JULES VERNE

JULES VERNE

jueves, 30 de marzo de 2017

Un aventura en globo aerostático

Un aventura en globo aerostático



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·         DOBY M. BRACHO C.
19 de marzo de 2017 05:00 AM
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Logré el mágico vuelo de un ultraligero por el Autana, entrando al Libro Guinness de los Records por ser el único piloto que haya realizado un vuelo subterráneo.
La aventurera Frida Ayala habló de sus fantásticas experiencias con Ascenso, un centro de aventura que hacer crecer la cultura del deporte en contacto con la naturaleza.

El viernes 10 de marzo miembros de la Universidad Simón Bolívar (USB), disfrutaron de la charla ¡Sí podemos!, a cargo del Piloto e instructor de vuelo Jimmy Marull y de sus amigos: Frida Ayala quien se desempeña como cineasta y de Alfredo Autiero, quien es Operador de Turismo y Guía de Montaña Internacional. La actividad fue organizada por la Federación de Centros de Estudiantes de la USB, en el marco del festival Zaperoco en la U 2017, y la conferencia fue realizada en el Conjunto de Auditorios.
Marull y sus amigos compartieron varias aventuras, anécdotas, aprendizajes y experiencias desde las alturas. “Logré el mágico vuelo de un ultraligero por el Autana, entrando al Libro Guinness de los Records por ser el único piloto que haya realizado un vuelo subterráneo, atravesando la caverna de una montaña con un avión ultraliviano”, comentó Marull.
Por su parte, Auterio combinó, muy a su manera, la sabiduría y la serenidad de un anciano con la amabilidad de un niño. Su simpatía lo caracterizó  y lo delató como fiel servicial.   Al referirse a su ocupación habló de sus experiencias como  Operador de Turismo y  Guía de Montaña, donde dejó muy claro que es un estilo de vida.
Por último, la aventurera Frida Ayala habló de sus fantásticas experiencias con Ascenso, un centro de aventura que hacer crecer la cultura del deporte en contacto con la naturaleza. Al finalizar las fantásticas charlas, elevaron un globo  aerostático frente al Rectorado de la USB.

martes, 28 de marzo de 2017

LAS INDIAS NEGRAS-POEMA INSERTO EN EL CAP XVIII

Estimados Cristian, Allan y Ariel, y amigos del Foro:

A continuación transcribo texto de hermoso himno en el que se exaltan las tradiciones y elementos distintivos de Escocia, incluido en la novela de Julio Verne Las Indias negras. Considero pertinente incluir los párrafos antecedentes; de esta manera, el mismo Verne nos introduce y explica, a través de su propia pluma, el significado y simbolismo musical de tan poéticos versos. Seguramente el autor, tan unido e identificado con la cultura celta, los recogió en su viaje y estudios sobre la “Vieja Caledonia”. Creo que en eso me identificó mucho con él, o quizás por él, siento profunda afinidad por ese país y su cultura. Al final, colocaré los datos editoriales y de traducción. Siento que hay que dar méritos al traductor, sin duda un poeta, al igual que Verne.

         En aquel  momento, oyéronse los sonidos de una cornamusa en la popa del Rob Roy. Era un highlander, vestido con el traje nacional, que preludiaba en su instrumento de tres bordones, correspondientes al sol, al si y a la octava de sol. La flauta de tres agujeros daba la nota de la escala musical de sol mayor con el fa natural.
         La canción del highlander era de una sencillez encantadora al mismo tiempo que de una gran ternura. Probablemente, las canciones nacionales de Escocia, mezcla del soplo de la brisa, del murmullo de las aguas y del ruido de las hojas agitadas por el viento, no han sido escritas por nadie.
         La canción del highlander constaba de tres compases a dos tiempos y de otro compás a tres tiempos.
         Juan Ryan, que en aquel momento era verdaderamente feliz, estaba en sus glorias, y, luego, no se sabe si por deleitar los oídos de sus compañeros de viaje o por complacerse a sí mismo, entonó con voz sonora, acompañado por el músico, un hermoso himno consagrado a las leyendas poéticas de la vieja Caledonia, y cuya traducción podría ser la siguiente:


¡Bellos lagos escoceses,
conservad en vuestras ondas
eternamente el recuerdo
de vuestras encantadoras
tradiciones y leyendas!
¡Oh, hermosos lagos de Escocia!

En vuestras mansas orillas,
en vuestras rizadas olas,
de vuestros famosos héroes
siempre vagarán las sombras.
¡Héroes jamás olvidados,
cuyas hazañas notorias
cantó nuestro insigne Walter
en inspiradas estrofas!
Aquí, la torre en que antaño
celebraban jubilosas
las brujas sus aquelarres,
envueltas en negras tocas:
allí, los campos extensos
cuyas malezas evocan
el recuerdo de Fingal

y su peregrina historia.




         ____


Aquí, mediada la noche,
bailaban sus danzas locas
los duendes y los fantasmas;
allí, la faz espantosa
de los viejos puritanos
aparece entre las sombras,
lanzando llamas de fuego
por los ojos y la boca.
Y, cuando cae la tarde,
entre las salvajes rocas,
puede sorprenderse aún
a Waverly, quien a Flora
Mac Ivor, la infortunada,
arrastra, ciego de cólera,
para obtener por la fuerza
lo que por favor no logra.

         ____

Jinete sobre magnífico
palafrén, la caprichosa
Dama del lago aquí viene
a pasear, cual señora
de estos dominios, al paso
que, no lejos, suena ronca
la bocina de Rob Roy,
cuya voz, grave y monótona,
escucha con embeleso
Diana, la cazadora.
¿No se oyeron, hace poco,
los clarines y las trompas
de Fergus y de sus tribus,
cuyas voces clamorosas
turban la paz y sosiego
de esta región silenciosa?

         ____

¡Oh, lagos de mis amores,
barrancos, grutas y rocas!
Estáis tan dentro de mí,
que, si, un día, veleidosa,
la suerte me lleva lejos
de la vieja Caledonia,
ni han de olvidaros mis ojos,
ni han de faltaros mis coplas.
¡Oh visión desvanecida!
¡Oh visión encantadora!
¿Por qué no puedes volver,
tan brillante, tan hermosa,
a mi lado y perseguirme
por doquier y a todas horas?
¡Es tuya toda mi vida,
y es para ti mi alma toda!
         ____

¡Bellos lagos escoceses,
conservad en vuestras ondas
eternamente el recuerdo
de vuestras encantadoras
tradiciones y leyendas!

¡Oh, hermosos lagos de Escocia!

DATOS EDITORIALES

VERNE, Julio. Las Indias negras. En: VERNE, Julio. Obras. Volumen II. Barcelona (España): José Janés Editor, 1958; pp. 1.962-1.965 (Colección: Los Clásicos del Siglo XIX). El texto está inserto en el Capítulo XVIII.
Sobre la traducción y criterio editorial, al final del volumen aparece la nota siguiente: “El editor se complace en hacer constar su agradecimiento (…) a ‘Ramón Sopena, editor’ por su autorización de las traducciones de El maestro Zacarías, Martín Paz, Una invernada entre los hielos y Las Indias negras, realizadas por F. Cabañas Ventura, prestando así una valiosa colaboración a la edición de este volumen”.

Texto enviado por Jesús Barreto.

Boconó, Venezuela

Nota del editor: está entrada se publicó el 2 de diciembre, estaba incompleto, se corrigió y se vuelve a colocar hoy 28 de marzo,mi estimado amigo Jesús me hizo la observación.

Yo tengo 3 ediciones diferentes de La Indias Negras,yo no he leido el libro, aparentemente este poema o himno no aparece en ninguna de esas ediciones, es muy bonito, leerlo con atención.

lunes, 27 de marzo de 2017

La única insatisfacción de Julio Verne (Parte II)

La única insatisfacción de Julio Verne (Parte II)
POR MIGUEL SABATER · EN MARZO 8, 2017
Cultura y Arte


Cuando se disipó la neblina me vi caminando por una estrecha calle adoquinada. De momento pensé que me encontraba en algún sitio de Praga. Poco después tuve la certidumbre de que era París, y que mi razón de estar allí era llegar a la estación de ferrocarril para seguir camino a Amiens.
Amiens, al norte de Francia, es la capital de la antigua región de Picardia. Desde el siglo xv su actividad fundamental es la textil. En ella permanece la imponente catedral gótica de Notre Dame, la mayor del país con una longitud de 143 metros.
La vida de Julio Verne consiste en levantarse antes de que amanezca, trabajar hasta las once, luego almuerza y se va al local de la Sociedad industrial donde están las salas de lectura. Allí nutre su espíritu documentándose con periódicos y revistas. Después regresa a casa donde continúa leyendo en su biblioteca para luego tomar un baño de agua tibia y cenar. Cuando el Consejo municipal se reúne en sesión, Verne suspende sus actividades literarias. Cumple cabalmente con su cargo de funcionario del Consejo, en lo cual se desempeña en actividades de tipo cultural.
 ¿Cómo hace sus libros? —le pregunto después de haber saboreado un exquisito té acompañado con bizcochos.
—Yo siempre estoy escribiendo. Cuando no lo hago físicamente en una de mis novelas, estoy pensando en las diez que voy a escribir en el futuro. Pienso mucho en el argumento de mis próximas obras, y creo que es por eso que luego no me cuesta trabajo escribirlas. Es en las correcciones donde invierto la mayor parte de mi tiempo. Nunca estoy satisfecho antes de la séptima o la octava corrección, de modo que la última versión a veces ya tiene muy poco que ver con la primera.
 ¿Esa actividad de corregir es aburrida?
—De ninguna manera. La corrección es parte de la creación. Es la creación en detalle, y lejos de aburrirme la disfruto mucho. Un libro nunca está acabado. Esta es una de las más amargas verdades del oficio, pero también es una de las más grandes enseñanzas que se adquieren al ejercerlo.
Así como Balzac se propuso con su Comedia Humana realizar una disección de la sociedad de su tiempo, Verne, en su ciclo de novelas Viajes Extraordinarios, tiene la intención de describir la tierra entera.
Cada novela de Verne es un acercamiento a la historia y la geografía de una región del planeta. Antes de imaginar personajes y tramas el novelista se documenta minuciosamente sobre el espacio y el tiempo donde se moverán sus personajes y ocurrirán los acontecimientos. Verne es un lector insaciable de obras científicas, de periódicos y revistas especializadas sobre ciencia, industria y geografía. Está suscrito a más de 20 publicaciones. De sus cuantiosas lecturas ha fichado miles de notas que conserva clasificadas según sus temas, y ello le ha servido para enriquecer sus libros con numerosos datos. En estas fichas están registradas también sus observaciones obtenidas en diversos viajes.
—Desde muchacho yo adoraba ver como trabajaban las máquinas. Recuerdo vívidamente que mi padre tenía una finca en Chantenay, en la desembocadura del río Loira cuando vivíamos en Nantes. En ninguna de mis estancias en Chantenay dejé de visitar la fábrica. Me pasaba de pie horas y horas observando cómo las máquinas hacían su trabajo. Usted no puede imaginar cuánto me complazco viendo la máquina de vapor de una locomotora; disfruto esa experiencia con la misma pasión con que pudiera contemplar un cuadro de Rafael o Correggio. Mi interés en las industrias humanas siempre ha sido un marcado rasgo de mi carácter, tan marcado como mi amor por la literatura.
 ¿Cómo puede usted inventar tantas cosas?
 ¿Quién ha dicho que yo invento en mis novelas? Siempre he tratado que todo parezca tan verdadero y simple como sea posible. La exactitud de mis descripciones las debo a numerosos apuntes y reflexiones que he registrado durante años.
—Se ha dicho que las mujeres no ocupan un lugar preponderante en sus novelas —le comento.
—Eso tampoco es exactamente así. Cuando hay necesidad de introducir el elemento femenino, lo encontrará en mis novelas. Ahora, lo que sucede es que el amor es una pasión absorbente y deja poco espacio para algo más en el corazón humano, y mis héroes necesitan de mucho ingenio e independencia para llegar a sus propósitos finales, y la presencia de una encantadora joven puede interferir en sus objetivos.
El estudio de Verne me sorprende. Es pequeño, y da la impresión de que es una especie de cabina del comandante de un navío. En una esquina, de frente a una gran ventana por la que puede verse la catedral de Amiens, se observa una mesa de trabajo cubierta con libros y mapas ordenados. En la esquina opuesta hay un pequeño catre donde Verne duerme después de la puesta de sol hasta el día siguiente en que, al alba, despierta para comenzar a trabajar. Además, hay un busto de Moliere y otro de Shakespeare y algunos cuadros pintados con acuarela entre los que figura su yate St. Michel.
Colindando con el estudio asoma una habitación clara y silenciosa, donde se observa una colección de libros de viajes, de ciencia y mapas. Aparte de esta biblioteca existe otra en que figuran todas las novelas de Verne en Francés: 80 volúmenes, y otra sección donde hay cientos de volúmenes en diversos formatos que son las traducciones de sus novelas a diversos idiomas.
La compañía de los Verne no merece abandonarse, pero recuerdo que dentro de una hora debo abordar el tren que pasa por Amiens de regreso a París.
—Lo acompañaremos —me dice Verne—. Así podremos enseñarle las curiosidades del pueblo.
Nos dirigimos al centro de la ciudad. Mientras el novelista me comenta lo que ha hecho la administración municipal por los progresos del pueblo, la señora Verne es saludada por algunas personas conocidas, asombradas de verla fuera de la casa a una hora desacostumbrada. A Verne lo saludan constantemente hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que lo tratan con notable respeto.
En el hotel de la villa, me mostró la galería de pinturas, haciendo ciertas observaciones de las obras expuestas. Luego visitamos la catedral Notre Dame, a la que todos los domingos asiste el matrimonio.
—Son ustedes muy gentiles —les digo a los Verne cuando atravesábamos la plaza—. Dígame una cosa —agregué dirigiéndome al escritor—, ¿esa insignia roja que lleva en su chaqueta, lo acredita como oficial de la Legión de Honor?
—Sí —respondió el novelista—. Es un reconocimiento. Fui el último hombre condecorado por el imperio.
 ¿Cómo el último?
—El último. Dos horas después de firmado el decreto que me hizo miembro de la Legión de Honor, dejó de existir el imperio.
—Parece un hecho de novela —le digo.
—Pero así fue. Sin embargo, no son las condecoraciones lo que ansío, sino el reconocimiento de las personas por lo que he hecho o he intentado hacer.
—Excúseme. No lo entiendo.
—Es muy sencillo. Hace quince años atrás Dumas hijo propuso mi nombre para la Academia francesa, pero no aceptaron mi elección. Ahora, recientemente, han renovado la Academia, y sigo siendo ignorado. Dumas me dijo que, si yo hubiera sido un autor norteamericano o inglés, mis libros tal vez habrían sido traducidos al Francés y mis compatriotas me hubieran considerado como uno de los más notables escritores de ficción. Y yo creo que tenía razón. Esta ha sido la única insatisfacción de mi vida.
—Suele ocurrir —comento—. En mi país no pocos escritores empezaron a ser mejor considerados después de conocidos en el exterior. Otros tuvieron y tienen peor suerte: como si no existieran.
Ya nos encontrábamos en el cementerio de la Madeleine, al que los esposos Verne me habían prometido llevarme antes de nuestra despedida.
—Este es el camposanto de Amiens —me dice, al parecer, un empleado del cementerio que ahora inexplicablemente me acompaña. Es un hombre alto, de expresión severa, que anda junto a mí ofreciéndome datos del lugar. Mientras conversa conmigo advierto que a mí alrededor no están los Verne.
 ¿Dónde están los Verne? —le pregunto.
—Ahí —responde el empleado con un movimiento de cabeza.
Justamente entonces nos detuvimos. El guía señala una tumba en cuya inscripción figuran los nombres de Julio y
Honorine. Sobre el sepulcro se impone una escultura del novelista.
—La obra se titula «Hacia la inmortalidad y la eterna juventud» —me explica el guía—. Fue diseñada por el escultor amiense Albert Roze en 1907.
—Hace cien años —comento, algo distraído—. Pero, ¿cuándo murió Verne? —pregunto de inmediato, desconcertado.
—El 24 de marzo de 1905. Su funeral se extendió a cuatro días y se difundió en los diarios más importantes del mundo. Está pálido, ¿se siente mal?
—No. Es que no lo sabía. Excúseme. Recordé que ya tengo que irme.
Ahora, mientras regreso de Amiens en este tren que se desplaza a través de un sendero de niebla interminable, recuesto la cabeza, cierro los ojos y veo el monumento: Julio Verne saliendo de su propio sepulcro mirando al cielo y con la mano en alto llevando una flor natural.
—La flor se la ponemos todos los días, —recuerdo que me dijo el guía.
Es el testimonio que Amiens le hace diariamente a su escritor. Me habría gustado tanto que Verne lo supiera. Así podría vivir su muerte con la satisfacción de que Francia le hizo justicia.


Photo Credits: Malin Andreassen

Cultura y Arte: La única insatisfacción de Julio Verne (Parte I)


Cultura y Arte: La única insatisfacción de Julio Verne (Parte I)
POR MIGUEL SABATER · EN FEBRERO 22, 2017







Cuando se disipó la neblina me vi caminando por una estrecha calle adoquinada. De momento pensé que me encontraba en algún sitio de Praga. Poco después tuve la certidumbre de que era París, y que mi razón de estar allí era llegar a la estación de ferrocarril para seguir camino a Amiens.
Amiens, al norte de Francia, es la capital de la antigua región de Picardia. Desde el siglo xv su actividad fundamental es la textil. En ella permanece la imponente catedral gótica de Notre Dame, la mayor del país con una longitud de 143 metros.
Después de haber viajado dos horas y media desde París, llegué a la estación de Amiens. Es una edificación rectangular de mampostería con algunas oficinas, un salón de espera y un ancho andén a la orilla del cual se extiende la línea que se curva poco más allá de 30 metros de la estación.
Julio Verne vive justo en la esquina de Rue Charles Dubois y el Bulevar Longueville, en una casa de tres pisos, en cada uno de los cuales hay cinco ventanas que dan al Bulevar y a la Rue Charles Dubois.
La residencia no confluye con la calle. La protege y oculta un alto muro por la Rue Charles Dubois, donde hay una puerta con una campana para avisar la llegada del visitante.
Toco la campana y casi de inmediato una jovial señora abre la puerta y me invita a pasar a un patio pavimentado. A la izquierda esplende un jardín con árboles y flores. A la derecha se ve la casa de la familia Verne. Para llegar a ella hay que pasar una fila de anchos pasos que bordean la fachada. Luego, a través de un pórtico de flores y palmeras, se accede a la sala: una habitación adornada con mármoles y bronces, figuras que cuelgan, y hay butacas notablemente cómodas.
Mientras la sirvienta anuncia mi llegada observo en detalle lo que me rodea, entre cuyos objetos me detengo en un almanaque con la hoja de la fecha de este día: 21 de julio de 1895.
Verne tiene ahora 68 años. Se mantiene fuerte de espíritu y ciertos rasgos de su cara me hacen recordar a Víctor Hugo; pero, a juzgar por el tono rojizo de su rostro y su hálito vital, tengo la impresión de que estoy ante el capitán de un navío. Uno de sus párpados ha empezado a caer ligeramente. Sin embargo, su mirada es firme y luminosa. Se viste siempre de negro, que es el color que en Francia llevan los miembros de las profesiones liberales.
Le comento que es raro que un escritor con tanto éxito no viva en París.
—Debo confesarle que yo llegué a Amiens en 1871, donde conocí a Honorine, la mujer que sería y hoy sigue siendo mi esposa. Ella era viuda y tenía a sus dos pequeñas hijas. Luego nació nuestro hijo Michel. Como usted puede apreciar Amiens es un sitio con atmósfera de claustro. Me agrada esa tranquilidad, y por eso resolví quedarme. Mi editor Hetzel me dijo que si yo hubiera vivido en París habría escrito mucho menos. Y yo creo que es cierto. Disfruto mucho mi vida en esta región. Además de mi esposa, me acompaña mi viejo amigo Follet. Como ve, ha bajado conmigo para recibirlo, y estará todo el tiempo a mi lado. Es un perro muy bueno. Desde joven tenía esos mismos ojos de persona cansada.
Reparo en que este hombre nada tiene que ver con el capitán Hatteras que descubrió el Polo, ni con Michel Ardán que descubrió la luna o el capitán Nemo que recorrió el fondo de los mares. Sus apacibles ojos azules, su voz discreta, sus gestos atentos y medidos, y su notable timidez contrastan con aquellos hombres que él caracterizó comunicativos y resueltos.
—Sí —continúa el escritor—, he renunciado a París. Pero cuando tuve que vivir allá también lo disfruté. Verne me cuenta entonces que nació en Nantes el 8 de febrero de 1828…
—Éramos una familia muy feliz. Mi padre nació en Brie, pero por educación fue parisino. En París cursó sus estudios y se hizo abogado. Tuvo éxitos en su profesión y forjó una sólida familia. En cambio, mi madre era bretona. De modo que por mi sangre corre algo de la capital y algo de provincia. Pero en verdad yo siempre me reconozco como un provinciano. Tuve una juventud muy feliz. Mi padre era dueño de una buena fortuna. Era hombre cultivado y de muy buenos gustos literarios. Murió en 1871, justo cuando ya yo estaba en Amiens. Mi madre murió catorce años después. Les nacimos dos varones y tres hembras. Mi relación con mi hermano Paul siempre ha estado más allá de lo fraternal. Desde pequeño nos hemos tratado como dos grandes amigos.
Verne empezó a escribir poesía con doce años. Estudió en el liceo de Nantes. Luego fue a París para estudiar Derecho. Confiesa que su asignatura favorita era la Geografía. En París siempre estuvo atrapado por proyectos literarios. Admiraba a Víctor Hugo, cuyas obras releía. Siente una especial predilección por Dickens.
A los 17 años compuso algunas comedias y tragedias para el teatro. Llegó a hacer media docena de ellas, pero también se sentía atraído por la música y la poesía. Sería con 25 años que publicó su primer libro…
—Lo titulé Cinco semanas en globo. Cuando lo terminé llevé el manuscrito a diferentes editores que se negaron a publicarlo, hasta que lo sometí a la consideración del famoso editor francés Jules Hetzel. Él lo leyó y decidió publicarlo. Desde ese momento Hetzel no sólo se convirtió en el editor de todas mis novelas en Francia, sino en uno de mis grandes amigos. Cinco semanas en globo se publicó en 1853 y fue un gran éxito.
 ¿Cómo fue que escribió esa novela? ¿Usted había tenido alguna experiencia en un viaje en globo?
—No, de ninguna manera —sonríe Verne—. Yo escribí esa novela sin pensar en una historia sobre una ascensión en globo sino en una historia sobre África, porque yo siempre he sentido una gran pasión por la Geografía y los viajes, y mi propósito, al escribir la novela, fue ofrecer una descripción romántica de ese continente. Nada más. El globo fue el vehículo, no lo más importante de esa historia. Pero la atención del lector se centró en el viaje en globo como aventura. Quiero decirle que yo viajé en globo después de haber publicado mi novela. Eso sucedió aquí, en Amiens, y resultó ser un hecho de lo más curioso porque cuando ya íbamos a subir, Godard, el aeronauta, estaba besando a su hijo mientras el globo empezaba a elevarse, y se lo llevó consigo. De manera que no pudimos llegar muy lejos porque el globo tenía más peso del que habíamos calculado para nuestro viaje.
 ¿Se siente atraído por la aventura?
—Ahora yo disfruto de esta vida apacible, casi monacal entre mi familia, mis libros y la actividad literaria. Pero he sido un apasionado a los viajes. En algunas ocasiones pasaba gran parte del año viajando en mi yate St. Michel. Me considero devoto al mar y no puedo imaginar nada más ideal que la vida de un marinero. Cada una de mis novelas ha sido beneficiada por mis viajes. En mi novela Las indias negras, está la descripción de mi gira por Inglaterra y mi visita a los lagos escoceses. La novela Una ciudad flotante la concebí cuando viajaba hacia América en 1867. Y así, en casi todos mis libros, he expresado mis experiencias de viaje.
Verne dejó de practicar estas aventuras en 1886, después de haber sufrido un accidente a consecuencia de un disparo que un sobrino suyo le hizo y le afectó una de sus piernas. El escritor prefiere no recordar el incidente, pero se sabe que la causa del hecho fue debido a una solicitud de dinero que el sobrino le hizo y Verne no se lo dio.
—El pobre muchacho estaba fuera de sus cabales —se limita a comentar—. Ahora se encuentra en un asilo y temo que nunca se curará.
En estos momentos apareció la señora Verne, una mujer de cabellos blancos, cara redonda y rosada, y de grandes ojos claros. Según Verne ha declarado en numerosas entrevistas, su esposa ha desempeñado un papel importante en todos sus triunfos. El orgullo que la señora Verne muestra por su esposo no se hace esperar.
 ¿Conoce usted la bienvenida que le dispensaron a mi esposo cuando visitamos Venecia? —pregunta, para ella misma comentar—. Iluminaron la fachada del hotel y dibujaron su nombre con luces por debajo de la terraza —Verne sonríe haciendo un gesto con la mano dando a entender que el hecho no tenía tanta importancia—. Cuando estuvimos en Nápoles —continúa entusiasta la señora— un hombre pidió conversar con mi esposo, y resultó ser un archiduque de Austria que quería expresarle su admiración.
Verne pide excusa para ausentarse algunos minutos. Follet se levanta inmediatamente y lo sigue. Honorine no pierde tiempo para seguir hablando de su esposo.
—Lo llevaremos a su habitación de trabajo y a su biblioteca —me dijo—. Ya verá todas las ediciones de sus novelas en diferentes idiomas. La Vuelta al mundo en ochenta días se la tradujeron al japonés y al árabe. Pero Verne nunca relee un capítulo de sus libros. Cuando termina de revisar el último de los borradores de sus novelas, su interés termina.
 ¿Nunca le ha preguntado por qué? —indago.
—Nunca. Y yo creo que se deba a que durante años piensa mucho en el argumento de sus novelas, y una vez que las escribe ya se siente satisfecho. Permítame aprovechar su ausencia para comentarle algo —me susurra en tono amigable—. Trate de persuadirlo para que no trabaje tanto. Siempre permanece en su mesa de trabajo, y yo rezo para que no se enferme.
Además de su intensa actividad literaria, Verne desempeña sus funciones como concejal municipal de Amiens, a lo cual dedica cierta parte de su tiempo.
—Pues sí. —continúa Honorine—. El trabajo literario y la lectura lo absorben, y él se dedica a eso con disciplina. Pero ninguno de los dos nos aburrimos. A pesar de nuestros años de convivencia nos sentimos como uno, y vivimos la vida como dos recién casados. Hay que aprender a convivir con un escritor, y a mí no me costó ningún esfuerzo.
Verne ha regresado y vuelve a ocupar su lugar en una de las butacas. Follet se tiende a su lado derecho con las patas traseras recogidas y las anteriores extendidas, entre las cuales reposa su cabeza.
 ¿No alterna su trabajo con algún deporte? —le pregunto a Verne.
—No. Siempre me gustó viajar en mi yate, pero nunca me sedujo pescar. La pesca y la caza me parecen una actividad bárbara. Una vez, hace mucho tiempo, fui a cazar con unos amigos y le disparé al sombrero de un soldado, y fui conducido a la policía correccional. En realidad, el trabajo es para mí la fuente del bienestar verdadero. Desde que termino uno de mis libros me siento mal humorado, y no recobro el reposo hasta que empiezo el siguiente.


Photo Credits: Kamil Porembiński