JULES VERNE

JULES VERNE

viernes, 16 de febrero de 2018

El Vigo de Julio Verne: 149 años de la llegada del Nautilus

El Vigo de Julio Verne: 149 años de la llegada del Nautilus
La ciudad olívica ha estado presente en la literatura como escenario de intrigas, aventuras policíacas y leyendas de piratas pero sobre todas estas historias hay una que destaca especialmente por tratarse de una de las novelas más universales, Veinte mil leguas de viaje submarino. Es por ello que se considera a su autor, Julio Verne (1828-1905), el embajador literario de Vigo.
“Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y sólo de usted depende que pueda conocer sus secretos…”
Este libro, publicado en 1869,  tiene un capítulo llamado La Bahía de Vigoen el que el submarino del capitán Nemo, el Nautilus, entra en la Ría de Vigo para rescatar los tesoros de Rande, quizás los más buscados de todos los tiempos, que le serían de gran utilidad para costear sus viajes. Nemo cuenta a Aronnax, su prisionero, la Batalla de Rande y el desastre de los galeones españoles de la Flota de la Plata en 1702, alimentándose así la leyenda. También se narra cómo los buzos del Nautilus se hacen con los cofres cargados de oro y plata mientras se describen los aparatos de respiración submarina y lámparas iguales a los que fueron estrenados para el rescate de los tesoros de Rande en la época en que Verne escribió su novela. Esto demuestra que el escritor conocía los trabajos que se estaban realizando en Vigo y los plasmó en su obra.


Detalle del monumento al capitán Nemo en Cesantes, Redondela – Flickr ©Luis Alves
“El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso botín, los hombres regresaban al Nautilus,  depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata.”
Sin embargo, Julio Verne no visitó la ciudad hasta 1878, diez años después de la visita imaginaria del Nautilus datada el 18 de febrero del año 1868. Eso sí, el escritor pasaría más tiempo en Vigo que el propio submarino, concretamente cuatro días. Lo curioso de este viaje es que no fue planeado si no que, a bordo de su yate a vapor Saint Michel III, Verne se adentró en la Ría de Vigo con el único propósito de refugiarse de un temporal que azotaba la costa gallega durante su travesía hacia el Mediterráneo. Esta escala improvisada supuso todo un acontecimiento en la ciudad movilizando a la alta sociedad de la época que atendió con las mayores consideraciones al autor que había universalizado Vigo. Sabemos que Verne se fue fascinado porque así lo expresó en una carta enviada a su amigo Raoul Duval:
“No podéis imaginar nada más admirable que esta bahía de Vigo, lago inmenso rodeado de montañas (…)”


Vista aérea del fondo de la ría de Vigo y la isla de San Simón.
Por aquel entonces en Vigo ya estaba instalado el Cable Inglés que contralaba las comunicaciones submarinas de la ciudad con Inglaterra, El Faro de Vigo se publicaba aún tres veces por semana, se había aprobado el proyecto de Nueva Población que, ganándole terreno al mar, rellenó la zona comprendida entre la Calle Laxe y la actual Calle Colón.  Además, en el mismo año que Julio Verne llega a la ciudad, se termina la construcción de la nueva estación de ferrocarril localizada en el mismo lugar que la actual de Urzáiz. El escritor pudo haberse alojado en cualquiera de los hoteles que ya estaban construidos por aquel entonces, el Europa o el del Comercio aunque probablemente lo hizo en el más lujoso y cercano al puerto, el Continental.
Pero a pesar de la admiración que había mostrado Verne por la ciudad su segunda visita tampoco fue intencional. En esta ocasión, su escala en Vigo, en 1884, fue para solucionar un problema con la caldera del Saint Michel III, un hecho que le permitió participar en la vida social y en las fiestas de la ciudad. Mientras tanto, solventaba el fallo técnico un operario de la industria de Sanjurjo Badía, empresario que contaba con un taller y un pequeño astillero en el Arenal siendo además uno de los emprendedores decisivos en el desarrollo industrial de Vigo en la segunda mitad del siglo XIX así como precursor en la aplicación de avances sociales y laborales.
Durante mucho tiempo se defendió la existencia de comunicación postal entre Badía y Verne pero los expertos consideran, ante la falta  de pruebas, que se pudo tratar de una leyenda creada con el fin de ensalzar y unir a dos personalidades de especial relevancia en la historia viguesa. En aquel momento, ya se había inaugurado en la ciudad la línea ferroviaria con Ourense, El Faro de Vigo se publicaba ya diariamente, se había creado la Caja de Ahorros Municipal de Vigo y había llegado ya la luz eléctrica. La vida social viguesa giraba alrededor de la plaza de la Constitución, donde es sabido que Julio Verne tomó café, y de otras zonas de esparcimiento como el Campo de Granada o la nueva Alameda construida sobre el relleno.

Monumento a Julio Verne en la ciudad de Vigo – Flickr ©Cycling Man
No fue hasta el 2005, año en el que se conmemoró el centenario su muerte, que el autor de Veinte mil leguas de viaje submarino tuvo mayor presencia en Vigo. Desde entonces, Julio Verne está sentado sobre los tentáculos de un calamar gigante en las Avenidas. Se trata de una escultura en bronce que la Asociación de Mujeres Empresarias de Pontevedra encargó al artista José Molares quién la donó a la ciudad y que a día de hoy se ha convertido en un monumento imprescindible. De ese mismo año son la placa situada en la Isla de San Simón que recuerda el viaje del Nautilus y el conjunto escultórico del capitán Nemo de los artistas Ramón Lastra y Sergio Portela, entre la Isla de San Simón y la playa de Cesantes en Redondela. Ya en el año 2012, se creó la Sociedad Verniana de Vigo impulsada por un grupo de personas relacionadas con la vida cultural de la ciudad.
Monumento al capitán Nemo en Cesantes, Redondela – Flickr ©juantiagues
A la espera de ver que más homenajes guarda Vigo para celebrar los 150 años del submarino más famoso, desde Bluscus os recomendamos varias ideas con las que disfrutar todo un fin de semana en Vigo y os animamos a participar en nuestra ruta guiada. En ella podréis conocer y profundizar en lo ocurrido en la Batalla de Rande, lo que supuso la llegada del Cable Inglés a la ciudad así como descubrir los tesoros que esconde.
¿Podía usted imaginar, señor profesor, que el mar contuviera tantas riquezas? -preguntó, sonriente, el capitán Nemo.
Fotografía de portada: Detalle del monumento a Julio Verne en Vigo – Flickr ©Contando
Estrelas




Estudié Historia del Arte, una carrera que me animó a viajar e incluso a trasladarme por un tiempo al Mediterráneo. Pero mi mar es otro y mis anclas han estado siempre echadas en Galicia. Gran parte de mi vida la pasé a los pies del río Ulla, en Catoira, con familia a uno y otro lado de las aguas que separan las provincias de A Coruña y Pontevedra, que a la vez se abren hacia la más grande y céntrica de las rías gallegas, la ría de Arousa. Esta posición estratégica, y el viejo coche de mis padres, me permitieron conocer desde muy pequeña gran parte de la costa gallega que tanto me fascina. Al igual que gran parte de los gallegos, siempre he mirado al mar con sentimientos que ondean entre el respeto y el placer al ver en él una fuente de trabajo importantísima pero también de relajo y diversión. Además, cada vez que uno de sus tesoros gastronómicos se presenta ante mi consigue sacarme una sonrisa. El sabor a mar es uno de mis favoritos.
Etiquetas: barcos, navegación, Turismo marinero

miércoles, 14 de febrero de 2018

QUIMICA-INGENIERIAENERGIA - MENDELEIEV




https://quimica-ingenieriaenergia.wikispaces.com/MENDELEIEV

El 8 de febrero también se cumple el natalicio de Mendeleiev

También anticipaba, nacido un 8 de febrero, al igual que Verne, resulta ser que unos de sus escritores favoritos fue Verne, anticipó todos los elementos químicos de la tabla periódica, incluso los elementos no descubiertos, dejó sus respectivos espacios en la tabla, hasta que fueron descubiertos y ocupado sus respectivos cuadros, en total son 120 elementos químicos, falta algunos por confirmar, para que la tabla esté completa.

martes, 13 de febrero de 2018

Viaje al centro de la Tierra (Reseña)

Viaje al centro de la Tierra (Reseña)
Por: Raúl Armenta Asencio




¿Quién no ha soñado con ir a lugares imposibles como planetas
muy alejados de nosotros, al fondo del mar o al centro de la tierra?
El escritor francés, Julio Verne, es un experto en
llevarnos a través de la literatura a esos lugares que
sólo existen en nuestra imaginación, y Viaje al centro
de la Tierra es uno de sus mejores ejemplos.
En Viaje al centro de la Tierra conocemos la historia de Axel,
quien vive junto a su tío Otto, un prestigioso profesor de mineralogía
en Hamburgo, Alemania. Un día, por casualidades del destino,
descubren y descifran un mapa que los llevará al
centro de la Tierra, entrando a través de un volcán en Islandia.
Una vez que logran entrar, Axel y Otto deberán enfrentarse
a una serie de peripecias que pondrán en peligro sus vidas,
pero que también les mostrarán algunos de los paisajes
más increíbles e inexplicables.

Sin duda alguna, Viaje al centro de la Tierra es un libro
que tienen que leer todos. Su lenguaje es realmente
accesible y por ser un clásico, es una excelente opción
para una de esas lecturas obligatorias de la escuela.
Además, Viaje al centro de la Tierra es una excelente
opción para aquellos que buscan olvidar un rato la difícil
situación que vivimos, y para aquellos que creen (creemos)
que por más que la ciencia aparentemente
ha demostrado todo, aún quedan lugares
que son dignos de nuestra imaginación.
No es muy largo (cuenta con 186 páginas)
y es muy entretenido: desde la primera página
el lector se encontrará queriendo saber qué pasará
con nuestros héroes, y cómo Verne se imaginó el centro de la tierra.
Viaje al centro de la Tierra es un libro escrito
por Julio Verne. La edición reseñada es de la
colección Buque de Letras, publicada por Editorial Sélector.  
Cuenta con 186 páginas.

lunes, 12 de febrero de 2018

Los hijos del capitán Verne (y algún que otro padre)

Los hijos del capitán Verne
(y algún que otro padre)
·        08
·        feb
·        Oportet Editores
·        No hay comentarios.

Hoy, 8 de febrero, celebramos el 190.º aniversario del nacimiento
de Jules Verne en Nantes; y en 2018 se cumplen 150 años de
la edición en forma de libro de una de sus grandes obras:
Los hijos del capitán Grant, que se había ido publicando en
forma de folletín entre 1865 y 1867. Hasta ahí lo que nos
depara un simple cálculo matemático y sugiere la costumbre
de celebrar aniversarios más o menos redondos.
Con pocos meses de diferencia, coinciden estas fechas
con la publicación en la selecta colección francesa de La Pléiade
de otra serie de «Viajes extraordinarios» de Verne. Esa ascensión
al Olimpo literario francés y la consiguiente gloria del
reconocimiento académico, que le fue escatimada
en vida, está siendo reparada por algunos de sus hijos literarios
o espirituales.
No obstante, aún queda pendiente una auténtica edición
crítica de la mayor parte de sus obras, pese a todos los esfuerzos
de los estudiosos franceses y de muchos de sus traductores, que
se han volcado en fijar textos fiables, sin erratas y, en
ciertos casos, realmente atribuibles a Verne (y no a su hijo
Michel, como ocurre con algunas de sus últimas obras o con
otras publicadas póstumamente).
Vista la impresionante cantidad de novelas, cuentos y otros
textos de los que fue autor, se trata de una tarea colosal, pero
necesaria, no solo para el disfrute del lector, sino también
con el fin de poner de relieve los condicionantes de la producción
editorial a los que estaba sometido: el grado de influencia de
su mentor, Hetzel; la autocensura o la mera censura ejercida
por otros, en función del tipo de publicación a la que estaban
destinados sus textos, etcétera.
Hablar de «los hijos del capitán Verne» y parafrasear alegremente
el título de Los hijos del capitán Grant, no debe entenderse
como una muestra de sumisión jerárquica ni de premisa
excluyente, sino que, por el contrario, supone referirse
a la filiación literaria y al placer de leer y releer unas
páginas que, transcurridos los años, siguen manteniendo
la frescura de unas descripciones imperecederas, la emoción
de vivir unas aventuras insuperables y el magnetismo que
encierran tantos párrafos en los que estallan los volcanes
o se desatan las tempestades más feroces, pero en los
que el lenguaje cobra, sobre todo, una fuerza proteica, una
dimensión nueva.
Hablo de cómo la fértil imaginación de Verne consigue plasmar
la insospechada belleza geológica de los paisajes subterráneos
de Viaje al centro de la Tierra o la de los alucinantes bosques
submarinos de la isla de Crespo en Veinte mil leguas de viaje
submarino; hablo también de las escenas del clímax de Miguel
Strogoff, casi un Edipo ciego y desvalido en Siberia, al que
sostiene una joven Nadia; de la implacable, metódica
e inteligente venganza de Matías Sandorf; del divertido
desparpajo de Passepartout en La vuelta al mundo en ochenta
días; de cómo unos cuantos náufragos consiguen que florezca
La isla misteriosa y Verne logra un tour de force al conectar
así su imprevista trilogía; del trasfondo de cuentos fantásticos
de inagotable interpretación, como Frritt-Flacc; de esa comedia
novelada, con vuelta al mar Negro incluida, que es Kerabán el testarudo;
de la narración gótica y las apariciones del Castillo de los Cárpatos;
de las dificultades del amor en el Archipiélago en llamas y
El secreto de Wilhelm Storitz; de las terribles premoniciones
de Los quinientos millones de la Begún o el no menos terrible
argumento del Chancellor; de la aproximación a los recónditos
instintos del ser humano en Dos años de vacaciones, de la que
bebería El señor de las moscas; del inquietante mundo de las
hulleras y ese extraño amor que brota en Las Indias negras,
analizado con tino por el filósofo Michel Serres; o,
simplemente, de su estreno, con Cinco semanas en globo,
donde ya se intuyen los derroteros que seguirá su obra.
Por supuesto, la emoción de leer o releer todas esas páginas
vibrantes, no tiene por qué cegarnos ante otras páginas menos
gloriosas y más difíciles de digerir en las que aflora el antisemitismo
o en las que la descripción de poblaciones sojuzgadas por el
colonialismo no es nada halagüeña. ¿Convicción personal o
contradicciones del autor dentro de una obra enorme,
en la que, por ejemplo, también aboga por la solidaridad y
rechaza claramente la esclavitud (Veinte mil leguas de viaje
submarino, Un capitán de quince años)? Para formarse una
idea cabal, es preciso continuar estudiando la obra y situarla
en su contexto y en relación con la creación literaria e intelectual
de su época. Razón de más para insistir en la necesidad de
establecer ediciones críticas fiables.
Estos últimos años, los amigos de Graphiclassic han dedicado
a Verne sendos volúmenes de artículos, magníficamente
ilustrados. Otros autores, como Almudena Grandes, Ledicia
Costas o el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, se han valido
recientemente de la figura literaria o del referente verniano
en algunas de sus obras, y sobre ellas volveremos en otros
artículos. De alguna manera, todos ellos forman también
parte de ese linaje espiritual al que podemos denominar
«hijos del capitán Verne», entre los que estarían otros
como R. Bradbury, J. M. G. Le Clézio, G. Perec, A. Muñoz
Molina y tantos más.
Celebrar estos aniversarios y hablar de linajes y genealogías
nos lleva a mencionar a los «padres» literarios del mismo
Jules Verne, que no fueron pocos, ya que si hay algo que
distinguió a nuestro autor fue su precoz afición a la
lectura, algo que cultivaría toda su vida con auténtica voracidad.
Verne se nutre, claro está, de la epopeya homérica y
de otros clásicos grecolatinos; pero también de
Rabelais, Cervantes, Shakespeare, Molière,
Defoe, Walter Scott, Fenimore Cooper, Edgar A. Poe,
E. T. A. Hoffmann, Balzac, Wyss, Dickens o Victor Hugo. Su obra
no se entiende sin los Dumas, padre e hijo, pero tampoco sin
Baudelaire, que tradujo a Poe al francés; y tendríamos que
incluir la música, otra de sus pasiones, junto con la navegación.
Verne es también deudor del teatro y del vodevil francés
de su época y al mismo tiempo, tal vez paradójicamente, de
miles de páginas de informes y noticias sobre las cuestiones
científicas más diversas y de narraciones y relatos de viajeros
y exploradores (entre sus fuentes estaban los hermanos
Arago, el historiador Jules Michelet, el geógrafo É. Reclus,
matemáticos, científicos o marinos). Y eso es lo que hace que
su obra represente un cambio de paradigma en la novela que,
sin ningún tipo de connotación peyorativa, podemos calificar
de «popular», es decir, que goza del favor de un público
muy amplio y muy diverso: el gran mérito de Verne es
haber sabido captar los rasgos de la modernidad de un
mundo que se transforma a toda velocidad y engarzarlos
con el relato de aventuras que permanece vigente y vivo de
muy diversas formas en la historia de la literatura
(como tenemos escrito en algún lugar, al menos desde
Gilgamesh, sencillamente porque es consustancial al
devenir del ser humano).
En Los hijos del capitán Grant, la novela cuyos 150 años
también celebramos ahora, la aventura consiste, esencialmente,
en una transformación, una metamorfosis de los personajes
(¡recuérdese el nombre de la isla Tabor!). Cada uno de ellos
habrá experimentado un cambio crucial en sus vidas al
término de la aventura. Curiosamente, debido a esas
carambolas editoriales y literarias que ocurren a veces,
también se trata de una novela que acabará convirtiéndose
en una de las columnas de una trilogía a la que no estaba
destinada cuando fue concebida: la que forma con Veinte
mil leguas de viaje submarino y con La isla misteriosa.
Leer o releer Los hijos del capitán Grant supone adentrarnos
en algunas de las mejores páginas del autor de Nantes. Hay quien
declara que es la mejor obra de Verne, o al menos la
más completa. Cada lector es muy libre de decidir. Se trata
de una novela larga, en tres partes, en la que nos presenta
la primera vuelta al mundo que darían unos personajes
suyos, en este caso en un obsesivo recorrido por el
paralelo 37º meridional. En cierto modo, recuerda a esos
pasajes de la Odisea en que Telémaco sale en pos de
Ulises, pues el motor de la acción es la búsqueda del
padre que emprenden los hermanos Mary y Robert Grant,
con el anzuelo añadido del mensaje en una botella como
detonante del viaje. Entre sus páginas más memorables
están la descripción del vuelo del cóndor, con la figura
de Thalcave de fondo, o aquellas en las que se desvela
el enigma de Ayrton.
Sea como fuere, Los hijos del capitán Grant es también
la obra en la que el Verne más irónico y teatral crea a
uno de los personajes más entrañables de toda su obra:
el sabio y gran geógrafo Paganel, un personaje tan erudito
como terriblemente distraído, que pone con su sabiduría y buen
humor el contrapunto necesario a la aventura, y que hallará la
clave para resolver el misterio de la novela: dónde estaba
el capitán Grant.
Para concluir esta celebración del 8 de febrero a la que nos
sumamos con Oportet, sirvan las palabras con las que Verne
describe al sabio Paganel, en un guiño inteligente y válido
para todo tiempo y lugar: «[Paganel] carecía del aire huraño
de esos graves personajes que no ríen nunca, por
principio, y cuya nulidad se oculta tras una máscara seria».