral, Marcel Camaret, inventa para Killer los prodigios mecánicos que lo han hecho poderoso. Camaret declara que es Dios y actúa como si lo fuera; Killer aspira a ser temido como un demonio. La figura de éste es abyecta, alcohólica, abominable. La del sabio es menos simple: hacia el final de la novela, un grupo de expedicionarios le advierte que sus invenciones sirven para el Mal, y que él es de algún modo cómplice de crímenes indescriptibles. Camaret padece entonces una crisis de conciencia que cuarenta años más tarde revivirá en Oppenheimer, en Fermi y en decenas de físicos que habían trabajado en la fisión del átomo. Pero, a la inversa de ellos, Camaret aplaca sus remordimientos capturando a un lugarteniente de Killer y sometiéndolo a una sesión de picana eléctrica. Para Verne, el planeta donde habita el hombre es ya sólo una cara del infierno, y su inevitable destino es el apocalipsis. En los parajes donde Dios no existe, la sociedad se organiza en amos y esclavos, en opresores y en víctimas, y la única redención posible son los cataclismos.


"El eterno Adán" refiere los pormenores de esa hecatombe. En las apacibles páginas iniciales de un diario descubierto a la vuelta de cuatrocientos siglos, se han esfumado ya las amenazas de la Ciencia, las contaminaciones de la atmósfera y los agravios de un pueblo contra otro. De pronto sobreviene el fin del mundo, veinte hombres se salvan, y la humanidad empieza a retroceder. En este páramo ocupado por el mar, por el silencio y por la voracidad de los vientres, Dios ha muerto al mismo tiempo que la escritura, la palabra y la condición humana. El apetito del hombre no se satisface, piensa el zartog Sofr, y su hambre perpetuo (hambre de poder, de progreso científico, de bienes de consumo) es lo que acabará por condenarlo a recomenzar eternamente en forma de vegetal, de reptil o de simio.
Marcel Moré supuso que el nombre del zartog Sofr-Ai-Sr era un imperfecto anagrama de Zaratustra, y la deducción sólo es válida si se piensa en el fervor con que Verne leía en sus últimos años las obras de Nietzsche. Pero no está allí, ciertamente, la clave que permite explicar cómo el buen burgués de Amiens, conservador por educación y por timidez, abjuró de Dios al final de la vida y lo condenó al vituperio y a la muerte. Piénsese más bien en Nemo, en Robur, en Camaret, que habían engendrado increíbles maravillas mecánicas y que habían visto en esas invenciones un reflejo de su propia divinidad. Piénsese en el majestuoso Verne, que era a la vez el creador de todos aquellos dioses y, por lo tanto, el verdadero padre de un universo surgido a imagen y semejanza de sus sueños. Al sentirse morir, Verne imaginó que era también Dios el que moría. Y no difería en ello de la mayor parte de los hombres. Todos hemos adivinado el apocalipsis, y hemos creído (o querido creer) que nuestro fin sería también el de la especie. Pero sólo Verne tuvo el coraje de convertir en literatura esa abrumadora manifestación de soberbia.